Hay palabras que, cuando pasan demasiado por la boca del poder, empiezan a oler mal. Paz es una de ellas.
Donald Trump anunció en Davos la entrada en vigor del Estatuto de la llamada Junta de Paz, presentada con la grandilocuencia que lo caracteriza: “una de las organizaciones más relevantes jamás creadas”. No hablaba un estadista; hablaba un promotor inmobiliario del orden mundial. Y como todo buen promotor, lo primero que hizo fue fijar el precio de entrada: mil millones de dólares para formar parte del club.
La paz —esa palabra que durante décadas costó sangre, negociaciones interminables y una arquitectura multilateral frágil pero necesaria— ahora tiene tarifa. Ya no se discute entre iguales ni se construye con paciencia: se compra.
No es casual que el anuncio se haya hecho en Davos, ese espacio donde el mundo no se gobierna, pero se administra. Donde los países no dialogan como naciones sino como balances. Donde la ética cabe en una diapositiva y la guerra es una “externalidad”.
Trump sonrió y dijo que el mundo “ya no está en llamas”. Lo dijo como quien apaga un incendio cerrando los ojos. Lo dijo mientras Gaza sigue siendo un territorio de ruinas habitadas por sobrevivientes. Lo dijo mientras Ucrania sangra y África continúa desangrándose en conflictos que no cotizan en bolsa.
Y entonces aparece la otra pieza del rompecabezas.
Jared Kushner, yerno del presidente, no como pariente incómodo sino como operador central, representa a las compañías interesadas en la “reconstrucción” de Gaza. Reconstrucción: palabra pulcra para no decir negocio. Hoteles. Rascacielos. Turismo. Vidrio y acero levantados sobre escombros recientes, sobre casas destruidas, sobre vidas que todavía no han sido lloradas.
La secuencia es perfecta, casi obscena: primero se destruye, luego se declara la paz, después se cobra la entrada al nuevo orden, y finalmente se reconstruye… cobrando de nuevo.
No es conspiración. Es capitalismo político sin maquillaje.
La Junta de Paz se presenta como alternativa a una ONU “ineficiente”. El argumento es conocido: las instituciones multilaterales son lentas, torpes, llenas de vetos. Puede ser. Pero lo que se propone no es reformarlas, sino reemplazarlas por un directorio de accionistas. Un organismo donde mandan los fuertes, pagan los ricos y obedecen los demás.
La paz deja de ser un derecho colectivo para convertirse en una franquicia geopolítica. Con sede central, reglas impuestas y beneficios concentrados.
Lo más inquietante no es solo el dinero, sino el lenguaje. Se habla de calma donde hay ocupación. Se habla de reconstrucción donde hubo limpieza. Se habla de paz donde hay control.
Y se habla de honor mientras se negocia sobre cadáveres.
Tal vez el mundo no esté en llamas, como dice Trump. Tal vez solo esté bien asegurado, bien cercado, bien administrado. Como un terreno listo para urbanizar.
Lo inquietante —y lo verdaderamente grave— es que esta lógica no se queda en Davos ni en los salones alfombrados del poder global. Se reproduce, en versión menor pero igual de autoritaria, en nuestros propios países.
En Ecuador, el presidente decide imponer un arancel del 30% a Colombia por no “controlar su frontera”, como si la violencia se detuviera con impuestos y la soberanía se decretara por anuncio oficial. Se señala al vecino, se construye un enemigo externo, se escenifica el control.
Lo trágico es que ese mismo Estado que exige orden más allá de sus límites no logra controlar ni siquiera sus propias cajas de banano, convertidas en rutas habituales del narcotráfico que salen de los puertos con sellos, permisos y silencios oficiales.
Así funciona hoy el poder: mano dura hacia afuera, desorden rentable hacia adentro. Se habla de seguridad mientras el crimen circula por la economía legal. Se habla de paz mientras se administra el caos.
Trump vende una paz internacional de mil millones de dólares. Noboa ensaya una soberanía arancelaria que no toca las raíces del problema. Distintas escalas, misma lógica: el espectáculo del control para ocultar la ausencia de gobierno real.
Al final, la paz ya no es un pacto entre pueblos ni un horizonte ético. Es una puesta en escena. Una foto para Davos. Un decreto para las redes. Un relato tranquilizador para mercados nerviosos.
Mientras tanto, las fronteras reales —las del dinero ilícito, la corrupción, la desigualdad— siguen intactas. Nadie les cobra arancel. Nadie les impone estatutos. Nadie las reconstruye.
Tal vez por eso esta nueva Junta de Paz resulta tan verosímil. Porque no promete justicia, ni verdad, ni reparación. Promete algo mucho más rentable: orden sin responsabilidad.
Y hoy, ese parece ser el negocio más exitoso del mundo.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/ucheka
Johnny Jara Jaramillo, Cuenca 1956. Estudió Literatura en la Universidad de Cuenca y Musicología en la PUCE. Fue profesor de Literatura en el Colegio Benigno Malo de su ciudad y en el Colegio Agustín de Azkúnaga en Isabela-Galápagos. En Nueva York asistió a varios cursos sobre Literatura inglesa en la Universidad de Columbia y ha colaborado con varias revistas de literatura en Estados Unidos, México, Colombia, España y Finlandia. Es parte de Moderato Contable, antología de narradores cuencanos del Siglo XXI, Antología de Narradores ecuatorianos del Encuentro nacional de narradores ecuatorianos, en Loja 2015. Su libro “Un día de invierno en Nueva York” es su opera prima.