Tres noticias –caricaturesca la una, insultante la segunda y macabra la otra- retratan al país actual: la Canciller informando que el presidente, después de 18 días de vacaciones, viajará a Suiza, donde expondrá en el Foro de Davos sus políticas de seguridad; la comparecencia de Godoy en la Asamblea Nacional y las cinco cabezas humanas que amanecieron colgadas en Puerto López, en un tiempo en el que la violencia, de tan recurrente, ya poco horroriza.
Las ausencias del presidente se traducen en viajes reservados, agendas oficiales sin resultados claros y vacaciones. A lo anterior, se suman encuentros empresariales particulares, como si fuese neutral o inocente que un individuo, que ostenta el rango de Jefe de Estado, se siente en una mesa de negociaciones internacionales privadas.
Algunos viajes de Noboa han sido en momentos importantes y simbólicos, lo que da cuenta de la ausencia, o el escape, como su forma naturalizada de gobierno. Viajó a Madrid a celebrar su primer triunfo. Recientemente, tras el rotundo fracaso en la Consulta Popular y el Referéndum, no dio declaraciones. Apenas un escueto mensaje en redes sociales. Luego viajó a Estados Unidos, en una agenda desconocida y calificada como confidencial; acto seguido, se desplazó a Emiratos Árabes Unidos, España y Noruega.
A sus cortas presencias en Ecuador, que más parecen visitas de un extranjero, le siguen las vacaciones familiares y las próximas agendas oficiales en Suiza y Bélgica. En medio de ello, como escribía en otro artículo, el país acostumbrándose a la vacancia, ha dejado de preguntarse: ¿Dónde está el presidente?
A la par, la Asamblea Nacional se ha convertido en una instancia cada vez más vergonzosa. Es preciso recordar que la política se cultiva en el espacio público; el ágora ha sido, históricamente, el punto neurálgico donde se reúne la asamblea ciudadana. Es en la esfera pública en donde se intercambian las ideas y se toman las decisiones que involucraban a la comunidad. El ejercicio de la polis demanda del espacio público, del pensamiento crítico, de la palabra, de la diversidad y del disenso. En ese sentido, la Asamblea Nacional debería ser, por excelencia, uno de los ámbitos de lo público y de la política –el parlamento como lugar de la palabra-; sin embargo, lo que presenciamos, además de la pobreza y banalidad de las intervenciones de los legisladores, con salvadas excepciones, es el sometimiento a la obediencia y, por tanto, la desaparición del debate y la deliberación.
La Asamblea Nacional, paradójicamente, hoy es el escenario de erosión de la política.
El espectáculo, la sumisión y la mediocridad son la huella del actual gobierno, tanto en el ejecutivo como en el legislativo. Daniel Noboa y su partido constituyen la antítesis de la política. Hay ejercicio de la fuerza y de la violencia, mas no un ejercicio político. El país es manejado como una empresa; por lo tanto, de lo público, hemos pasado a una despolitización, en la que no se gobierna sino se gestiona lo privado. Noboa ejerce el poder al margen de la política; al tiempo que se debilita su autoridad en términos de legitimidad. Así, a la ausencia recurrente del presidente, se suma la anulación de la política.
Dejan de ser públicos los espacios que deberían dar lugar a la política, puesto que no posibilitan el diálogo, la participación, el disenso, la deliberación, la singularidad y la pluralidad; niegan la reflexión y la acción sobre los asuntos relativos al bien común. La polis se vacía; triunfa lo privado sobre lo público. La política se desplaza y se diluye, no solo porque hay una ciudadanía ampliamente despolitizada, sino porque desaparecen los espacios de debate, convivencia y acción a favor de lo común.
No hay presidente. No hay parlamento. No hay política. Solo poder y gestión de la fuerza. Crece la obediencia, se expande la violencia y se extinguen los cuerpos políticos y los horizontes comunes.
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Antropóloga, Doctora en Sociedad y Cultura por la Universidad de Barcelona, Máster en Estudios de la Cultura con Mención en Patrimonio, Técnica en Promoción Sociocultural. Docente-investigadora de la Universidad del Azuay. Ha investigado, por varios años, temas de patrimonio cultural, patrimonio inmaterial y usos de la ciudad. Su interés por los temas del patrimonio cultural se conjuga con los de la antropología urbana.