Es la novela ganadora del Premio Planeta 2025.
El primer párrafo del libro, pareció un buen augurio: “El amor brota sin orden, tarda un segundo en producirse, justo en el instante que va después de una mirada especial o de una risa a tiempo. Da igual que sea real o inventado. No siempre es verdad, a veces sentimos lo que deseamos sentir”; aunque no necesariamente coincido, pues creo que la atracción aparece en el instante, pero el amor, el de verdad, toma tiempo, se cocina a fuego lento, así como el desamor.
Vera no es sólo una historia de amor sino también de desamor, de encuentros, desencuentros, enamoramientos, de sorpresas, risas, deslumbramiento y tragedia, es decir de la vida.
Es una novela que se siente cercana, no por la geografía o la realidad social y económica de los personajes sino porque evoca recuerdos, vivencias, sabores, aromas conocidos como los del “aftershave que…olía a pasado”; o las veces que hemos tenido que aceptar al novio, al marido, la novia o la esposa porque fueron los elegidos de la hija o el hijo u otras cuestiones que simplemente las tenemos que admitir, “de la misma forma que se llevan con optimismo las tormentas”.
Habla de una mujer que al terminar su matrimonio, se encuentra a sí misma, que se reconoce y se gusta, que no tiene que aparentar ni complacer a otros antes que a ella. Una mujer que se enfrenta a un nuevo momento en su vida, dejando atrás la ya vivida, no tiene angustia ni incertidumbre aunque no sabe que le espera, porque su boyante economía así lo permite.
Vera una mujer de “belleza limpia”, me remitió a algunas mujeres que conozco, que son bellas aunque no lo sepan o no lo asuman, mujeres seguras, luchadoras, generosas, alejadas de los cánones impuestos.
Es también una mujer como tantas que ha vivido “con un hombre al que no ha sido capaz de conocer después de más de veinte años” en los que pasó “sin mirar todo lo que no quería ver”, en un matrimonio que fue lo que “tenía que ser…Borja en sus negocios y ella feliz siendo su mujer.”, hasta que dejó de serlo.
Encontrándose Vera, encuentra a Antonio que “posee la virtud innata de gustarle a la gente sin tener que hacer ningún esfuerzo” a diferencia de ella, “él lleva el barrio dentro” pero “su presencia trasciende su traje barato”, es un seductor innato.
Seguía leyendo y veía a esposas y ex esposas parecidas a Vera; y, a matrimonios que no terminan sino se interrumpen porque la muerte los separó.
Muestra también el autor, sin profundizar, a esas “mujeres a las que les da miedo la libertad de otras mujeres”.
Es una historia, con historias en las que se guardan secretos y perversiones.
Es un llamado a vivir la vida, porque “Nadie sabe qué día exacto comienza el futuro, si es mañana o dentro de un año, porque dentro de un año el futuro será el año siguiente”
Nos presenta a Sevilla y a Madrid, que guardando las distancias me llevaron a Cuenca y Quito. “En Sevilla todo es más lento, también más apacible, más previsible. Todos los chicos bien de Sevilla le parecen el mismo chico. Todos los bares, el mismo bar. Las amigas, todas son la misma. Hay algo de su ciudad que la oprime, quizá sea solo el aburrimiento”. “Madrid es más grande que Sevilla, pero cada barrio de Madrid, «zonas », como dicen allí, es una ciudad diminuta y endogámica en la que todos acaban conociendo a todos.”
Del Val recurre al humor en los momentos precisos y a las analogías bien traídas: “Desde que Vera decidió separarse, el marqués siente que ha perdido la simetría en su vida…Sin Vera la vida del marqués es asimétrica y desordenada. Como un par de zapatos del pie izquierdo, una silla coja, una foto torcida dentro de un marco…No era amor, sino geometría.”
O cuando nos recuerda a propósito del vestido de flamenca de Gabi, que “el optimismo no es aconsejable cuando se elige una talla de ropa.” ¿Quién no ha pecado de optimista?
Es una novela que relata la atracción, la pasión y la costumbre. En las primeras no se quiere que los besos acaben, en la última sí, esos son los que “terminan doliendo un poco”
Hace un guiño a la migración que se instala en Madrid: “Los cambios en el descampado que hay enfrente del bloque de Diego han poblado el lugar de familias, casi todas ecuatorianas o colombianas, aunque cada vez hay más peruanos, paraguayos o salvadoreños…se apropian del lugar para formar una comunidad nostálgica de los países de donde vienen…Llevan mesas y sillas portátiles, y comida, merienda y cena en tápers para compartir con las otras familias entre partido y partido. Locro de papa, llapingachos, bandeja paisa, empanadas, arepas, sancocho y dulces acompañados de cervezas de un litro, refrescos de dos y equipos de música portátiles donde suena salsa, cumbias, merengue y rumbas.”
Muestra a matones de Europa del este, que hacen el trabajo sucio.
Habla de una muerte y de lo que frente a la pérdida del ser querido sintió uno de los personajes. Eso mismo, todo o algo sienten los que quedan: miedo, pena, rabia, dolor, alivio, desasosiego…; y, en todos los casos “es difícil saber lo que se siente cuando se siente todo a la vez”. No hay duda de que “la muerte cambia para siempre la vida de los vivos que están alrededor de los que mueren”; y en muchos el recuerdo del que ya no está se instala y ocupa su espacio, llevando a imaginar escenas como “un recuerdo de lo que nunca pasó”
Se entremezclan historias que parecen sacadas de la vida real.
Es una novela con un final abierto, que activa la imaginación del lector.
Puede gustar o no, se la puede criticar y opinar si merecía o no un premio, cada lector sacará sus conclusiones, porque como dijo Antonio Muñoz Molina, Premio Planeta 1991, la lectura “es uno de los pocos actos soberanos que aún nos quedan”.
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