Hay espectáculos que entretienen y hay espectáculos que revelan. El medio tiempo del Super Bowl de este año perteneció a la segunda categoría: una escena donde la música dejó de ser apenas ruido brillante para convertirse en cartografía cultural.
Bad Bunny ocupó el escenario con la naturalidad de quien entiende que la historia ya lo precede. En 2020 había aparecido junto a Shakira, en aquella noche que celebró la potencia latina dentro del formato global del espectáculo estadounidense. Fue una irrupción festiva, una demostración de fuerza, una declaración de presencia. Se cantó en español, se bailó con acento caribeño, se celebró la diversidad como un triunfo de mercado y de identidad.
Esta vez el gesto fue el de quien habita el centro con la calma de saberse en casa.
El centro del espectáculo —ese espacio que durante décadas condensó la versión más exportable de Estados Unidos— fue conducido por un artista puertorriqueño que canta en español sin subtítulos ni mediaciones, aunque haya quienes aún necesiten traducción para entender lo evidente. La lengua dejó de ser invitada y pasó a ser idioma principal. El ritmo dejó de ser variación exótica y se convirtió en pulso estructural.
En ese escenario apareció Lady Gaga. Su presencia añadió una dimensión interesante al movimiento del centro. Gaga encarna el pop estadounidense en su versión más sofisticada: teatral, consciente, expansiva. Al compartir escena con Bad Bunny, se produjo un diálogo; dos trayectorias globales que convergen en igualdad de intensidad.
La imagen resultante fue poderosa: el mainstream estadounidense y la energía latina compartiendo el eje del espectáculo más visto del planeta, como síntesis de una realidad cultural que lleva años consolidándose.
Y allí también se percibía la memoria. La aparición de Ricky Martin añadió una línea histórica que conecta décadas de transformación. Del momento en que los artistas latinos debían traducirse para conquistar el mercado anglo, al presente en que el mercado global asume la pluralidad lingüística como parte de su normalidad.
Lo que se vio en el estadio fue una coreografía de pertenencias múltiples. La cultura latina respira en el paisaje cultural estadounidense como una corriente profunda que lo atraviesa, lo mezcla y le cambia el pulso sin pedir permiso. Y el espectáculo lo expresó con claridad: millones de personas cantando en español sin que la experiencia requiriera explicación.
El Super Bowl funciona como un espejo amplificado. Lo que allí se proyecta adquiere estatus de representación nacional. Cuando ese espejo devuelve una escena donde Puerto Rico, Nueva York, Miami, Los Ángeles o Bogotá dialogan en la misma melodía, el reflejo cambia. La identidad se vuelve más amplia, más mestiza, más compleja.
El espectáculo fue brillante, coreografiado con precisión, diseñado para el impacto. Pero su resonancia excedió la pirotecnia. Lo que quedó fue la sensación de que el mapa cultural se reorganiza ante nuestros ojos.
En 2020, la presencia latina celebraba su fuerza dentro del formato. En 2026, ese formato se adaptó a la fuerza.
Hay momentos en que la cultura avanza sin proclamas, simplemente ocupa el espacio que ya le corresponde.
Y mientras algunos siguen discutiendo si Bad Bunny “hace música”, el mundo ya aprendió sus letras de memoria y convirtió su ritmo en idioma común.
Portada: imagen tomada de https://acortar.link/ZNNfxy

Periodista rumana afincada en Cuenca Ecuador, editora, creadora digital con amplia experiencia en comunicación institucional, vicepresidenta de la Unión de Periodistas del Azuay.