En una sociedad atravesada por la indiferencia, la discriminación y el hedonismo, resulta urgente sembrar valores que fortalezcan el humanismo y la solidaridad. Mientras el odio entre personas y pueblos se intensifica hasta llevarnos a presenciar guerras y atrocidades ante nuestros ojos, proliferan frases como: “ese no es mi problema”, “está muy lejos”, “yo no puedo hacer nada” o, peor aún, “ese pueblo se lo merece”. Frente a esta creciente insensibilidad, cabe preguntarnos: ¿cómo se cultiva la empatía?
A lo largo de la vida, las personas formamos parte de distintos grupos humanos. Sin duda, el más influyente es la familia. Los sistemas de valores, ideas y actitudes que allí compartimos se arraigan emocionalmente desde edades tempranas. Más adelante, la escuela y los diversos entornos sociales continúan moldeando nuestro pensamiento y, muchas veces de forma inconsciente, asumimos visiones atravesadas por factores sociales, económicos y culturales.
En este contexto, el primer espacio donde debería germinar la empatía es la familia. Allí deben cultivarse el respeto por las diferencias, la posibilidad de disentir sin agresión y el diálogo abierto como prácticas fundamentales. Aprender que estar en desacuerdo no nos convierte en enemigos, y que disentir no implica perder, sino también aprender, incluso en temas complejos y sensibles como la política o la religión.
Los espacios educativos deben reforzar esta base. La educación no solo debe transmitir conocimientos, sino también formar en habilidades socioemocionales: la escucha activa, el reconocimiento de las emociones propias y ajenas, y la resolución pacífica de conflictos. Las aulas pueden convertirse en escenarios donde se ejercite la comprensión a través de debates respetuosos. Solo así se formarán ciudadanos capaces de convivir en sociedades diversas.
Los medios de comunicación y las redes sociales también desempeñan un papel determinante. En los últimos días, a medida que se aproxima el ambiente preelectoral en nuestra ciudad y en el país, hemos visto cómo se intensifican los enfrentamientos, las descalificaciones y la difamación. Circulan mensajes grotescos y agresivos, cargados de odio y desprovistos de evidencia. Frente a ello, quienes accedemos a los medios y a las redes debemos ejercer el discernimiento, identificar la desinformación y rechazar los discursos sensacionalistas o falsos que buscan sembrar confrontación y odio.
La empatía no es únicamente una virtud individual; es también una construcción colectiva que requiere instituciones comprometidas con la justicia y la solidaridad. Resulta indispensable transformar la calidad de nuestras relaciones, reconociendo siempre la dignidad del otro: del diferente, del que piensa distinto, del que vive otra realidad. Comprender al otro en la plenitud de su humanidad implica reconocer tanto sus derechos como su singularidad.
Cultivar la empatía es, en suma, una tarea deliberada y constante. Sin embargo, es necesario establecer un límite claro: no todo puede relativizarse en nombre de la empatía. Existen conductas que no representan simples diferencias de opinión, sino expresiones de corrupción, injusticia y vulneración de derechos. Frente a ellas, la empatía no debe confundirse con tolerancia complaciente, sino traducirse en conciencia crítica, porque nada justifica el abuso, el irrespeto ni la falta de ética. La empatía es, sobre todo, una capacidad humana para reconocer el sufrimiento, denunciar la opresión y resistir toda forma de sometimiento que atente contra la dignidad humana.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/xki6g
Ana Cecilia Salazar Vintimilla, trabaja junto a mujeres campesinas de la comunidad de San Cristóbal.
Miembro del Cabildo popular por la defensa del agua de Cuenca, del directorio de la Casa de Acogida María Amor, del Colectivo ciudadano Cuenca ciudad para vivir, y del colectivo Voces Azuayas libres y diversas.
Profesora en diversas maestrías en temas de Derecho a la ciudad, Sociología urbana, Sociología política, Género y derechos colectivos.
Fue directora de la Carrera de Sociología, de la revista COYUNTURA, de Vinculación con la Sociedad de la universidad de Cuenca.
Cuenta con múltiples publicaciones en revistas locales, nacionales e internacionales.
Posgrados en: Psicología Organizacional por la Universidad de Lovaina-Bélgica, Maestría en Investigación Participativa de la Universidad Complutense de Madrid y en Gestión Universitaria por la universidad de Cuenca.