Hay palabras que cuesta pronunciar o más bien eventos por los que es difícil transitar.

La muerte de un ser querido es uno de ellos.

La fatalidad de ese evento consustancial con la vida, de alguna manera pone a prueba a los que quedan, porque, parafraseando a Héctor Abad Faciolince en “El olvido que seremos” la muerte es un asunto de los vivos, de quienes la sentimos y la padecemos.

Tras la muerte se exteriorizan los afectos, incluso aquellos que no se expresaron o no con asiduidad mientras quien ya no está estaba.

Tras la muerte, a los que quedan reconforta los abrazos, las palabras de consuelo, el cariño de los propios hacia los deudos, el afecto y respeto a la persona fallecida.

La muerte tiene la extraña magia de ocultar e incluso borrar los defectos o los fallos, no hay muerto malo dice el dicho popular; es una ocasión en la que provoca homenajear, exteriorizar sin resquemores conceptos, palabras, halagos, agradecimientos, que muchas veces no se expresaron en vida.

La muerte termina con una presencia, pero no con su historia, porque lo que hizo queda en obras o recuerdos.

La muerte cambia la vida de los vivos, nos obliga a reinventarnos si es del caso, porque la vida sigue, nada se detiene aunque a momentos es lo que parece o se desea.

La muerte es el sino. Para los creyentes el paso de la vida terrenal a la celestial, a la eterna. Para los ateos un proceso natural con el que culmina la existencia de un ser vivo. Para unos y otros un evento que sucederá inevitablemente, del que nadie puede escapar y al que la mayoría no quiere llegar.

Cuando la muerte se presenta en la casa, en la familia, la elucubración racional se pone en pausa, deja espacio a la emoción, azota con su contundencia, provoca incertidumbre, desconcierto, temor. Cuando la muerte llega, por segundos o minutos todo se aquieta.

Cuando la muerte llega, nos acordamos de otros de nuestros muertos, hablamos de ellos, queremos pensar e imaginar que se juntarán, que desde donde estén nos cuidarán.

Cuando la muerte llega, a muchos nos da por desvariar, como un mecanismo de defensa, un recurso para no enfrentar la realidad que no queremos, para calmar la sensación de vacío que es real.

Cuando se produce la muerte, queremos imaginar que no es verdad, que pasó en otro lado, que murió un desconocido, que el que ya no está mañana estará.

La muerte llegó, no en abstracto.

Podría seguir inventando, elucubrando, cavilando, desvariando pero hay que asumir de una vez y por todas que hace pocos días mi padre murió.

Al escribirlo me doy cuenta que no hay lamento, porque tuvo una extensa y buena vida, porque hay aceptación de que llegó su hora, porque nos queda mucho de lo que sembró y cosechó.

En sus exequias y a través de innumerables mensajes, hemos sentido y conocido, la admiración, respeto y cariño que inspiró a lo largo de su vida en muchas personas que tuvieron la fortuna de conocerlo, de ser sus amigos, alumnos, clientes, compañeros, familiares, de aquellos a quienes sirvió o le sirvieron.

Reconforta y enorgullece saber que todos reconocen su honestidad, su coherencia, la vocación de servicio y justicia social, la generosidad y el cariño con el que prodigó a todos los que pudo.

Reconforta que todos coincidamos en que fue un hombre bueno, que hizo todo el bien que pudo, que como todo humano que se precie tuvo defectos pero también virtudes esenciales.

Hoy que nuevamente la muerte me deja sin un referente al que recurrir en busca de consejo, opinión o apoyo, me provoca agradecer por los años compartidos, por las lecturas recomendadas, los libros regalados, los abrazos prodigados, el apoyo incondicional cuando fue necesario, las palabras de aliento y reconocimiento que no faltaron, el amor entrañable que siempre se sintió.

Hoy que estoy aquí, es justo y necesario decir gracias y hasta pronto.

Portada: imagen tomada de https://alealvarezpsi.com/

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