Ecuador firmó un acuerdo con Emiratos Árabes Unidos para que sus exportaciones entren sin pagar aranceles. Nos lo vendieron como un logro histórico, una proeza diplomática, casi como si el país hubiera ganado un Mundial del comercio exterior.
Pero conviene aclarar un detalle menor, convenientemente omitido en la épica oficial: los viajes, las comitivas presidenciales, las horas de vuelo, los hoteles de lujo y los cócteles internacionales los pagamos todos. Los giles de la patria. Los beneficios, en cambio, tienen destinatarios mucho más selectos.
Porque este acuerdo no es para el pequeño productor, ni para el comerciante de barrio, ni para el ciudadano que hace malabares para llegar a fin de mes.
Es para los exportadores gigantes de siempre: las camaroneras millonarias, las bananeras con apellidos históricos, las florícolas de élite y los conglomerados que pueden pronunciar “diversificación de mercados” sin trabarse la lengua.
Y aquí conviene decirlo sin maquillaje: esta práctica es roñosa y también es corrupción. No la del soborno tosco, sino la más eficiente: la que usa al Estado como gestor de negocios privados, la que convierte la diplomacia en agencia comercial y el presupuesto público en inversión de riesgo… pero solo para otros.
No es nada nuevo. Cambian los trajes, los destinos exóticos y el inglés de los discursos, pero la estructura es la misma de siempre. Ayer fue cacao, luego banano; hoy camarón, flores y soja. Antes se llamaba “progreso”; ahora “apertura estratégica”. El mecanismo no muta: exportar barato, concentrar riqueza y pedirle paciencia al país.
Sabemos que este modelo es global. Pero en Ecuador el descaro es pedagógico: mientras se financia la internacionalización del negocio oligárquico, se recorta el presupuesto en salud, educación, vialidad y ahora hasta a los municipios. No hay plata para hospitales ni escuelas, pero sí para asegurar mercados a quienes nunca estuvieron en peligro.
El ajuste no es una fatalidad económica: es una decisión política. Se aprieta al ciudadano común para liberar de toda carga a los grandes exportadores. Se habla de austeridad mientras se subsidia el privilegio. Se invoca la eficiencia mientras se socializan los costos y se blindan las ganancias.
Mientras la comitiva brinda con vino importado hablando de “oportunidades para el país”, el pequeño productor seguirá vendiendo al mismo intermediario, al mismo precio apretado, con la misma deuda. Pero ahora podrá decir que también él puso algo para que otros celebren.
¿Y el ciudadano común?
¿Bajarán los precios? No.
¿Mejorará el salario? Tampoco.
¿Habrá alivio en la canasta básica? De ninguna manera.
Es más probable que algunos alimentos se encarezcan, porque exportar será más rentable que alimentar a los propios ecuatorianos. Quizás queden los restos, lo descartado, lo que no sirve afuera. Pero no se preocupen: nos explicarán que eso se llama “lógica de mercado” y que debemos agradecer la lección.
Mientras Emiratos asegura provisiones, fortalece su seguridad alimentaria y amplía su influencia comercial, Ecuador vuelve a su papel más antiguo: proveedor obediente de materias primas y consumidor resignado de discursos.
El gobierno lo llamará triunfo. Los empresarios, oportunidad. Los técnicos, inevitabilidad. Pero no es modernización ni desarrollo: es la vieja república exportadora con wifi, powerpoints y pasajes en primera clase.
Arancel cero para la oligarquía. Estado mínimo para el pueblo.
Y cuando llegue la cuenta, mírela bien: la está pagando usted.
No es un error, no es mala suerte, no es inevitabilidad histórica.
Es un modelo. Y funciona exactamente como fue diseñado.
Portada: imagen tomada de https://acortar.link/685ann
Johnny Jara Jaramillo, Cuenca 1956. Estudió Literatura en la Universidad de Cuenca y Musicología en la PUCE. Fue profesor de Literatura en el Colegio Benigno Malo de su ciudad y en el Colegio Agustín de Azkúnaga en Isabela-Galápagos. En Nueva York asistió a varios cursos sobre Literatura inglesa en la Universidad de Columbia y ha colaborado con varias revistas de literatura en Estados Unidos, México, Colombia, España y Finlandia. Es parte de Moderato Contable, antología de narradores cuencanos del Siglo XXI, Antología de Narradores ecuatorianos del Encuentro nacional de narradores ecuatorianos, en Loja 2015. Su libro “Un día de invierno en Nueva York” es su opera prima.