Seguramente la gran mayoría de los individuos conscientes en el planeta Tierra, han sentido alguna vez –o varias- en su vida, que el piso que creían firme se tambalea, incluso que se abre, provocando una sensación de caída libre sin paracaídas ni red que sostenga o amortigüe el golpe.
No me referiré a los casos que con el tiempo se convierten en anécdotas o historias gratas que nos sacarán sonrisas al recordarlos, como cuando se produce el inesperado pero deseado encuentro con el individuo de nuestros deseos en circunstancias carentes de glamour, ni a las veces en que fuimos cogidos en falta o se descubrió la mentirilla blanca a la que recurrimos para justificar la no aceptación de una cita o de un baile.
Hablo de lo que se siente cuando un ser querido sufre quebrantos en su salud que lo ponen al borde de la muerte, lo incapacitan física y/o mentalmente, lo convierten en un ser dependiente, frágil, vulnerable.
Hablo de lo que sienten los cuidadores que tienen que aprender cómo cuidar, que deben postergar sus necesidades, su propia evolución vital y su bienestar para acoplarse a las necesidades del otro, cuando tienen que doblegarse frente a las circunstancias que no controlan, que los sorprenden, los descolocan, los abruman.
Hablo de esos sentimientos y sensaciones que cuesta verbalizar, que son difíciles de interiorizar, que rechazamos de inicio porque nos enfrentan con nosotros mismos, con lo que hemos creído, con lo que hemos querido y queremos.
Me refiero a las decisiones que se deben tomar cuando un miembro de la familia necesita que lo cuiden, porque la vida cambia, obliga transitar hacia lo desconocido, a lo incierto a lo dramático, a aprender y desaprender, a adaptarse, renunciar, incomodarse.
Hablo de todo lo que implica para el paciente y la familia el ictus que sacude, que hunde, ante el que nos vemos obligados a reaccionar; del miedo que invade, de la incertidumbre, de la necesidad de comprender, de la búsqueda infructuosa de explicaciones, de lo que provoca escuchar el diagnóstico, las posibilidades de tratamiento, los pronósticos.
Hablo de lo que conlleva tomar decisiones por otro que horas antes era autónomo, de conciliar posiciones, de hacerlo desde la razón en lugar de la emoción; del temor a no hacer lo correcto, aunque no se sepa que es lo correcto.
Hablo de emocionarse y agradecer cuando un procedimiento médico resulta exitoso; de desfallecer cuando la recuperación no llega; de invocar al optimismo y al poco a la resignación; de vivir en un constante sube y baja, en una montaña rusa de la que no es posible bajar.
Hablo de aquello de lo que no se quiere hablar.
Hablo de la pérdida de calidad de vida, de lo difícil que se torna asumir que nos pasan cosas malas, que las desgracias nos llegan.
Hablo de envejecer y enfermar, de no poder o no querer recuperar la salud, el movimiento, la vida.
Hablo de desear la muerte de uno mismo o del otro, de terminar el sufrimiento, de la impotencia, del dolor físico y el emocional.
Hablo de no querer tomar decisiones que alivianen las cargas, de sentir culpa, de dudar, de decidir y volver a dudar.
Hablo de no querer explicar, de no querer contestar preguntas, de no saber qué decir, de la necesidad de hablar, del impulso de hablar; de no querer escuchar cuestionamientos y de cuestionarse; de que no querer que te digan que hacer porque lo sabes y lo haces o porque no sabes cómo.
Hablo de imaginar que se avanza y darse cuenta que se retrocede, que quizá hay que asumir que los esfuerzos individuales y colectivos por ayudar, por hacer lo que se debe en la medida de lo que se puede, no son suficientes para un resultado que nunca llegará.
Hablo de asumir que la vida cambia para siempre, que la dinámica conocida no está más, que no se sale de la zona de confort sino que definitivamente se tiene que asumir una nueva realidad no deseada pero inevitable.
Hablo de aquello que no se quiere hablar.
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Mujer estudiosa y analítica, lectora atenta y escritora novel. Doctora en Jurisprudencia y Abogada – Universidad de Cuenca, Máster en Gestión de Centros y Servicios de Salud – Universidad de Barcelona, Diplomado Superior en Economía de la Salud y Gestión de la Reforma – Universidad Central del Ecuador. Docente de maestría en temas de políticas públicas y legislación sanitaria –Universidad Católica de Santiago de Guayaquil; en el área de vinculación con la sociedad, legislación relacionada con el adulto mayor – Universidad del Adulto Mayor. Profesional con amplia experiencia en los sectores público y privado, con énfasis en los ámbitos de legislación, normativa y gestión pública.