En los contextos de avance de la ultraderecha asistimos a una sociedad deshumanizada, cuyos presidentes o dirigentes han adoptado la estrategia del “terror”, las guerras para gobernar con la obediencia y sumisión a las presiones del imperio estadounidense y del FMI, sin mirar las necesidades y situaciones de los más pobres, las comunidades y pueblos nativos, especialmente las mujeres.
Las necesidades básicas insatisfechas de estos sectores han obligado reclamar a las autoridades estatales y al no encontrar respuestas, las calles han sido y son el espacio para su presencia. Es necesario considerar que la solución de las necesidades es parte de los derechos humanos. De ahí, se requiere mirar con otros ojos los problemas que sufren los pueblos originarios y sus luchas, así como los aportes a la conformación y sostenimiento de los estados.
Las luchas sociales y de los pueblos originarios son históricas, desde la invasión hasta la actualidad. Los Pueblos Indígenas han luchado por los derechos, no solo de los indígenas, sino, por una agenda colectiva de todos los pueblos en defensa de la vida, las tierras y territorios, que es el espacio donde nos desarrollamos. La historia nos relata que, pese a todas las violencias, los pueblos nativos han demostrado que son fuertes, luchadores, resistentes y combatientes.
No obstante, en los espacios de relacionalidad con otras sociedades, la mestiza y con el Estado como estructura de poder, los indígenas, lxs cholxs son bonitos siempre y cuando no jodan, sean sumisos. Y al exigir mejores condiciones de vida y defender sus territorios alzando la voz en las calles, han sido objetos de la discriminación y la violencia, la xenofobia y discriminación bajo expresiones de “terroristas”, ignorantes, analfabetos, insultos de alto calibre, como “repugnantes”, “indios/indias de m.., hordas, asnos” etc. Esta realidad la vivimos en Ecuador en septiembre y octubre del año pasado y hoy, afrontan los pueblos y naciones de Bolivia, que nos dan un ejemplo de dignidad y valentía frente a gobiernos fascistas y la injerencia de Estados Unidos.
En los espacios urbanos marcado por desigualdades sociales estos insultos y violencias se han naturalizado y parecen operar como un desfogue de sus raíces, reproduciendo lógicas de exclusión racial y económica (Pazos, 2016). Parece que la furia, lo “emocional” ha reemplazado al pensamiento sensato, al discernimiento de la verdad, a lo axiológico, por lo que un 50% de personas valoran y apoyan ciegamente la actitud prepotente, racista, xenófoba, guerrerista y asesino de los gobiernos, (Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador, Honduras, Sal Salvador). Esa furia guardada de sus dolencias, frustraciones y deseos insatisfechos lo proyectan y ven reflejados en el accionar grotesco de los gobiernos o mal llamados “líderes” que administran las instituciones.
El 5 de junio, a más del triunfo del liberalismo en Ecuador, en Perú, se conmemora 17 años de la masacre de “Bagua”; luchas vigentes de las demandas de los pueblos originarios por el respeto de sus derechos territoriales, mejores condiciones de vida y la autonomía. Las movilizaciones surgen como respuestas a una serie de medidas que afectan directamente a los derechos colectivos, territorios y recursos naturales, reconocidos en las legislaciones nacionales e instrumentos internacionales.
Las luchas son un paso en la consolidación de la democracia y representación intercultural, al derecho de vivir en paz y con dignidad. Desde nuestra mirada, son derechos para construir un país más inclusivo, donde la diversidad cultural sea reconocida como elemento fundamental para el desarrollo y la convivencia democrática.
Estas luchas continúan generando reflexiones sobre la relación del Estado y los pueblos indígenas, mientras los movimientos y organizaciones sociales nos interpelan sobre la necesidad de fortalecer mecanismos de diálogo, consulta y respeto a los derechos colectivos y de la Naturaleza. Esto implica entender la vivencia de otros modelos económicos, de volver la mirada a lo humano, a la esencia espiritual del Ser, al cumplimiento de la ley fundamental del cosmos: el Amor, la justicia, el compartimiento, que es el antídoto de las violencias, guerras y egolatrías del poder.
Una profecía de los abuelos y abuelas que no están en los libros, dice que “la sanación de la humanidad vendrá a través de quienes saben gestar la vida, tejer la comunidad y sostener al otro, sin perder su propia raíz”. Esta sabiduría ha existido desde que la Pachamama aprendió a respirar y está en la memoria de los ríos, de las plantas y en el lenguaje del viento. Está en quienes saben gestar vida en la oscuridad, como la semilla que germina bajo la tierra, sin que nadie lo vea. Es el Amor y la armonía de quienes sostienen la humanidad, que no impone, que no divide, que convoca y teje las relaciones entre todxs.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/s4koz

Nativa de Saraguro. pertenece a la nacionalidad Kichwa. Estudió en Zamora en la Escuela de Líderes. Cursó estudios universitarios en Cuenca. Es abogada, tiene estudios en lengua y literatura, es magister de Estudios de la Cultura y un Diplomado en Educación Intercultural Bilingüe. Maestra de secundaria y educación superior, investigadora. Ha publicado varias obras, así como artículos en revistas y periódicos. Ha desempeñado varios cargos vinculados a Educación Bilingüe. Es conductora del programa Ñukanchik llata Kashpa (Nuestra identidad) en la Radio comunitaria de Saraguro “KIPA RADIO”, FM 91.3.