Nos prometieron seguridad. Y nos dieron miedo.
Nos prometieron orden. Y nos entregaron un catálogo completo de terrores, como si el Estado hubiese decidido diversificar su portafolio emocional.
El ciudadano común —ese espécimen que paga impuestos, que madruga, que todavía cree que cumplir la ley es una virtud— vive hoy bajo un arcoíris muy particular. No es el de la esperanza bíblica. Es el arcoíris del miedo.
Primero está el miedo clásico, el de toda la vida: que te asalten en la esquina, que un sicario dispare al aire y el aire seas tú, que el secuestro exprés deje de ser exprés y se vuelva definitivo. Ese miedo ya se volvió rutina. Aprendimos a caminar mirando sobre el hombro, a desconfiar de cada motocicleta, a naturalizar las balas como si fueran parte del paisaje sonoro.
Pero lo sofisticado viene después.
Porque ahora también hay miedo a la policía. No a la idea abstracta del orden, sino al uniformado concreto que puede ser protector… o socio de la banda que te extorsiona. Miedo al agente de tránsito que convierte la infracción en tarifa negociable. Miedo al militar que, en lugar de tranquilizar, intimida. El uniforme, que antes simbolizaba autoridad, hoy produce una incómoda pregunta: ¿quién vigila al que vigila?
Y luego está el miedo fino, el miedo con membrete y sello.
El miedo a la Función Judicial. A la Fiscalía. A ese laberinto donde la justicia no es ciega, sino selectiva. Porque si tienes recursos, el proceso se vuelve técnico, garantista, lleno de plazos y apelaciones. Pero si no tienes dinero, el trámite es vertiginoso. Tan veloz que la sentencia parece redactada antes de que abras la boca. La prisión preventiva se convierte en destino, no en excepción.
El ciudadano aprende entonces una lección esencial: la ley no es un refugio, es un terreno minado.
Y por encima de todos los miedos, el más elegante: el miedo al Estado mismo. No al concepto republicano que estudiamos en la escuela, sino a la maquinaria concreta del poder. A la posibilidad de que una crítica se interprete como amenaza. A que opinar sea leído como conspirar. A que una madrugada cualquiera el ruido en la puerta no sea un sueño, sino un procedimiento “legal”, rápido, ejemplar, televisado si es posible.
No hace falta que ocurra todos los días. Basta con que ocurra algunas veces. El miedo no necesita estadística; necesita espectáculo.
Así, el ciudadano común vive en una paradoja admirable: teme al delincuente y teme a quien promete combatirlo. Teme al caos y teme al orden. Teme al crimen y teme a la justicia. Es un equilibrio perfecto, casi artístico. Una democracia emocional donde el voto es libre, pero el miedo es obligatorio.
Nos dicen que exageramos. Que el país está en guerra y que en la guerra hay daños colaterales. Curioso: los daños siempre parecen tener nombre y apellido; la responsabilidad, en cambio, siempre es abstracta.
Mientras tanto, seguimos trabajando, pagando, obedeciendo. Nos volvimos expertos en supervivencia cívica: no opinar demasiado, no preguntar demasiado, no confiar demasiado. El nuevo civismo consiste en bajar la voz.
Quizá el logro más grande de este tiempo no sea haber derrotado al crimen, sino haber domesticado al ciudadano. Porque un ciudadano asustado no protesta: agradece. Agradece el control, agradece la vigilancia, agradece que todavía no le haya tocado.
Vivimos bajo un arcoíris, sí. Pero no de colores, sino de miedos superpuestos.
Y lo más inquietante no es la violencia visible.
Es que estamos empezando a acostumbrarnos.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/s3w5zq
Johnny Jara Jaramillo, Cuenca 1956. Estudió Literatura en la Universidad de Cuenca y Musicología en la PUCE. Fue profesor de Literatura en el Colegio Benigno Malo de su ciudad y en el Colegio Agustín de Azkúnaga en Isabela-Galápagos. En Nueva York asistió a varios cursos sobre Literatura inglesa en la Universidad de Columbia y ha colaborado con varias revistas de literatura en Estados Unidos, México, Colombia, España y Finlandia. Es parte de Moderato Contable, antología de narradores cuencanos del Siglo XXI, Antología de Narradores ecuatorianos del Encuentro nacional de narradores ecuatorianos, en Loja 2015. Su libro “Un día de invierno en Nueva York” es su opera prima.