Mihaela Ionela Badin
Durante mucho tiempo pensé que yo estaba en Cuenca de paso. No lo decía siempre, pero lo pensaba. Como se piensan esas cosas que una se dice para no entregarse demasiado: estoy aquí mientras tanto, estoy aquí por ahora, estoy aquí porque la vida, que suele tener un humor bastante irregular, me trajo hasta esta ciudad y ya veremos después. Después: esa palabra tan cómoda, tan tramposa. Después uno se va. Después uno regresa. Después uno recompone su verdadera vida, como si la verdadera vida estuviera siempre en otra parte. Yo pensaba eso, y mientras lo pensaba iban pasando los años.
Supongo que quedarse en una ciudad no ocurre de golpe. Nadie se despierta una mañana y dice: ya está, pertenezco. Más bien sucede al revés. Un día descubres que has aprendido el sonido de cierta lluvia. Que ya sabes en qué meses la luz cae de una forma particular sobre las tejas. Que reconoces el humor del cielo, el paso del agua, el cansancio de las tardes. Y entonces entiendes que la ciudad, sin pedir permiso, te ha ido ocupando por dentro.
Cuenca hizo eso conmigo. No fue una conquista espectacular; no hubo un deslumbramiento inmediato, ninguna revelación grandiosa, ninguna escena de amor a primera vista. Qué alivio, también. Las cosas que llegan demasiado rápido suelen irse con la misma facilidad. Cuenca fue otra cosa: una proximidad lenta, una forma de insistencia; una ciudad que no se impone, pero permanece; una ciudad que no te grita, pero te habla, a veces casi en voz baja. Quizá por eso me quedé: porque en un mundo donde casi todo compite por llamar la atención, Cuenca todavía conserva el raro pudor de no exhibirse demasiado.
Claro que es hermosa. Lo dicen sus iglesias, sus fachadas, sus balcones, sus calles que todavía permiten caminar con la sensación de que el cuerpo no estorba. Lo dicen sus ríos, que son compañía: una presencia obstinada, un murmullo que ordena. Lo dicen ciertas mañanas frías, ciertas tardes doradas, ciertos rincones donde el tiempo parece haber decidido disminuir la marcha. Pero si solo fuera belleza, no bastaría. La belleza sola deslumbra, pero no sostiene.
Lo que me sostuvo aquí fue otra cosa. Fue, creo, una cierta escala humana. Una relación menos brutal con el tiempo. La posibilidad de caminar y pensar sin sentir que cada trayecto es una batalla. La sensación —tan extraña hoy— de que todavía es posible habitar los días. En otras ciudades una vive defendiéndose. Del ruido, de la velocidad, de la hostilidad, de la prisa, del miedo. Aquí, al menos por momentos, me fue posible algo distinto: vivir con más atención. Y cuando se vive con más atención, todo cambia: el modo de mirar, de recordar, incluso el modo de doler.
Porque quedarse no significa que todo haya sido fácil. Ninguna ciudad verdadera es fácil. Las ciudades tienen durezas, zonas opacas, pequeñas crueldades cotidianas. También Cuenca. Su belleza se vuelve, a veces, una manera de esconder lo que no quiere ver. Su elegancia convive con cierta rigidez, con cierta distancia social, con formas muy sutiles —o no tanto— de marcar quién pertenece, quién no, quién viene de lejos, quién debe todavía aprender el código. Y una, que viene de otro sitio, lo siente.
Ser extranjera no es solo hablar con otro acento o haber nacido en otro mapa. Es entrar en una conversación que comenzó antes de ti. Es notar que los demás comparten referencias invisibles, claves heredadas, memorias que tú no tienes. Aprender a moverte en una música ajena. Al principio una escucha esa música desde afuera. Después, con suerte, empieza a reconocer el compás. Nunca del todo. Y tal vez ahí reside también la forma más honesta del vínculo: no dejar de ser un poco ajena, pero ya no sentirse fuera.
A mí, Cuenca me fue enseñando esa forma intermedia de pertenecer. No me pidió renunciar a lo que fui y tampoco me exigió borrar el lugar de donde vengo. Y eso importa. Porque hay ciudades que te reciben con la condición de que te adaptes hasta desaparecer. Cuenca, al menos en mi experiencia más íntima, no me pidió eso. Me dejó ir armando una relación más silenciosa, menos solemne, hecha de costumbres pequeñas: el camino repetido, el café compartido, la conversación que vuelve, la esquina conocida, el parque donde una aprende a quedarse quieta.
Hay un momento, supongo, en que una ciudad se convierte en interlocutora. Ya no es el fondo donde transcurre tu vida; empieza a responderte. A veces con generosidad, otras veces con distancia, o con esa mezcla de hospitalidad y reserva que tienen los lugares que no necesitan demostrar nada. Cuenca, para mí, ha sido eso: una interlocutora paciente.
Yo no sé si elegí Cuenca o si Cuenca, con una discreción casi insolente, me fue eligiendo a mí. Sé que me encontró en un momento de mi vida y fue quedándose. Sé que me ofreció algo que no abunda: una forma de calma, una cotidianeidad que, en vez de desgastarme, me fue reconstruyendo. Sé que aquí he vivido una parte importante de quien soy. Y eso, al final, es lo que una ciudad hace cuando importa de verdad: se vuelve memoria y piel. Cuenca, para mí, es uno de los lugares desde donde me entiendo.
Portada: foto tomada de https://acortar.link/LH5j78

Periodista rumana afincada en Cuenca Ecuador, editora, creadora digital con amplia experiencia en comunicación institucional, vicepresidenta de la Unión de Periodistas del Azuay.