La vida de los pueblos es resultado de procesos históricos. Somos el devenir de las sociedades, por tanto, consecuencia del pasado. Cada hecho histórico deja huella. En esa línea, recuperar la memoria histórica es fundamental para comprender los procesos sociales que, a lo largo del tiempo, permitieron que los pueblos mejoren la calidad de la vida de sus habitantes.
En el contexto de los años 60 del siglo pasado, existía una violencia generalizada en muchos países de América Latina, Medio Oriente, África o Asia. Golpes de Estado, guerras, saqueos y bloqueos económicos eran la estrategia para la implementación de la hegemonía global. La población de las grandes potencias permanecía anestesiada frente al lejano sufrimiento de esas guerras. Pero en mayo del 68, Paris se convierte en parte de esa memoria que nunca debe morir porque a partir de ahí, las sociedades cambiaron marcando un antes y un después en la historia contemporánea.
Inspirados por pensadores críticos como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, las manifestaciones de los estudiantes universitarios y el movimiento obrero desembocaron en la histórica movilización del 13 de mayo que cuestionaba el autoritarismo, la mercantilización de la vida y una cultura dominada por el consumo y las desigualdades. Hoy, el mundo entero reconoce la validez de esas demandas; aunque desde la mirada histórica esa revuelta también dejó interrogantes porque terminó favoreciendo a ciertas formas de liberalismo individualista, en desmedro de la defensa de los derechos colectivos.
La memoria histórica solo tiene sentido si permite extraer lecciones para el presente. Esa misma brutalidad de los años 60, se expresa hoy revelando profundas pulsiones racistas, xenófobas y autoritarias incubadas durante décadas. Las fuerzas contra las que se luchó en ese entonces han regresado con mayor agresividad. Líderes autoritarios y gobiernos que se asumen como “gendarmes del mundo” justificando guerras, invasiones y despojos en nombre de la democracia. Hoy, también hay miles de jóvenes saliendo a las calles a protestar contra la guerra en los territorios devastados por la violencia geopolítica. En ciudades como Londres, Madrid, Berlín, Barcelona o París se han producido movilizaciones multitudinarias en defensa de la vida, contra el genocidio y la destrucción, pero terminan diluyéndose sin la fuerza necesaria para exigir responsabilidades a los gobiernos que ejecutan esas guerras.
Talvez lo que fracasó en mayo del 68, al igual que en la actualidad, no son las rebeliones sociales sino la sociedad en su incapacidad para hacerse cargo de lo que ellas expresaban. Talvez luego de cada estallido es imperativo que la gente tenga más empatía ante el dolor ajeno. Sin duda la lucha es contra una estructura que enseñó a no mirar al otro como igual.
Cuidado con creer que el brutalismo actual es sólo un paréntesis, que los monstruos son solo una pesadilla, que luego volverá la democracia. El ascenso de liderazgos extremistas, demuestra hasta qué punto la política contemporánea atraviesa una crisis ética y civilizatoria, ahí están Netanyahu, Trump, Miley, Karts, Bolsonaro o Noboa, cuyos proyectos políticos están basados en la indolencia, la exclusión y la glorificación de la fuerza.
La resistencia frente al autoritarismo y la deshumanización dependerá de la capacidad colectiva para sostener la lucha más allá de las manifestaciones pasajeras y para eso hace falta pensar y definir un nuevo proyecto histórico, un pacto ético y humanitario donde la centralidad está en la defensa de la vida en todas sus manifestaciones.
Las lecciones de mayo del 68 siguen vigentes. Ninguna democracia está garantizada si los pueblos renuncian a pensar críticamente, organizarse y defender los derechos del ser humano y de los pueblos. El cortafuegos al mal será sobre todo la defensa a ultranza de la dignidad humana.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/q1xj1
Ana Cecilia Salazar Vintimilla, trabaja junto a mujeres campesinas de la comunidad de San Cristóbal.
Miembro del Cabildo popular por la defensa del agua de Cuenca, del directorio de la Casa de Acogida María Amor, del Colectivo ciudadano Cuenca ciudad para vivir, y del colectivo Voces Azuayas libres y diversas.
Profesora en diversas maestrías en temas de Derecho a la ciudad, Sociología urbana, Sociología política, Género y derechos colectivos.
Fue directora de la Carrera de Sociología, de la revista COYUNTURA, de Vinculación con la Sociedad de la universidad de Cuenca.
Cuenta con múltiples publicaciones en revistas locales, nacionales e internacionales.
Posgrados en: Psicología Organizacional por la Universidad de Lovaina-Bélgica, Maestría en Investigación Participativa de la Universidad Complutense de Madrid y en Gestión Universitaria por la universidad de Cuenca.