En un contexto previo a la celebración de Halloween, el presidente compartió en redes sociales una imagen de él y su familia disfrazados. Él escogió para sí la representación de La Parca, personificación occidental de la muerte, con la clásica túnica negra y la guadaña. Su hijo aparece con vestimenta de militar.

¿Qué significa esta imagen en el contexto del Ecuador actual? ¿Es casual para un gobierno que ha apostado a la militarización como política de Estado? ¿Cómo leerla en uno de los países que encabezan los índices más altos de homicidios en la región? ¿Es neutra en una nación en la que, según Amnistía Internacional, hay decenas de denuncias de desapariciones forzadas?

Las imágenes, al igual que las palabras, comunican. Las imágenes públicas de un mandatario nunca son neutrales, pues existe siempre una escenificación que lleva implícito un mensaje para la población. Desde una perspectiva antropológica, las fiestas, los rituales y las máscaras (o los disfraces) son fuente importante de información. El tiempo ritual no es antagónico al tiempo cotidiano, sino que lo constituye.

Habitualmente, los roles festivos, las máscaras y los atuendos aparecen como una estrategia del pueblo para cuestionar y burlarse del poder por medio de la sátira o la inversión de roles. Sin embargo, cuando quien ostenta el control se disfraza, la lectura cambia, pues no existe allí un acto contestatario ni burlesco, tampoco una inversión de roles; por el contrario, es una puesta en escena destinada a afirmar el poder que ya se despliega. No es el pueblo interpelando al gobernante, sino el gobernante recordando el alcance de lo que puede hacer.

En un contexto de autoritarismo y militarización, esta imagen tiene un mensaje altamente simbólico: el gobernante y su familia tienen el monopolio estatal de la violencia y de la fuerza, pero también el control, no solo sobre la vida (el biopoder en términos de Foucault), sino sobre la muerte, la necropolítica de Achille Mbembe; esto es, el poder para decidir quién puede vivir y quién debe morir.

Ya sea que la intención haya sido deliberada, ejemplificadora o lúdica, lo que comunica tiene un potencial simbólico, pues se trata de una demostración ampliada de la deriva autoritaria. Además de su alto contenido para análisis antropológico, resulta grotesco que el presidente haya escogido ese disfraz en un país marcado por el ritmo de la muerte: crisis de salud, altos índices de homicidios, sicariato, masacres carcelarias.

¿Cómo luciría esta imagen si a su lado colocamos las de los Cuatro Niños de las Malvinas o de la madre achuar que recibió a su hijo muerto en una caja de cartón?

Portada: imagen, captura de pantalla publicada en la cuenta @DanielNoboaAzin.

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