Uno entra a una Casa de la Cultura —o a cualquier espacio que lleve ese nombre, con sus paredes blancas y su promesa tácita de elevación— con una mezcla de expectativa y obediencia. No está del todo claro qué se espera de uno, pero se intuye: hay que guardar silencio, hay que mirar con cierta gravedad, hay que sentir que algo importante ocurre, incluso cuando no sepamos exactamente qué.
La Casa de la Cultura Ecuatoriana, en sus distintas sedes, ha sido durante décadas ese lugar donde la palabra “cultura” parece adquirir un peso casi sagrado. En Cuenca, esa sensación se intensifica: ciudad de festivales, de bienales, de patrimonios y de orgullos cuidadosamente cultivados. Aquí, la cultura no solo se consume: se exhibe, se defiende, se convierte en identidad.
Hace poco, un buen amigo me reenvíó un texto de Gustavo Bueno, incluido en su libro El mito de la cultura (editado por Prensa Ibérica), cuyo título ya es provocador: «La cultura selecta es el opio del pueblo democrático». A grandes rasgos, Bueno plantea que la cultura —incluso, y quizá, sobre todo, aquella que se presenta como “alta” o “selecta”— puede funcionar como una forma de ritualización. Un conjunto de prácticas, códigos y espacios que producen la sensación de elevación y pertenencia, sin que ello implique necesariamente una transformación real. La cultura, en este sentido, no nos libera por sí misma; puede también adormecernos en la ilusión de que participar en ella equivale ya a comprender, a crecer, a ser más.
Pero tal vez por eso mismo conviene escucharlo cuando desarma esa solemnidad. Cuando dice que el escenario ha sustituido al altar, y que los actores —o los escritores, o los músicos— ofician como sacerdotes de una liturgia moderna. No hace falta ir muy lejos para reconocer la escena: un recital de poesía donde el público asiente con una devoción casi religiosa; una exposición donde el silencio no es contemplación sino protocolo; un concierto donde el aplauso parece confirmar más una pertenencia que una emoción.
No es que ahí no ocurra nada verdadero. Ocurre, a veces. Pero también ocurre algo más sutil: una forma de acuerdo tácito. Como si todos participáramos, consciente o inconscientemente, de una representación en la que lo importante no es tanto la obra como el hecho de estar ahí, de formar parte de ese pequeño círculo que se reconoce a sí mismo como “culto”.
En ese sentido, la crítica de Bueno resulta incómoda porque no distingue con facilidad entre élites y públicos. No señala solo hacia arriba. También nos incluye. Porque ese “opio” no es únicamente lo que se nos administra: es también lo que buscamos. La necesidad de sentir que pertenecemos a algo que nos eleva, aunque esa elevación sea, en parte, una ilusión compartida.
En ese esfuerzo por desarmar la solemnidad —por volver la cultura más cercana, más “de todos”—, la Casa de la Cultura ha ensayado en los últimos años otra forma de liturgia, menos visible pero igual de normativa. La apelación a lo popular, entendida como apertura, ha terminado por operar también como criterio de selección: lo que no entra en esa categoría queda, de hecho, desplazado. Así, aquello que antes se llamaba “elitista” —ciertas formas de literatura, de música, de arte contemporáneo menos accesible— no ha desaparecido, pero ha dejado de habitar estos espacios. Ha migrado hacia galerías independientes, salas alternativas, círculos más pequeños donde, paradójicamente, vuelve a adquirir un carácter de enclave. La inclusión, en su intento por corregir una exclusión histórica, corre el riesgo de producir otra: una cultura de lo popular que, al afirmarse como única legitimidad, también excluye a la alta cultura.
En Cuenca, donde la cultura forma parte del relato de la ciudad —y quizá de su autoestima—, esta idea toca un nervio sensible. ¿Cuánto de lo que llamamos cultura es experiencia viva y cuánto es repetición? ¿Cuánto es riesgo y cuánto es ceremonia? ¿Cuánto nos transforma y cuánto simplemente nos confirma?
La pregunta, entonces, ya no es solo cuánto de la cultura es ceremonia, sino también qué tipo de comunidad construye esa ceremonia y a quién deja fuera. Porque entre la solemnidad de antes y la espontaneidad programada de ahora, quizá compartimos el mismo problema: la dificultad de sostener un espacio donde la cultura no tenga que justificarse ni por su altura ni por su cercanía, sino por su capacidad de incomodar, de abrir, de no encajar del todo.
No se trata, claro, de negar la cultura —eso sería tan ingenuo como sacralizarla—, sino de devolverla a su condición más frágil y más honesta: la de algo que no garantiza nada por sí mismo. Que no nos hace mejores automáticamente. Que no nos salva.
Quizá por eso, la recomendación final que recoge Bueno —esa huida de cualquier forma de cultura cuando esta se convierte en un rótulo vacío— no debería entenderse como una renuncia, sino como una sospecha saludable. Una invitación a salir, aunque sea momentáneamente, de la escena. A mirar sin la obligación de admirar. A escuchar sin la necesidad de asentir.
Porque tal vez la verdadera experiencia cultural —si es que esa expresión aún significa algo— comienza justo ahí donde la ceremonia se interrumpe. Donde el aplauso ya no es automático. Donde algo, por fin, nos incomoda.
Y eso, en una ciudad como la nuestra, podría ser el comienzo de algo más vivo que cualquier liturgia.
Portada: imagen tomada de https://shre.ink/7CAY
Johnny Jara Jaramillo, Cuenca 1956. Estudió Literatura en la Universidad de Cuenca y Musicología en la PUCE. Fue profesor de Literatura en el Colegio Benigno Malo de su ciudad y en el Colegio Agustín de Azkúnaga en Isabela-Galápagos. En Nueva York asistió a varios cursos sobre Literatura inglesa en la Universidad de Columbia y ha colaborado con varias revistas de literatura en Estados Unidos, México, Colombia, España y Finlandia. Es parte de Moderato Contable, antología de narradores cuencanos del Siglo XXI, Antología de Narradores ecuatorianos del Encuentro nacional de narradores ecuatorianos, en Loja 2015. Su libro “Un día de invierno en Nueva York” es su opera prima.