El mito del ave Fénix cuenta que es un pájaro prodigioso que, cuando envejece, se consume en fuego y se reduce a cenizas. De ese mismo fuego renace rejuvenecido, iniciando un nuevo ciclo de vida. Por eso simboliza la renovación, la inmortalidad y la capacidad de resurgir después de la destrucción.
El pájaro de cartón que tenemos como presidente no es prodigioso ni viejo y esperemos que cuando se reduzca a cenizas, coincida con el paso de algún huracán que se las lleve para siempre. Este pájaro, sin embargo, representa el renacimiento de las oligarquías rancias y simboliza el resurgimiento del racismo, del clasismo y del fascismo. Y lo hace mientras vuela.
Porque en Ecuador, la figura del presidente ausente ya no es metáfora: es estadística. Daniel Noboa ha logrado lo impensable en menos de un año: convertir la presidencia en un programa de viajero frecuente con presupuesto estatal. No dirige un Estado; administra una tarjeta platinum con intenciones geopolíticas inciertas.
Las cifras no mienten:
— 28 salidas del país en un año: una cada 12 días.
— 127 días fuera: un 35% del mandato.
— Solo 11% reportado a la Asamblea: nivel de transparencia comparable al de un vidrio empañado.
— 25% de viajes “personales”: categoría flexible donde cabe desde “gestiones privadas” hasta “tuve que ir porque me dio la gana, soy el dueño de la hacienda”.
— 27 días adicionales ya programados: como quien ve el año fiscal y dice “faltan sellos en el pasaporte”.
Para calibrar: Correa, en su periodo más viajero, acumuló alrededor de 115 días fuera al año, pero en un contexto de hiperactivismo internacional; Moreno, limitado por su propia movilidad física, tuvo menos de 70; Lasso, con pandemia de por medio, apenas rebasó 40. Noboa supera a todos incluso prorrateando por tiempo de mandato.
Es decir: no es un presidente que viaja mucho; es uno que vive fuera. La hora de vuelo del avión presidencial —dependiendo de aeronave, destino y logística— ronda cifras que oscilan entre USD 8.000 y 15.000. Con una sola hora:
— se financia un mes entero del salario de 12 a 20 profesores rurales,
— o se cubre buena parte de un puesto de salud básico en una comunidad que no ve un médico desde que existían los cabinas de internet,
— o se pagan 2000 consultas pediátricas en zonas donde la nutrición es un acto de fe.
“O se paga la carrera universitaria de un estudiante”, en sus propias palabras.
Con 127 días de ausencia, el costo de logística, seguridad y operación podría financiar más de 100 escuelas unidocentes durante un año.
Pero claro, ninguna escuela rural entrega millas.
Cuando la Asamblea no recibe avisos formales, no es solo un descuido: es un vaciamiento del mecanismo de control republicano. La Constitución deja de ser marco legal y se convierte en un recordatorio incómodo al que se le pasa por alto como a un semáforo en rojo a las tres de la mañana.
El efecto acumulado es previsible:
— Un Ejecutivo difuso, que gobierna por WhatsApp desde otras latitudes.
— Una Asamblea desorientada, que fiscaliza con información retroactiva.
— Un país que opera como bodega de tránsito: el mandatario solo pasa por aquí a empacar.
La ausencia deja de ser anecdótica y se convierte en estructura: un estilo de gobierno donde la presencia física es opcional y la rendición de cuentas, un tecnicismo.
La predilección por Estados Unidos es notable. Podría ser diplomacia estratégica, negocios privados, nostalgia de su tierra natal, o simplemente adicción al Starbucks del aeropuerto. No lo sabemos porque —de nuevo— la transparencia viaja en clase turista y se pierde las conexiones.
Ecuador se vuelve el lugar donde el presidente aterriza entre itinerarios, una especie de “casa temporal”, como la de un estudiante que vuelve a la casa solo para lavar la ropa.
Y así, mientras el país navega entre inseguridad, crisis económica y precariedad institucional, el presidente parece confiar plenamente en el piloto automático, porque Noboa no tiene un plan de gobierno sino un plan de vuelo.
Así que el Plan Fénix sí existe, es el plan de vuelo de un pajarraco de cartón que representa el resurgimiento de todo lo que no debe ser un mandatario.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/ry0x3
Johnny Jara Jaramillo, Cuenca 1956. Estudió Literatura en la Universidad de Cuenca y Musicología en la PUCE. Fue profesor de Literatura en el Colegio Benigno Malo de su ciudad y en el Colegio Agustín de Azkúnaga en Isabela-Galápagos. En Nueva York asistió a varios cursos sobre Literatura inglesa en la Universidad de Columbia y ha colaborado con varias revistas de literatura en Estados Unidos, México, Colombia, España y Finlandia. Es parte de Moderato Contable, antología de narradores cuencanos del Siglo XXI, Antología de Narradores ecuatorianos del Encuentro nacional de narradores ecuatorianos, en Loja 2015. Su libro “Un día de invierno en Nueva York” es su opera prima.