Al principio, el ataque a Irán parece una noticia más: un mapa remoto, nombres impronunciables, explosiones que no alcanzan nuestra mesa ni interrumpen el día. La guerra ocurre “allá”, en otra latitud, en otra historia. Aquí seguimos con la vida diaria, convencidos de que esos conflictos no nos tocan.
Pero esa distancia es una ilusión cuidadosamente fabricada.
Ningún ataque a Irán es un hecho aislado. No lo es política, económica ni militarmente. Es una demostración de poder, un gesto pedagógico dirigido al mundo entero: así se castiga a quien desafía el orden impuesto; así se suspenden las reglas cuando estorban. No se trata solo de Irán, sino del mensaje que se envía a todos los demás.
La alianza tácita entre Estados Unidos y Israel opera como una autoridad sin necesidad de legitimación. No declara guerras: las administra. Golpea de forma selectiva, mide la respuesta, controla la escalada. El derecho internacional queda reducido a una escenografía útil mientras no contradiga a la fuerza.
La parálisis de la ONU confirma una verdad conocida por el sur global: las normas existen, pero no obligan a todos por igual. Cuando el poder decide, la legalidad se vuelve prescindible.
Pero esta guerra no se libra únicamente con misiles. También se libra con precios.
Irán ocupa un punto neurálgico del mapa energético. Cada ataque, incluso limitado, sacude los mercados, eleva el costo del petróleo, encarece el transporte y los alimentos. La inflación se convierte así en una forma de violencia indirecta, silenciosa y constante, que no figura en los partes militares pero golpea con precisión a quienes ya viven al límite.
Las grandes potencias deciden; el resto del mundo paga. América Latina, una vez más, no se sienta en la mesa donde se toman las decisiones, pero sí recibe la factura. El encarecimiento de la vida se naturaliza, los ajustes se justifican, la precariedad se presenta como destino y no como consecuencia política.
A esto se suma un dato que rara vez se dice con claridad: la región no es neutral, aunque se la trate como si lo fuera.
Irán mantiene vínculos diplomáticos y económicos con varios países latinoamericanos, mientras Israel conserva una presencia sólida en inteligencia, tecnología y cooperación militar. Esa doble inserción convierte al continente en un escenario secundario de disputas ajenas. No hay frentes abiertos ni bombardeos, pero sí presión constante, vigilancia discreta y mensajes cruzados.
De ahí se desprenden efectos concretos:
presiones diplomáticas para alinearse o asumir costos;
observación permanente sobre comunidades migrantes y redes políticas;
uso del territorio latinoamericano como espacio donde se proyectan conflictos externos sin asumirlos públicamente.
América Latina vuelve a ocupar su lugar histórico: zona de influencia, nunca de decisión. Un espacio donde otros miden fuerzas y nosotros absorbemos los riesgos.
Y junto con estos impactos económicos y geopolíticos, regresa un lenguaje conocido, casi familiar: seguridad, amenaza, enemigo.
Las guerras lejanas reactivan una narrativa global que legitima la militarización interna. Si el mundo está en peligro, se nos dice, hay que obedecer; si hay enemigos afuera, hay que vigilarlos adentro. El miedo deja de ser una emoción y se convierte en una tecnología de gobierno. La excepción se normaliza. La fuerza reemplaza al argumento.
En ese embudo de tensiones, discursos y miedos, aparece Ecuador.
Aquí, el lenguaje de la guerra ya no es metáfora. Se habla de enemigos internos, de batallas que deben ganarse, de orden que debe imponerse. La militarización se presenta como única salida y la obediencia como virtud cívica. La paz se redefine como silencio; la democracia, como disciplina.
No se trata de decir que Ecuador sea Irán ni de forzar analogías simplistas. El paralelismo es más inquietante: las lógicas que se legitiman allá se naturalizan aquí. La idea de que la fuerza precede al derecho. De que la seguridad reemplaza a la justicia. De que cuestionar es sospechoso y callar, responsable.
Las guerras contemporáneas no siempre arrasan ciudades; a veces erosionan el lenguaje. Vacían palabras como paz, legalidad, democracia, hasta convertirlas en consignas huecas. Cuando eso ocurre, lo que se pierde no es solo un debate político, sino la posibilidad misma de pensarnos como comunidad.
Por eso, el ataque a Irán no es una noticia lejana. Es una señal. Nos recuerda que el orden global se sostiene cada vez menos en reglas y cada vez más en la fuerza; que el miedo es un recurso político eficaz; que las periferias siempre pagan los costos de decisiones tomadas en otros lugares.
Tal vez hoy, cuando la guerra se vuelve norma en el mundo, la forma más urgente de resistencia sea esta: no permitir que el miedo piense por nosotros, no aceptar que la violencia redefina el sentido de las palabras, recordar que la política —cuando merece ese nombre— no nace de la fuerza, sino de la conversación.
Porque cuando la guerra se normaliza, guardar silencio también es una forma de tomar partido.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/xizw3d
Johnny Jara Jaramillo, Cuenca 1956. Estudió Literatura en la Universidad de Cuenca y Musicología en la PUCE. Fue profesor de Literatura en el Colegio Benigno Malo de su ciudad y en el Colegio Agustín de Azkúnaga en Isabela-Galápagos. En Nueva York asistió a varios cursos sobre Literatura inglesa en la Universidad de Columbia y ha colaborado con varias revistas de literatura en Estados Unidos, México, Colombia, España y Finlandia. Es parte de Moderato Contable, antología de narradores cuencanos del Siglo XXI, Antología de Narradores ecuatorianos del Encuentro nacional de narradores ecuatorianos, en Loja 2015. Su libro “Un día de invierno en Nueva York” es su opera prima.