Hace pocos días, visité a Diego Jaramillo Paredes en su casa-taller para conversar sobre su camino artístico. Ahora, en el silencio de mi hogar, no sé desde qué lugar empezar a escribir. Intuyo que será desde los afectos; no hay otro lugar posible, pues múltiples hilos unen mi vida con la de Diego.
Un par de décadas atrás, él nos hablaba de los cronotopos, esas conexiones indisolubles entre tiempo y espacio, y del habitar en un sentido heideggeriano. Hoy, cuando miramos la exposición en el Museo de Arte Moderno, en homenaje a los cincuenta años de su trayectoria artística, y el libro, coeditado por la Municipalidad de Cuenca y la Universidad del Azuay, “Parajes del silencio (1975-2025)”, vemos que la vida de Diego ha sido un habitar el tiempo y el espacio. No existe linealidad cronológica en la exposición ni en el libro, tampoco en su mirada retrospectiva. Existen, como señala Cecilia Suárez, curadora de la muestra, “tensiones persistentes”; yo agregaría que, además, presencias importantes y preocupaciones recurrentes.
En nuestra charla, él no encuentra un momento prístino que marque su inicio en el arte, considera que no le llegó como un alumbramiento, sino que, de alguna manera, se desarrolló naturalmente. Si bien todo niño pinta, ese pintar en su vida nunca se interrumpió. En su devenir artista, más que momentos, hay presencias decisivas; entre ellas, la figura poderosa de su madre, mi abuela Piedad, amante de la cultura popular, la magia y los libros. Desde que era niño, intelectuales importantes frecuentaban su casa, lo cual era visto no con extrañeza, sino como algo cotidiano. Ese ambiente de crianza, nunca neutral, era un mundo donde se habitaba la belleza.
En su mirar hacia atrás, ve como importante la figura de un maestro de materias generales en tercer grado de escuela, quien le prestaba sus caricaturas para que se lleve a casa y las replique; al día siguiente revisaba esos dibujos con mayor esmero que las tareas escolares. Era uno de esos maestros que saben leer los anhelos de un niño y, sutil y silenciosamente, motivarlos.
Significativa fue la convivencia y amistad con Leonardo, docente humanista y, en su juventud, hábil zapatero. Él le enseñó a calar en madera y también lo que Diego, más tarde como arquitecto, comprendió que era perspectiva cónica. En la vieja casona de la familia había momentos de enseñanza y juego, pero también tardes en las que Leonardo, para que el niño se entretenga y lo dejase trabajar, le daba clavos de mangle usados para coser la suela de los zapatos, con la simple tarea de pasar los clavos de un tarro a otro. Era, como lo entiende ahora, “la actividad de no hacer nada”, al menos en términos productivos. Reflexiona que el arte también es eso: no hacer nada, nada desde la visión utilitarista del beneficio económico. “Hoy pienso [dice Diego] que esa actividad, de no hacer nada, es la que finalmente te salva; en ese entonces te salvaba el tiempo, pero a la larga te salva la vida. Y eso es el arte”.
Siendo ya estudiante de arquitectura, pasó una temporada en la casa de su primo Oswaldo Viteri. Recuerda que verlo pintar, convivir en ese ambiente en el que sentía una energía poderosa, tanto de Oswaldo como del espacio, de todo su hábitat de arte y de belleza, afirmó su vocación. Al regreso, influenciado por la estancia con Viteri, realizó su primera exposición en 1975. La muestra fue presentada por Alfonso Carrasco, su profesor de sexto curso y amigo, con quien compartía largas conversaciones sobre literatura y cultura.
Así, tres maestros dejaron huellas imprescindibles: el de segundo grado, Leonardo y el profesor de sexto curso. Esas presencias, esos espacios de la niñez, mirados desde la perspectiva del presente, marcaron un camino en el arte y en la vida, fueron conformando una manera de ser y estar en el mundo.
Con el paso de los años, Diego ha dedicado su vida al arte, la arquitectura, la docencia universitaria, el diseño, la gestión cultural, el patrimonio y la artesanía; ámbitos que no son excluyentes, sino que bosquejan una misma manera de habitar y su interés constante por la forma. Quienes lo conocemos, sabemos que su vida está en estrecha relación con la estética, que para él tiene que ver con el sentido y el cuidado de la forma. Para Diego, los objetos deben guardar coherencia entre las formas y el sentido que se las otorga; es decir, el sentido de las cosas. Los espacios y los objetos, desde su perspectiva, deben estar dotados de sentido, el sentido que permite construir una morada y generar una energía vital en quien la habita.
Mientras Diego me habla de la forma, yo recuerdo los espacios que juntos hemos habitado, un entorno familiar en el que las cosas siempre tenían un sentido, una razón para estar. En su casa, las máscaras no eran simples máscaras; en los andares que hemos compartido, los troncos de un viejo capulí dejaban de ser troncos y las conchas del mar adquirían dimensiones no imaginadas. Con él, y con la familia que nos une, aprendí que el valor de los objetos radica en la memoria y en los afectos. Es en esa relación de sentido y apropiación donde él encuentra la noción de belleza y en la que los objetos cobran trascendencia.
Por otro lado, desde una visión menos platónica y más aristotélica, Diego no concibe una separación entre mente y cuerpo en la ejecución de la obra de arte, tampoco de la arquitectura. “La mano que piensa” fue el título de una charla que le escuché hace un par de años; en ese entonces, se refería a la importancia de que exista la menor mediación posible entre el cuerpo que crea y lo que se está creando. Hoy, insiste en que el ser humano piensa con todo el cuerpo, no solo con la mente, y que ello se evidencia en la pintura, donde la única medicación es el pincel y, en algunas ocasiones, ni siquiera el pincel. En la creación estética, identifica una energía vital que se expresa desde el cuerpo, desde la mente y desde los afectos.
Al mirar su obra en retrospectiva, no encuentra períodos o etapas, sino preocupaciones vitales que, aunque materializadas de maneras diferentes, se han entretejido en su pintura: las huellas, la soledad, el vacío, la memoria. Esas inquietudes y diálogos habitan y son habitados en su arte, en sus lecturas y reflexiones teóricas. Pintar es para Diego conversar consigo mismo, contarse a sí mismo; un ejercicio de introspección y de ensimismamiento; una forma permanente de preguntarse y de plasmar sus preguntas existenciales en el lienzo.
Considera que, con los años, su obra ha ido quitando lo accesorio. Reflexión que se expresa en su última serie, a la que denomina paisajes metafísicos u ontológicos, y que responde a su visión actual de la existencia. Siente que su pintura ha ganado en densidad y que esa densidad, al mismo tiempo, es producto de un vaciamiento. El vacío que le interesa es similar al del blanco, no como ausencia de color, sino como la suma de todos los colores; es decir, un vacío en el que caben todas las preocupaciones de la vida. Un vacío vinculado con la eliminación del ego y las verdades impuestas que impiden pensar. Hace una analogía con el río que va acercándose al océano y que, conforme llega al mar [o a la muerte, pienso yo], se sedimenta, creando un delta antes de alcanzar su destino, quitando los adornos y quedándose con lo esencial. Ese sedimento que se queda permite al río llegar al mar con más tranquilidad.
Afirma que las cosas importantes siempre están en un entrever, nunca se muestran de frente, sino que se presentan entre líneas, veladamente, como la poesía: “Las cosas importantes siempre son poéticas”. Cree que la poesía y el arte, al igual que todo hecho trascendente, son enigmáticos.
La soledad, recurrente en su obra, tiene que ver con una manera de situarse en el mundo, una condición humana relacionada con la individualidad, que no deja de pensar lo colectivo, pero que requiere ahondar en lo íntimo. Soledad que está relacionada con el silencio, como espacio necesario para el cuestionamiento. Se reflexiona y se crea en soledad, en silencio, en el vacío; tres elementos que consolidan el paisaje que le permite cuestionarse. Cree que en su vida ha tenido el privilegio y se ha dado el lujo de pensarse a sí mismo y pensarse en este mundo. Anhela que quienes observen sus obras no vean su pintura en su pintura, sino en el silencio que en ellas se encuentra. Le interesa compartir su arte como el espacio del silencio y de la pregunta.
La soledad de Diego no es un estar fuera de lo social. Su vida ha estado marcada por el compartir que se siente en los cuadros que nos convida, en las sobremesas y sendas recorridas, en las enseñanzas dejadas en las aulas, en su preocupación por la ciudad. A su criterio, los seres humanos se mueven por los afectos que anteceden a la razón: “El arte es un compartir, un invitar al diálogo y un dialogar con uno mismo desde la puerta de los afectos. Afectarse desde el cuerpo, con el cuerpo”. Así, para Diego, el arte es el ámbito de los afectos y del afectar en tanto verbo.
Hago una pausa y regreso a mis memorias, a los hilos que unen mi vida con la suya, y vuelvo a los afectos: las tertulias familiares en Cumbe, los espacios que compartimos en la universidad, los vinos interminables, los atardeceres en cualquier lugar y los paseos sin rumbo; el valor del kairós, siempre por encima del chronos. Sobrevuelo mi propia cartografía y pienso en la sensibilidad y el asombro que Diego ha sabido contagiar a quienes hemos sido tocados por su presencia.
Portada: Obra de Diego Jaramillo, sin título, 2025.
Antropóloga, Doctora en Sociedad y Cultura por la Universidad de Barcelona, Máster en Estudios de la Cultura con Mención en Patrimonio, Técnica en Promoción Sociocultural. Docente-investigadora de la Universidad del Azuay. Ha investigado, por varios años, temas de patrimonio cultural, patrimonio inmaterial y usos de la ciudad. Su interés por los temas del patrimonio cultural se conjuga con los de la antropología urbana.