¿Qué ocurre cuando una mujer recupera para sí la autoridad de sentir, conocer, desear, decidir y crear su propia vida?
Pienso en el gozo de ser mujer como la recuperación de una soberanía históricamente disputada.
Liberar el gozo es volver a habitarnos sin pedir permiso. Reconocer nuestro cuerpo como territorio propio y las memorias que lo atraviesan. Decidir. Crear. Producir conocimiento. Participar en lo común. Construir relaciones que no nos exijan disminuirnos. Imaginar posibilidades que quizá todavía no tienen nombre.
Porque el poder que limita a las mujeres no vive solamente en las prohibiciones. También habita los silencios, la vergüenza, la dependencia económica, los mandatos familiares, los ideales de belleza y aquellas expectativas que, lentamente, nos enseñan cuánto espacio podemos ocupar. Por eso quiero resignificar el poder. Poder no es dominar. Poder es poder ser.
Poder decir sí. Poder decir no. Irse. Quedarse. Aprender. Cambiar de opinión. Ganar dinero. Descansar. Cuidar y no cuidar siempre. Desear. Crear. Ocupar espacio. Participar en las decisiones que atraviesan nuestra existencia.
La libertad pierde profundidad cuando una mujer todavía no tiene autoridad sobre su tiempo, su conocimiento, su economía, su cuerpo o su voz.
Pero esa soberanía comienza también hacia adentro.
Conocernos es preguntarnos: ¿qué de mí he elegido y qué aprendí a representar? ¿Qué deseo realmente? ¿Qué silencios heredé? ¿Qué capacidades disminuí para poder pertenecer? ¿Qué parte de mí todavía espera autorización?.
No busco una esencia femenina que nos defina. Somos territorios vivos, atravesados por historias, familias, culturas, cuerpos y geografías. Conocernos es recorrer esas capas y, algunas veces, descolonizar la mirada con la que aprendimos a mirarnos.
Allí la educación adquiere otra profundidad.
Educar no puede ser solamente aprender a desenvolvernos exitosamente en el mundo existente. Educar es ampliar el horizonte de lo posible. Es adquirir palabras para nombrar lo que parecía innombrable, conocimiento para reconocer estructuras y libertad para imaginar otros caminos.
La pregunta entonces cambia: ¿Educamos mujeres para adaptarse al mundo o para participar en la creación del mundo que desean habitar?.
La autonomía económica también forma parte de ese territorio. No es solamente tener ingresos. Es disponer de capacidad material para decidir. El dinero puede convertirse en tiempo. El tiempo, en aprendizaje. El aprendizaje, en decisión. La decisión, en autonomía. Y la autonomía puede abrir espacio al gozo.
Pero no hablo de incorporarnos a economías que nos exploten de nuevas maneras. Imagino economías compatibles con la vida, el cuidado, la creatividad y la libertad. También imagino otra ciudadanía.
Tener voz no basta cuando los espacios donde se decide todavía no saben escuchar. Participar es producir conocimiento, administrar territorio, investigar, crear cultura, dirigir organizaciones, decidir sobre recursos y transformar las narrativas mediante las cuales una sociedad determina quién importa.
Y para hacerlo no necesitamos “homogeneizar” la voz. Podemos encontrarnos sin borrarnos.
Una red de mujeres no necesita mujeres iguales. Podemos tener cuerpos, edades, culturas, maternidades, profesiones, sueños y territorios diferentes. La potencia está en entrar en consonancia sin dominarnos, sin maltratarnos, sin humillarnos, sin anularnos, sin extinguirnos.
Somos naturaleza no porque las mujeres seamos más “naturales” que los hombres, sino porque todo cuerpo pertenece a la trama de la vida. Desde allí, el cuerpo puede dejar de ser territorio administrado por otros para volver a ser territorio vivido.
Menstruar. Gestar o no gestar. Envejecer. Desear. Enfermar. Sanar. Sentir placer. Cambiar. Descansar.
Mi cuerpo tiene historia. Mi historia tiene territorio. Mi territorio tiene memoria.
Y en esa trama también necesito transformar la idea de resiliencia. No quiero que nuestra fortaleza continúe midiéndose por cuánto dolor somos capaces de soportar. Resistir no puede significar aguantarlo todo. La resiliencia que imagino es regenerativa: no pregunta cuánto dolor puedo soportar, sino qué relaciones puedo transformar para que ese dolor no tenga que repetirse.
Allí comienza la metamorfosis.
Transformarnos no significa negar quienes fuimos. Significa reconocer qué debe permanecer, qué necesita morir, qué puede cambiar y qué todavía quiere nacer.
Quizá el instante en que el suelo conocido deja de sostenernos y el próximo territorio todavía no tiene nombre sea precisamente el lugar donde comienza otra posibilidad. Durante generaciones nos preguntaron cuánto podía resistir una mujer. Yo quiero cambiar la pregunta: ¿Cuánta vida puede desplegar una mujer cuando deja de organizar su existencia alrededor de aquello que debe soportar y comienza a organizarla alrededor de aquello que desea conocer, crear, cuidar y llegar a ser?
Entonces el gozo deja de ser lujo. Se vuelve conocimiento. Autonomía. Memoria. Territorio. Metamorfosis. Poder de transformación. El gozo de ser mujer recupera una soberanía históricamente disputada: habitarse en libertad, crear desde su armonía interior y desplegar, una y otra vez, la vida que todavía quiere nacer.
Portada: pintura del artista Cristian León
Diana Patricia Moscoso Lazo es investigadora, escritora y consultora en regeneración socioecológica territorial y gestión intercultural y artística. Desarrolla marcos conceptuales e instrumentos interculturales integrando en un diálogo de saberes la investigación participativa y gestión territorial en la ejecución de proyectos desde la biología, la transmisión del patrimonio biocultural, organización social, gobernanza ambiental, la conservación de la biodiversidad, resiliencia socioecológica, finanzas climáticas, formulación de políticas públicas e implementación de sistemas tecnológicos orientando la continuidad de la comunidad de vida.