FABULA
Luis A. Aguilar Monsalve
Hablaré del último microcuentario de Carlos Vásconez titulado FABULA, obra que nos ofrece cuarenta y siete textos dentro del género del microrrelato. Pero antes de referirme a la obra misma, puntuaré dos o tres cosas breves e importantes sobre el autor.
Siendo todavía un adolescente de catorce años sostiene ya un periódico mural, llamado “Romeísmos”, que luego se convertirá en su blog individual. De esta manera Carlos diseña ya su personalidad emprendedora y uno anticipa un liderazgo inevitable que se dirige hacia un futuro de vanguardia, cuyo cambio y participación lo sentimos cada vez que caen en nuestras manos uno de sus libros de microcuentos, de ensayos o novela, para restringirnos solamente a estos tres géneros de trabajo literario.
En estos 49 años de vida ha escrito doce libros de cuentos, ocho novelas, uno de ensayos. Da talleres de creación y apreciación literaria y conferencias sobre autores de su preferencia como Jorge Luis Borges, James Joyce, Franz Kafka, Yasunari Kawabata, Alice Munro, entre otros. En 2021 recibió la presea Guadalupe Larriva González por su labor como escritor.
Centro ahora nuestra atención en su obra FABULA. En ella, el autor asume un enorme desafío, pues si escribir un cuento, crear una historia, unos personajes y unos sucesos en la extensión de un cuento es suficientemente difícil, en los relatos breves hay que enfrentar de entrada una autolimitación de decir todo con un mínimo de palabras; esta concisión es su característica sine qua non de la narración mínima y Carlos sobresale y sienta precedente.
Por ello, es indispensable en este momento hablar de la historicidad del relato hiperbreve y de su trayectoria mínima. Desde que su definición es arbitraria y atestigua nimiedad, hay varias posibilidades de entenderlo y elijo la de Lydia Davis que afirma: “… incluso si la cosa es una sola línea o dos, siembre hay allí un pequeño fragmento de narrativa, o el lector puede … imaginar una más grande”. Lo que refuerza la idea de Baltazar Gracián al decir: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; incluso lo malo, si poco, no tan malo”.
Desde la Edad Media se encuentran en varias culturas alegorías, composiciones sacras, ironías y sátiras que servían de instrumento para un determinado fin, en la que la elipsis juega un papel determinante y la participación del lector atento es de gran importancia. No obstante, el microcuento no es una síntesis de un relato, sino que es la implosión desarrollada y lógica que alberga entereza, estado propio e integridad.
En varios de sus microrrelatos, Carlos nos deja rastro de sus lecturas, de sus preferencias literarias, de su admiración por determinados autores, como es el caso de “El asesino de los contrastes”, “El Homero”, “Señor de Strarford” “Dublinadas”, “Como Shakespeare, de feria y Olimpo”, “Los protagonistas”, “Fantasía pura”, “De Beatriz a Dante, sensual”, “Bibliofagía”, “Haber en presente”, “El protokafka”.
Como escritor que pretende el reconocimiento de su escritura gracias a un trabajo cabal y valeroso, Vásconez hace de su propio oficio materia de cuestionamiento y reflexión. Por ejemplo, en el cuento brevísimo “Dos 201” afirma que los escritores “solo sirven para transcribir los alaridos de los fantasmas” e imagina que todos los escritores del mundo han muerto y que sus fantasmas ocupan una habitación específica de un hotel para tratar de decir algo razonable, entre griteríos. En “El vengador”, en cambio, plantea una situación en la que los cuentos que ha escrito un autor desaparecen al momento de ser leídos y que los de fantasmas buscan a su hijo –el lector– para que los vengue de su asesino -el escritor-. En “Fantasía pura” otorga tal poder a las palabras, que si son dichas con imaginación y rigor el mundo nunca se acabaría. En “La inmensa tarea de quien empuña un bolígrafo” nos enfrenta a la paradoja de que los escritores son los críticos de su tiempo, pero este no existe. En “Las leyes”, el autor define algunos principios a los que ajusta su oficio: “No hablar de sí mismo si quiere referirse a algo más grande”; tener la seguridad de que “al escribir siempre te vas a encontrar contigo mismo”; y que, si de verdad se ve a sí mismo, nunca va a parar de reír, en una clara autoironía.
En el híperbreve “El Homero” resulta una tergiversación divertida de la historia que conocemos sobre Ulises y Penélope. En “Señor de Strarford” desacraliza la imagen que un lector puede haberse formado sobre Shakespeare, al afirmar que “ni siquiera en sus comedias se limita a ser el autor que a él le hubiera gustado interpretar, el escritor al que él hubiera querido leer o el enamorado al que él le habría gustado amar”. Y se refiere nuevamente a este autor en su breve cuento “Como Shakespeare, de feria y Olimpo”. La figura del escritor irlandés James Joyce es evocada en sus microrrelatos: “Dublinadas”, “Los protagonistas”. También la figura del diablo está presente en sus cuentos breves: “La letra escondida”, “La semilla del árbol del ahorcado”, “Diablo del día”, “Infiernos”. En varios de su muestrario están presentes la ironía, como es el caso de “Epopeya del noctívago”, o “Búmeran”
El horizonte de sus minicuentos es múltiple y variado: igual hacen referencia a la desaparición de la magia; a la colección de ojos que mantiene un sujeto que perdió uno al descorchar una botella; a un individuo que desprecia tanto a las ratas como a los seres humanos, pero que no vacila en alimentarse de ellas para asegurar su supervivencia; a un él y una ella que buscan algo que no saben lo que han perdido; a un enano que trota todos los días, pero que en algunas jornadas desaparece para mantener el interés de la mujer que lo observa; a la figura de una que habita en el lejano Oeste, pero que debe desprenderse de su feminidad para poder subsistir en ese medio hostil; al individuo que acepta una propuesta del diablo a cambio de su alma, pero que solicita la vida eterna, que constituye el verdadero infierno.
Quiero referirme específicamente a dos microrrelatos que destacan más por la sutileza de su concepción y por el privilegio de analizarlos en: “Los canticos marítimos nacen del dolor”. Vásconez sujeta con certeza la ironía borgiana y a la vez cortazariana y enfatiza, la angustia expresiva de la pérdida de creencias y valores: el cuentillo dice: “Se sabe que sorprenderle a un marino leyendo un libro es motivo suficiente para obligarlo a contraer sífilis”. En “Mientras los hombres cambian” está Kafka en su brillo más puro: “El rabino se halla plantando una flor cuando un excitado discípulo le cuenta que el Mesías ha venido. Como es sabio, el rabino acaba de plantar la flor antes de ir a comprobar la noticia”. Kafka dirá: “Una jaula fue en busca de un pájaro”.
Desafiantes textos los que nos plantea Carlos, en estos tiempos de prisa y urgencia. En su mundo, uno se mece en un cosmos vasconiano de misterio cuyos ecos van más allá de lo posible, de lo real, para atravesar el suspense de lo utópico en universos de acertijos alternativos, metafóricos o simbólicos. O, en otro lado de su creación fantasiosa, el lector se topa con una franja opresiva en la relación del individuo con la sociedad. Se abre otro espacio aún y nos hundimos en el maremágnum estratégico de la corriente de la conciencia. Hay más y mucho más. Entonces, aquí se albergan Jorge Luis Borges, James Joyce y Franz Kafka, porque Carlos Vásconez va más allá y uno encuentra una literatura ejemplar y diáfana, lo que le convierte en uno de los renovadores escritores ecuatorianos.