En un artículo de opinión titulado “Degradación de la Política” ,publicado el 19 de octubre del 2016, durante el gobierno de Correa, había señalado que: “Casi una década de agresiones, ridiculizaciones, epítetos, mofas, remedos, apodos, retos a puños, desacreditación y hostigamiento a ciudadanos, populismo, clientelismo y demagogia, persecución y violencia contra líderes sociales, descrédito a medios de comunicación, periodistas y políticos críticos y opositores, propaganda, desinformación y publicidad política engañosa, división y extinción de organizaciones populares, concentración de poder, poder incontrolado y arbitrariedad, utilización partidaria de recursos públicos, desigualdad en la participación electoral, ha conducido a una degradación de la política”.
Casi diez años más tarde, en un artículo de opinión titulado “Del carnaval a la ceniza, la incertidumbre y la esperanza”, publicado el 18 de febrero del 2026, durante el presente gobierno, había señalado que es necesario “…superar falsas disyuntivas o dicotomías que tienen entrampado al país, pues, en esencia, el mismo espíritu y práctica política continúan…: autoritarismo, concentración de poder, metida de la mano en la justicia, desapego a la constitucionalidad y la legalidad, arbitrariedad y opacidad en la administración pública, división, espionaje y control de organizaciones sociales, ciudadanas y no gubernamentales, recentralización, criminalización de la resistencia social y ambiental, control de medios de comunicación, neoliberalismo, extractivismo minero, agronegocios y transgénicos, tendencias privatizadoras, abandono a la economía campesina, debilitamiento del IESS, corrupción y contradicción entre los discursos ecologistas en el exterior e impulso de minería en ecosistemas frágiles, en lo interno”.
Como se puede colegir, continúan, en esencia, las mismas políticas públicas y las mismas conductas, formas y medios de hacer política, ayer se logró que el CNE fuera funcional al gobierno, se metió la mano en los procesos electorales y se levantaron obstáculos a la participación de ciertos partidos y movimientos; hoy sucede lo mismo. y hasta se utilizan los mismos estilos de propaganda oficial. Esta persistencia conduce al desencanto ciudadano, al escepticismo y al desconcierto, agravados por la violencia delincuencial, el narcotráfico, la corrupción, la inseguridad jurídica y la descomposición institucional.
El desencanto político tiene raíces concretas Una gran parte de la ciudadanía, se “decepciona” de la política, porque considera que la misma, es fuente de corrupción, por los negociados con los recursos y fondos públicos, pero también por la incoherencia de la conducta política, las migraciones políticas de una orilla ideológica a otra y la descomposición de los partidos y movimientos políticos, reducidos a casilleros electorales sujetos a arrendamiento a manera de alojamientos temporales para candidatos a elecciones, sin ideología ni compromiso programático.
El desencanto con la política, entendida como actividad y ejercicio del poder, es igualmente profundo La política está cada vez más alejada de la ética y acercado al maquiavelismo en su peor expresión: la justificación de cualquier medio para alcanzar el fin. Las formas que adopta este deterioro son múltiples: grupos de insultadores y calumniadores asalariados en redes sociales, uso discrecional de la pauta publicitaria, ruedas de prensa convertidas en ejercicios de autoalabanza y un narcisismo político que confunde la gestión gubernamental con el culto a la personalidad.
Algunas autoridades construyen un relato de éxitos tan grandiosos como inverosímiles de su gestión, con obras por doquier, que no se dan tiempo para inaugurar, y que caen como maná del cielo, resultado de un mago sobre dotado de magia e inteligencia que nunca más se repetirá en la historia, porque después del vanidoso “solo el diluvio”, con él “comienza y termina la historia”.
Sin embargo, el desencanto no puede ni debe traducirse en indiferencia. La política no es una opción: es una condición de la vida en sociedad. Quien se desentiende de ella no escapa de sus efectos; simplemente cede a otros la capacidad de decidir, hacer y deshacer en su nombre. El verdadero peligro del desencanto no es la crítica, sino la abstención moral y cívica. Por eso, frente a la degradación de las políticas públicas y de la política como práctica, la respuesta no puede ser el cinismo ni el repliegue, sino la exigencia ciudadana organizada, la memoria histórica y la construcción de alternativas éticas que devuelvan a la política su sentido original: el arte de organizar la vida en común para el bien de todos.
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