En pocos años, hemos pasado de tratar a la tierra como madre nutricia, con infinita capacidad reproductiva, a hacerlo como si fuera un sustrato inerte donde producir dividendos.
G. Duch
Cada vez resulta más urgente replantearnos el paradigma desde el cual entendemos el desarrollo y el progreso. La visión dominante de nuestras sociedades se sustenta, en buena medida, en una ética utilitarista que legitima la búsqueda de un crecimiento económico ilimitado. Sin embargo, este modelo tiene consecuencias cada vez más evidentes: contaminación, sobreexplotación de los bienes naturales, pérdida de biodiversidad, alteración de los ciclos ecológicos y destrucción acelerada de las condiciones que hacen posible la vida. Algunos autores han denominado este proceso ecocidio, concepto que permite comprender la dimensión ética y civilizatoria de una crisis que no amenaza únicamente a determinados ecosistemas, sino a nuestra propia supervivencia.
Una de las expresiones más visibles de esta lógica es la extraordinaria concentración de la riqueza en manos de un número cada vez más reducido de personas. Mientras una pequeña élite acumula fortunas que resultan prácticamente inimaginables, miles de millones de personas enfrentan dificultades para satisfacer sus necesidades básicas, acceder a una vivienda digna, ahorrar o simplemente llegar a fin de mes. Vivimos un modelo de sociedad que convierte la acumulación ilimitada de riqueza en una medida del éxito, del progreso e incluso de la felicidad.
El caso de Elon Musk resulta paradigmático en este sentido. Más allá de la cifra concreta de su patrimonio, considerado el primer trillionario de la historia, esta es la paradoja fundamental de nuestro tiempo, mientras una persona puede acumular recursos equivalentes a los ingresos de millones de seres humanos, gran parte de la humanidad continúa viviendo en condiciones de precariedad. Esta lógica económica se ve reforzada por una poderosa industria cultural y tecnológica; las plataformas digitales no solo facilitan el consumo, sino construyen imaginarios en los que el éxito individual y la riqueza aparecen como expresiones de realización personal. Así, el mercado deja de ofrecer únicamente productos y servicios, también ofrece modelos de vida, aspiraciones y formas de entender la felicidad.
El estilo de vida contemporáneo ha alterado profundamente nuestra relación con los ritmos naturales de la Tierra. Todo debe ser rápido: producir, vender, comprar, transportar, consumir y desechar. Con un simple clic podemos adquirir un producto fabricado al otro lado del planeta y recibirlo en pocos días. Esta comodidad, aparentemente inocua, esconde una compleja cadena de extracción de materias primas, energía, transporte, generación de residuos y emisiones contaminantes. La tecnología al servicio de un consumo permanentemente creciente, termina profundizando la presión sobre los ecosistemas. Hemos llegado a una situación en la que las necesidades de expansión de la economía están en contradicción con los límites biofísicos del planeta, rompiendo el equilibrio y la armonía que necesita la tierra. La inmediatez y la rapidización injustificadas, son justificadas para complacer la cultura del consumismo exacerbado.
En el fondo, lo que existe es una profunda transformación ética, que ha ido sustituido el sentimiento de pertenencia por el sentimiento de propiedad. Como señala Gustavo Duch, han sido suficiente con pocos años de industrialización para dejar de tratar a la tierra como madre nutricia, con infinita capacidad reproductiva, para pasar a tratarla como un sustrato inerte donde producir dividendos. Desde esta perspectiva, resulta profundamente contradictorio destruir territorios, sustituir ecosistemas por infraestructuras, degradar los suelos mediante el uso intensivo de productos químicos o modificar los sistemas de producción de tal manera que se debilite la capacidad reproductiva de la propia naturaleza. Se impone así el falso mito de la producción ilimitada sobre el milagro de la reproducción y regeneración de la vida.
El día internacional de la Pachamama, sirva para recuperar la capacidad de imaginar y construir otros paradigmas, preguntarnos si el desarrollo debe seguir identificándose exclusivamente con el crecimiento económico, el consumo y la acumulación de riqueza. Necesitamos sustituir la lógica del crecimiento sin límites por una ética de la vida, la suficiencia, la reciprocidad y el cuidado. En esa línea, proponemos recuperar la práctica del cuidado como un valor general y una responsabilidad compartida por todos los seres humanos. Cuidar significa, en primer lugar, cuidar de nosotros mismos; cuidar de los demás y de manera inseparable, cuidar del planeta que es nuestra casa común. Significa proteger los bienes que son esenciales para todos: el aire, el agua, la tierra, los ríos, las montañas, las lagunas, los bosques, las playas y los océanos.
Esta perspectiva encuentra profundas resonancias en la filosofía andina, que propone una relación con la naturaleza basada no únicamente en su utilidad, sino en la reciprocidad, la interdependencia y el reconocimiento de que los seres humanos formamos parte de una comunidad más amplia de vida. La naturaleza no es un depósito de recursos al servicio de la economía, sino un ámbito del cual dependemos y con el cual mantenemos relaciones de responsabilidad. Por ello, el desafío de nuestro tiempo no es simplemente encontrar tecnologías más eficientes o producir de manera más sostenible, aunque ambas cosas sean necesarias. El desafío fundamental es transformar la relación ética que hemos establecido con la vida.
En definitiva, necesitamos recuperar la conciencia de que la naturaleza no es algo que está fuera de nosotros: somos parte de ella. Recuperar su carácter sagrado no significa necesariamente regresar al pasado, sino reconocer que existen límites que no podemos seguir ignorando y vínculos que no podemos seguir destruyendo. Quizás en esa recuperación de lo sagrado, del cuidado y de nuestra pertenencia a la Tierra se encuentre una de las últimas oportunidades para evitar que la crisis ecológica termine convirtiéndose en una crisis civilizatoria irreversible.
Ana Cecilia Salazar Vintimilla, trabaja junto a mujeres campesinas de la comunidad de San Cristóbal.
Miembro del Cabildo popular por la defensa del agua de Cuenca, del directorio de la Casa de Acogida María Amor, del Colectivo ciudadano Cuenca ciudad para vivir, y del colectivo Voces Azuayas libres y diversas.
Profesora en diversas maestrías en temas de Derecho a la ciudad, Sociología urbana, Sociología política, Género y derechos colectivos.
Fue directora de la Carrera de Sociología, de la revista COYUNTURA, de Vinculación con la Sociedad de la universidad de Cuenca.
Cuenta con múltiples publicaciones en revistas locales, nacionales e internacionales.
Posgrados en: Psicología Organizacional por la Universidad de Lovaina-Bélgica, Maestría en Investigación Participativa de la Universidad Complutense de Madrid y en Gestión Universitaria por la universidad de Cuenca.