Artículo publicado en diario El Mercurio en 2003
A pesar de que entre ambos términos media gran distancia y abismales significados, sin embargo, en las costumbres, casi universales y en la piedad religiosa de buena parte de la humanidad, se encuentran más que relacionados, el sentido de los carnavales, con las creyentes exigencias de la cuaresma. Aunque este encuentro lo provoquen las costumbres, no pueden negarse que, en la sustancia misma de lo acostumbrado y dentro del ambiente de lo religioso o creyente que no tenga muy en cuenta la calificación moral de lo que se conecta o relaciona con la fe.
Si el carnaval, en su estricto significado en la historia de las costumbres, importa un definido intento de recuerdo, de regreso a cierta paganía extraña a lo rígido de lo creyente, no podríamos afirmar que en sí mismo exija una renuncia a lo ético. Es más que algo moralístico, una naturalística expresión de regreso a lo primitivo, a lo sensitivo, a los ímpetus y elaciones de la pasión momentánea, sin mayor control de lo proporcionado, justo y ordinario.
Si estas consideraciones están en la línea del pensar común y de las opiniones críticas ordinarias, sin embargo, la historia de cada día cuenta siempre la coincidencia de los carnavales con violencias, afanes toscos, provocaciones competitivas que rebasan el nivel del juego y desarrollan lo agresivo. No están lejos de los carnavales casos fatales de agresión o provocaciones indiscutibles de acontecimientos que lesionan muchos intereses.
En una línea social de estética que ennoblece y dignifica y dentro de la perspectiva del respeto a la libertad individual y a la conducta ordinaria de personas y grupos, no puede negarse que el carnaval, como ocasión para el alcohol sin medida y para la comida sin proporción al hambre de los más allá de las tradiciones de familia y de grupo, si deberían moderarse o, al menos, no exhibirlas en modo que implique desafío social.
En este momento y con profunda significación moral cívica, el sentido religioso de la cuaresma y el simple valor humano de la moderación educada, elegante y ejemplarizadora, exigen de la sociedad que se llama y siente creyente, aceptar la imperiosa necesidad de un voluntario renunciamiento a ciertas expresiones de poder o capacidad económica, que aparentemente legitiman el costoso gasto de unos carnavales, con alcohol y comidas caras, que agua limpia y confetis.
La cuaresma cobra, en estos momentos difíciles de la humanidad desconcertada por el juego terrorista de los poderes que hacen historia, un significado trascendental, que debemos vigorizarlo y vivirlo en todo espacio de pensamiento, de conducta y de valoración comunitaria. Tiempo de cuaresma es tiempo de reflexión, de ponderada meditación sobre las propias equivocaciones y los personales aciertos, para colaborar en común en el noble juego vitalizador de una paz alegre, en la que todos los pueblos nos sintamos humanos, hermanos, amigos.
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