Al celebrar la jornada de la Paz, en este primer día del año 1982, Juan Pablo II nos entrega un mensaje, en el que prima, como siempre, su línea personalista y humanista, “la paz, es un don de Dios confiado al hombre”. Pero no se puede afirmar que el hombre, a pesar de todo cuanto se hace por prepararlo para vivir la paz haya progresado mucho en el entendimiento de las raíces de ella: “graves amenazas continúan pesando sobre la paz del mundo” y algunas se vuelven “desgarrones en el interior de muchas naciones” y otras crean “bloques antagonistas dentro de la comunidad mundial”. Aún más, estas tensiones y amenazas contra la paz han cobrado en lo presente caracteres especiales: son globales totales, radicales. No se localizan en un sitio, sino que llegan a todos. No afecta un orden, sino que desequilibran todos. No hieren tal espacio o contornos, afectan radicalmente la vida y el derecho universal, en todas partes.
¿Cuáles son las causas de este fenómeno desconcertante? El Pontífice considera que, siendo muchas, muy complejas y de diverso orden, sin embargo, tienen una eficacia especial las causas políticas –fáciles de discernir- y las ideologías, tan aptas para confundir. En lo político, los grupos, las naciones y hasta cierto conjunto plurinacional mientras hablan de paz, establecen unas alternativas desafiantes: satelización y dependencia, competencia y hostilidad. En lo ideológico, las doctrinas cada vez monopolizan más la supuesta veracidad y enturbian los conceptos de humanidad, sociabilidad e historia…
Cree Juan Pablo II que no puede estudiarse ni proponerse paz al mundo del mismo modo como se arreglan conflictos materiales e intereses divergentes. La paz debe ser buscada y vivida, en “su realidad profunda”, como un “bien de tipo esencialmente humano, fruto del dinamismo de voluntades libres, guiadas por la razón hacía el bien común a alcanzar en la verdad, la justicia y el amor”. Colocados en este nivel, es imprescindible Dios, “fuente primera del ser, verdad esencial y bien supremo”, que al hacernos participes de su energía creadora, nos da conciencia de valor personal y de calificación moral, saliendo Él mismo “garante de los derechos fundamentales”, en virtud de los cuales la paz resulta con natural a quien es imagen y semejanza de la serenidad eterna.
La paz es un don de Dios. Pero es un don de Dios confiado a los hombres, a su responsabilidad. Y está aquí el gran problema humano. No hemos mantenido esa responsabilidad en la medida en la que decíamos haber reaccionado frente a la generosidad divina. Nuestros fracasos, frutos de responsabilidad, “deben ser considerados como lecciones providenciales, de las cuales pertenecen a los hombres sacar la cordura necesaria para abrir nuevas vidas, más racionales y valientes, con el fin de construir la paz”. El Pontífice nos da metas para descubrir estos nuevos caminos y habla magistralmente del poder pacificador de la información calificada que promueve la paz educando el criterio y orientando la decisión política; nos habla de los estudios de investigación jurídica y psicológica, que profundiza la valoración de la persona humana. Nos habla, finalmente el Papa de ciertas acciones indirectas, que ayudan cordialmente con eficacia indiscutible en la construcción de la paz: los intercambios culturales y artísticos, las investigaciones científicas y las relaciones económicas basadas en justicia. La información debe convertirse en orientación. La investigación debe llevarnos a una nueva sociedad pacificada y la economía debe solidaria…
De ese modo, la paz dentro de las naciones, entre ellas y por ellas, nos llevarán a una sólida paz universal cuya constitución, amparo y defensa constituye un “desafió permanente para todo cristiano”, que debe mantener una actitud bivalente de confianza en la solidaridad constructora de todo lo bueno y de prevenida atención a ciertas ideologías pacifistas, que esconden tras formulaciones de paz, simple miedo y disimulos que desorientan a los demás sobre sus verdaderos intereses económicos o políticos. Los totalitarismos han surgido siempre de falsos intentos de paz. En último término, los idealistas de una paz puramente doctrinal o jurídica, sin vivencia solidaria, terminan apelando al último recurso de derecho para obligar o imponer paz, como si ella pudiera coexistir entre imposiciones: “la guerra –dice Juan Pablo II- es el miedo más cruel e ineficaz, para resolver conflictos”.
El hombre tiene que empeñarse, hoy más que nunca, en la búsqueda de instrumentos de convivencia, imprescindibles para sobrevivir; pero “ojalá tome conciencia de que esta obra excede las fuerzas humanas”.
Y consciente de ello, el Pontífice traza, al final de su exhortación por la paz, una plegaria para conseguirla de la misericordia divina. Sabe bien Juan Pablo II que la oración tiene una energía constructora, capaz de conseguir una “hermosa unanimidad” efectiva en el camino de la paz. Y está seguro que Dios no dejará de escuchar el grito unánime que le pide paz.
Artículo publicado en El Mercurio, 1982
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