La Historia no se repite: se reconoce. Regresa como una espiral que no copia los hechos, pero sí reproduce las estructuras mentales que hacen posible la barbarie. El nazismo alemán no comenzó con Auschwitz; comenzó con una idea aceptada en voz baja: que había vidas que valían menos, cuerpos que podían ser aislados, gestionados, confinados. Auschwitz fue el nombre final de esa lógica.
Hoy, en pleno siglo XXI, esa lógica ha regresado sin uniformes grises ni esvásticas, pero con trajes tácticos, formularios digitales y lenguaje administrativo. Auschwitz sin hornos.
En Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, las operaciones migratorias interiores han transformado ciudades enteras en zonas de cacería humana. Miles de agentes federales —ICE y Patrulla Fronteriza— operan en barrios obreros, escuelas, hospitales y calles comunes. El objetivo no es solo detener: es intimidar, marcar territorio, recordar quién tiene el monopolio de la fuerza. La frontera ya no está en el desierto: está en la puerta de la casa.
Los datos oficiales del propio Departamento de Seguridad Nacional confirman decenas de miles de detenciones en 2025, la cifra más alta en décadas. Pero los números no alcanzan a explicar el daño. Lo explican los hechos: niños separados de sus padres, familias desmembradas, personas encerradas sin delito penal alguno, solo por existir fuera del molde racial y documental aceptado.
Los centros de detención para indocumentados son llamados “instalaciones administrativas”. Ese nombre es una mentira. Son campos de concentración modernos. No porque reproduzcan el exterminio industrial nazi, sino porque cumplen la misma función histórica: aislar a una población considerada indeseable, suspender sus derechos y reducirla a expediente. Auschwitz no fue solo un lugar de muerte; fue, antes que nada, un laboratorio del desprecio legalizado.
El caso del niño ecuatoriano detenido por agentes federales mientras regresaba de la escuela con su padre es la imagen más obscena de esta política. Un niño con mochila escolar, escoltado por hombres armados del Estado. No es un error: es un mensaje. La infancia ya no protege de nada cuando el poder decide que ciertos cuerpos no merecen protección.
Como en la Alemania de los años treinta, no es el pueblo estadounidense el que diseña esta maquinaria. Es el Estado. Fue el Estado alemán el que convirtió la supremacía racial en política pública. Fue el Estado el que construyó los campos. El pueblo llegó después, anestesiado, dividido, o simplemente silenciado.
Ecuador observa esta escena desde un lugar moralmente comprometido. Miles de ecuatorianos han sido deportados en el último año. Familias rotas. Menores detenidos. ¿Y qué ha hecho el gobierno de Daniel Noboa? Nada que merezca ese nombre. Una nota diplomática. Un gesto burocrático. Un silencio que pesa.
Pero hay una ironía que vuelve este silencio insoportable.
El propio gobierno de Noboa violó el derecho internacional al ordenar el asalto a la Embajada de México para detener a Jorge Glas. Rompió uno de los pactos mínimos de la civilización política: la inviolabilidad de las sedes diplomáticas. Lo hizo sin pudor, sin culpa, sin consecuencias internas reales.
Entonces la pregunta no es retórica, es moral:
¿Cómo puede este gobierno exigir respeto a sus consulados si normalizó la violación de una embajada ajena?
¿Cómo puede fingir indignación cuando otro Estado irrumpe en espacios diplomáticos ecuatorianos o encierra a niños ecuatorianos en campos de detención, si él mismo enseñó que la ley se rompe cuando estorba?
El silencio de Noboa no es omisión. Es coherencia. Quien legitima la fuerza por encima del derecho en casa no puede escandalizarse cuando esa fuerza se ejerce contra los suyos afuera. La ley, en este esquema, no protege: administra castigos.
¿Es Noboa parte explícita de una agenda de limpieza étnica? Tal vez no en su formulación histórica clásica. Pero la pregunta correcta es más inquietante: ¿forma parte del mundo político que la hace posible? ¿Del clima donde los cuerpos migrantes se vuelven desechables, donde los campos reaparecen con nombres nuevos y donde el silencio estatal se disfraza de prudencia diplomática?
Porque lo externo siempre anuncia lo interno. Un Estado que acepta Auschwitz en versión administrativa fuera de sus fronteras está ensayando su propia brutalidad dentro de ellas. Hoy son los migrantes. Mañana serán los pobres, los disidentes, los incómodos.
No fue el pueblo alemán el que diseñó Auschwitz. No es el pueblo estadounidense el que diseña estos campos modernos. Y no es el pueblo ecuatoriano el que calla. Son los gobernantes, con puño y firma, porque Auschwitz no comenzó con humo. Comenzó con papeles, con sellos, con funcionarios que obedecían órdenes y gobiernos que callaban. Comenzó cuando el sufrimiento ajeno dejó de ser una urgencia moral y pasó a ser un trámite administrativo.
Hoy los hornos no están encendidos, pero los campos existen. Se llaman centros de detención. Los cuerpos no se queman: se almacenan. Las familias no se exterminan: se separan. El lenguaje se ha vuelto más pulcro, pero la lógica es la misma.
Y Ecuador mira. mira cómo encierran a sus niños. Mira cómo sus migrantes son tratados como desecho humano. Mira cómo la ley se convierte en jaula. Y su gobierno calla. Ese silencio no es neutral. Es una toma de posición. Es el gesto de un Estado que ha aprendido que la brutalidad puede administrarse sin costo, que la violación del derecho internacional puede justificarse, que la dignidad humana puede aplazarse indefinidamente.
La Historia no juzga de inmediato. Observa. Acumula. Recuerda.
Y cuando vuelve —porque siempre vuelve— no pregunta quién obedeció órdenes, sino quién decidió no hablar.
Hablar hoy no es una consigna.
Es una forma mínima de humanidad.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/qgcis
Johnny Jara Jaramillo, Cuenca 1956. Estudió Literatura en la Universidad de Cuenca y Musicología en la PUCE. Fue profesor de Literatura en el Colegio Benigno Malo de su ciudad y en el Colegio Agustín de Azkúnaga en Isabela-Galápagos. En Nueva York asistió a varios cursos sobre Literatura inglesa en la Universidad de Columbia y ha colaborado con varias revistas de literatura en Estados Unidos, México, Colombia, España y Finlandia. Es parte de Moderato Contable, antología de narradores cuencanos del Siglo XXI, Antología de Narradores ecuatorianos del Encuentro nacional de narradores ecuatorianos, en Loja 2015. Su libro “Un día de invierno en Nueva York” es su opera prima.