La desaparición de Camila Mishell Guillén Saavedra, de 14 años, en Déleg, provincia del Cañar, debería movilizar a toda la sociedad alrededor de la prioridad de encontrarla, protegerla y acompañar a su familia. Sin embargo, como ocurre lamentablemente con demasiadas desapariciones, junto con la angustia aparecen también los juicios, las especulaciones, las burlas y una forma particularmente cruel de violencia: culpar a la víctima.
Hay quienes, sin conocer los hechos y sin tener ninguna autoridad para hacerlo, se sienten con derecho a juzgar a una adolescente desaparecida. Se cuestiona cómo se vestía, con quién hablaba, qué hacía, por dónde caminaba o qué supuestamente buscaba. Y cuando se trata de una niña o adolescente, el prejuicio puede llegar todavía más lejos, no en pocas ocasiones se utilizan calificativos que atacan su dignidad y su sexualidad, como si una menor tuviera que demostrar ante la sociedad que merece respeto y protección.
Nada de eso es inocente.
Preguntar qué hizo una niña para desaparecer o qué no hizo su madre pueden convertirse en una manera perversa de desplazar lo verdaderamente importante: ¿qué ocurrió y quién es responsable de que una menor de edad no esté en casa?
Este comportamiento tiene raíces profundas en una sociedad patriarcal y machista que, durante generaciones, ha enseñado a mirar a las mujeres desde la sospecha. Una sociedad que con demasiada frecuencia convierte a la víctima en responsable de la violencia que sufrió. Y esa estructura no es sostenida únicamente por hombres. También puede ser reproducida por mujeres que han interiorizado los mismos prejuicios y terminan juzgando a otras mujeres y niñas con la misma dureza.
Las redes sociales han convertido esta violencia en algo todavía más peligroso. Desde la comodidad de un dispositivo electrónico, personas que no conocen a la familia ni las circunstancias de una desaparición se sienten autorizadas a emitir sentencias. Algunos hacen bromas. Otros inventan historias. Otros aseguran que la adolescente “se fue con alguien”, que “buscaba compañía masculina” o que “algo habrá hecho”.
Pero una desaparición no es un espectáculo. Y una niña desaparecida no es material para el morbo, la burla ni el entretenimiento.
Detrás de cada fotografía que circula hay una familia que vive horas, días o semanas de incertidumbre. Hay una madre que probablemente no duerme, que revisa una y otra vez el teléfono esperando una noticia, que recorre lugares buscando a su hija y que debe soportar, además, que desconocidos cuestionen su manera de criarla.
También contra las madres se dirige muchas veces la violencia. “¿Dónde estaba?”, “¿por qué no la cuidó?”, “¿cómo no se dio cuenta?”, “¿qué clase de madre es?”. Preguntas que con frecuencia terminan convirtiéndose en acusaciones.
La responsabilidad de encontrar a una adolescente desaparecida no puede trasladarse a su madre ni a su familia. Una niña no deja de tener derecho a ser protegida porque alguien considere que tomó una mala decisión.
Incluso si hubiera salido voluntariamente de casa, algo que no corresponde determinar a los comentaristas de redes sociales, eso no elimina su condición de menor de edad ni convierte su desaparición en un asunto menor. Tampoco autoriza a nadie a sexualizarla, denigrarla o construir sobre ella una historia que no ha sido comprobada.
Hay algo que debe quedar claro: ninguna conducta, ninguna vestimenta, ninguna amistad, ninguna relación afectiva y ninguna decisión personal justifican la violencia, la explotación, el abuso o la desaparición de una mujer o una niña.
La sociedad debería convertirse en una red de apoyo y no en un tribunal improvisado. Compartir información oficial puede ayudar. Alertar sobre datos relevantes puede ayudar. Acompañar a la familia puede ayudar. Denunciar información que pueda contribuir a encontrar a la persona desaparecida puede ayudar.
La especulación, el señalamiento y la sexualización no ayudan a encontrarla.
Tampoco debemos normalizar que cada desaparición de una mujer termine convertida en una investigación sobre su vida privada. Cuando desaparece un hombre, rara vez la conversación pública se concentra con la misma intensidad en su supuesta vida sexual, sus amistades o su comportamiento sentimental. Cuando desaparece una mujer, demasiadas veces esas son las primeras preguntas.
Ahí está el machismo.
Y ahí está también una de las formas más persistentes de violencia de género: la idea de que una mujer debe explicar su conducta antes de que la sociedad considere legítimo defenderla.
Por eso, el caso de Camila debe obligarnos a preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo cuando una familia busca desesperadamente a una niña y, en lugar de solidaridad, encuentra comentarios crueles, o cuando una madre necesita ayuda y recibe acusaciones, o cuando una adolescente desaparece y algunas personas consideran más importante juzgarla que buscarla.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/5kb0z

Rosana Encalada Rojas, soy periodista con experiencia en radio, prensa y televisión. He sido docente y he trabajado también en Relaciones Públicas y Comunicación Organizacional. En la actualidad trabajo en la Dirección de Comunicación de la Universidad de Cuenca y en Radio Antena Uno. Soy directora del Portal Digital Voces Azuayas.