
RECONOCIMIENTO Y DESARROLLO
Como impulso natural reflexivo y a la manera de táctica propia de la natural soberanía, todas las culturas en muchos siglos de constancia universal vivieron el ejercicio íntimo de estrechar el camino de su identidad, analizando en tiempos universalmente llamados cuaresmales, todos los ciclos periódicos de vida, pensamiento y actitud. Esta posición, radicalmente cultural, también la asumieron muchas de las creencias religiosas capitales que dirigen éticamente a sus comunidades. Entre nosotros, creyentes católicos, celosos de la autonomía espiritual de personas y comunidades, la cuaresma cobra radical trascendencia, como inicio de un tiempo nuevo, con esa “novedad” determinante que se empeña en la renovación de individuos y comunidades, en trance sincero de ese estado de vida espiritual, llamado conversión. Ella se propone con sinceridad íntima y con soberana declaración comunitaria, a dirigir íntimamente proceso de mayor conocimiento de la propia intimidad y de más decidido empeño de profundizar en la pasión hermosa de la solidaridad social.
El cristianismo exige a todos los que realmente se comprometen a asumirlo con entrega ilímite, a purificar constante y progresivamente, cuanto importa el sentido de comunión espiritual y soberanía social, por los que nos comprometemos cuantos caminamos con Cristo a conformar auténticas comunidades de reales “hermanos”. Este empeño religioso de la formación de comunidades con Cristo, con cabeza y con todo hermano, como elemento radical de la nueva sociedad de amor y de entendimiento fraternal, cobra una exigencia determinante en todo convencido caminante y este convencimiento asume, a la manera de precepto radical, revisar fielmente el grado de comunicación que dirige la vida de las de comunidades de cristianos auténticos, que quieren decir que seguidores fieles del Maestro. Constituye un desafío profundo, de exigencia determinante, este plan de coexistencia social y personal con Cristo, presentados y celosamente vigilados por los que presumimos ser reales seguidores de semejante Maestro. Y es El quien nos convoca a los que le hemos prometido fidelidad a realizar un empeño real de una “cuaresma” de purificación íntima y de consagración familiar, con esa familiaridad con Dios, que exige eternamente un real y celoso cambio de nivel y estado de vida en Dios. Son palabras exigentes; pero es más exigente el compromiso del mismo Dios con cada ser humano.
