LOS ESTUDIANTES, LA VOZ QUE AGRIETA EL SILENCIO

“El chasquido del látigo sólo puede rubricar el silencio de los inconscientes o de los cobardes. La única actitud silenciosa, que cabe en un instituto de ciencia, es la del que escucha una verdad o la del que experimenta para crearla o comprobarla (…) Se nos acusa ahora de insurrectos en nombre de un orden que no discutimos, pero que nada tiene que ver con nosotros. Si ello es así, si en nombre del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto el derecho sagrado a la insurrección. Entonces la única puerta que nos queda abierta a la esperanza es el destino heroico de la juventud”. (Manifiesto Liminar, La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud América, 1918).

Estudiantes en diferentes partes del mundo están expresando malestares acumulados y clamando por ser escuchados. No pasa solo en Ecuador, está ocurriendo en Francia, Bélgica, España, Chile, Albania, Alemania e Italia.

No hay que temer a los estudiantes cuando se organizan, cuando levantan su voz, cuando debaten; tampoco pensar que son entes pasivos, sin pensamiento propio, ni manipulables. Respetarlos es reconocerlos como sujetos sociales, históricos y políticos, reconocer su agencia; es decir, su capacidad de decidir, actuar y transformar.

Los jóvenes que hoy protestan son aquellos a quienes se los ha denominado la generación Z, nativos digitales, que nacieron inmersos en la virtualidad. Los jóvenes que hoy van a las universidades crecieron interactuando en redes sociales, espacios que, no por virtuales, dejan de configurar tejidos. Muchas veces se los ha mirado como indiferentes a los problemas colectivos y se los ha criticado por una supuesta apatía, por ser la generación de cristal y por su adicción a las pantallas; sin embargo, cuando despiertan y defienden legítimas reivindicaciones, se los estigmatiza como manipulados por fuerzas externas.

Describir a los jóvenes que ejercen su derecho a la resistencia como marionetas es desconocer su facultad de pensamiento y criterio propio. Por el contrario, la verdadera manipulación ocurre cuando se pretende que sus demandas sean atendidas con placebos, o cuando se los escucha en las elecciones, pero cuando alzan la voz, se los abandona. Asumir que aquellos que protestan lo hacen porque son usados por intereses partidistas irrespeta su capacidad; como señala Camila, de veinte años: “Las categorías políticas que a los adultos les pesan se intenta poner sobre nuestros hombros; nosotros sí podemos pensar por nosotros mismos” (Camila Z.).

Es un error subestimar a las juventudes de hoy, pues, desde diferentes rincones del mundo, nos están mostrando un despertar por el compromiso social y por inquietudes comunes; los jóvenes están viviendo en carne propia los efectos de las políticas neoliberales en temas de acceso a la educación de calidad y a la salud, alza en el costo de vida, pérdida de poder adquisitivo y la dificultad para acceder a una vivienda.

En la protesta social también hay un sentido de alteridad, un juntarse en la calle y reconocerse en las demandas colectivas y en la solidaridad con quienes la están pasando mal; así, en una conversación con Luciana, estudiante universitaria que ha participado en varios plantones en la ciudad, comentó: “¿Cómo no salir de la zona de confort y no pensar que los otros se están yendo al carajo?” (Luciana U.).

Muchas veces, cuando conversamos con alumnos universitarios, se puede advertir un sentimiento de desesperanza frente al futuro, de percibir que no tendrán mejores oportunidades que las generaciones anteriores. En este contexto, cuando los estudiantes –muchos o pocos– asumen lo político, están disputando no solo derechos, sino espacios y sentidos: “La mayoría tiene desesperanza; entonces, los que protestan todavía quieren cambiar” (Anahí, 20 años). Cuando los jóvenes se organizan en las redes sociales y luego se reúnen para marchar, conversar o hacer un plantón y reivindicar causas compartidas, tejen comunidad; ven que no están solos, que sí hay otros que piensan igual, encuentran sentido, lo que nos devuelve la esperanza.

A los jóvenes, a los estudiantes, no cabe tenerles miedo, minimizarlos, ni negarles agencia propia; por el contrario, urge escucharlos, conocer cuáles son sus malestares y preocupaciones, qué problemas de las juventudes no están siendo atendidos. Es verdad que no son todos; sin embargo, cuando los jóvenes se manifiestan, no hay que mirarlos como amenaza o dato cuantitativo, sino como potencia, pues son ellos quienes hoy se agrupan, reflexionan, deliberan y exigen debate; son los que defienden los derechos y lo público; quienes se indignan frente a la injusticia y al dolor ajeno; los que no se conforman, los que sueñan y creen que otro mundo sí es posible. Son los que arañan el silencio y la grieta.

Portada: Gabriela Eljuri

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