ENTRE DOS RÍOS. EL ORIGEN Y EL POSIBLE DESTINO DE LA CIVILIZACIÓN
Hay lugares donde la historia parece girar lentamente sobre sí misma, como si el tiempo tuviera memoria.
Entre los ríos Tigris y Éufrates, en la antigua Mesopotamia, la humanidad aprendió por primera vez a vivir en civilización. Allí aparecieron las primeras ciudades, los primeros templos, las primeras leyes escritas. Pero la civilización no nació de una revelación divina ni de una conquista heroica. Nació de algo más elemental y más difícil: la necesidad de organizar el agua.
Hace unos cinco mil años, las comunidades agrícolas de Sumeria descubrieron que la supervivencia dependía de domesticar las crecidas de los ríos mediante complejos sistemas de irrigación. Aquella innovación técnica implicaba una transformación más profunda. El agua ya no podía ser administrada por una familia o una tribu. Exigía coordinación, autoridad, memoria colectiva.
De esa necesidad surgieron las primeras ciudades: Ur, Uruk. Surgieron también los primeros escribas, que grababan signos en tablillas de barro húmedo para registrar cosechas, tributos y acuerdos. En ese gesto aparentemente administrativo nació la escritura.
El barro de Mesopotamia conservó las primeras palabras humanas.
El gran historiador de la antigua Sumeria, Samuel Noah Kramer, resumió ese momento con una frase que se volvió célebre: la historia comienza en Sumer. Aquella región se convirtió durante siglos en el corazón del mundo conocido. Imperios como Babilonia y Asiria organizaron complejas estructuras políticas, comerciales y militares, mientras en una estela de piedra quedaba grabada una de las primeras concepciones de justicia pública: el Código de Hammurabi.
Durante milenios, la civilización dependió de las mismas fuentes de energía: el agua, el sol, el viento, los animales de trabajo. Pero la revolución industrial alteró ese equilibrio al liberar una energía enterrada durante millones de años bajo la corteza terrestre.
El petróleo.
Y aquí aparece una de las ironías más profundas de la historia. El territorio donde nació la civilización se encuentra también sobre una de las mayores concentraciones de energía fósil del planeta. El subsuelo del actual Irak, junto con Irán, Kuwait y Arabia Saudita, forma el núcleo energético de la economía mundial.
Desde mediados del siglo XX, el Golfo Pérsico se convirtió en uno de los centros de gravedad de la geopolítica global. Las guerras que han marcado la región en las últimas décadas no pueden comprenderse sin esta realidad. La devastadora Guerra Irán-Irak, la Guerra del Golfo y la Invasión de Irak de 2003 fueron, en gran medida, episodios de una disputa por el control de los recursos energéticos que sostienen la civilización industrial.
Si el agua organizó las primeras ciudades, el petróleo organizó el mundo moderno.
Pero la paradoja histórica es aún más inquietante. La región donde nació la civilización enfrenta hoy tres crisis simultáneas.
La primera es la crisis del agua. El caudal de los ríos Tigris y Éufrates ha disminuido notablemente en las últimas décadas debido a represas, sequías y al cambio climático. Gran parte de ese sistema hídrico depende ahora de infraestructuras construidas en Turquía, lo que ha transformado el control del agua en una nueva forma de poder regional.
La segunda es la crisis climática. Investigaciones publicadas en Nature Climate Change advierten que algunas zonas del Golfo Pérsico podrían experimentar hacia finales del siglo XXI episodios de calor extremo cercanos al límite fisiológico de tolerancia humana.
La tercera es la crisis energética. La civilización industrial intenta abandonar los combustibles fósiles mientras continúa dependiendo de ellos. Esa transición —necesaria y peligrosa al mismo tiempo— podría provocar tensiones económicas, tecnológicas y geopolíticas de enorme magnitud.
En el fondo, todas estas tensiones remiten a una pregunta antigua: cómo organizar la energía que hace posible la vida colectiva.
El historiador Arnold J. Toynbee sostenía que las civilizaciones nacen cuando una sociedad logra responder creativamente a un desafío histórico. Pero también advertía que pueden desaparecer cuando dejan de encontrar respuestas a los desafíos que ellas mismas generan.
Quizá eso sea lo que estamos viviendo.
La civilización comenzó entre dos ríos, cuando el ser humano aprendió a domesticar el agua y a convertir la naturaleza en organización social. Hoy, en esa misma geografía, el petróleo, el clima y la escasez de agua se entrelazan en una ecuación inquietante.
Hay algo profundamente simbólico en esa coincidencia.
En el barro de Mesopotamia se grabaron las primeras palabras humanas. Entre los ríos Tigris y Éufrates el ser humano aprendió a transformar la naturaleza en ciudad, la memoria en escritura y el poder en ley. Allí comenzó la larga aventura de la civilización.
Tal vez sea también allí donde podamos comprender con mayor claridad sus límites.
Porque las civilizaciones no desaparecen de repente. Primero se vuelven incapaces de responder a los desafíos que ellas mismas han creado.
Entonces la historia vuelve lentamente a su origen, como el agua que regresa al cauce de los ríos.
Y acaso un día, cuando miremos de nuevo hacia esa tierra antigua donde la humanidad aprendió a organizar el mundo, comprendamos que toda civilización —como los ríos que la hicieron posible— nace, avanza y finalmente regresa a la misma pregunta que la vio nacer: cómo vivir juntos sobre la tierra.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/karlr
Johnny Jara Jaramillo, Cuenca 1956. Estudió Literatura en la Universidad de Cuenca y Musicología en la PUCE. Fue profesor de Literatura en el Colegio Benigno Malo de su ciudad y en el Colegio Agustín de Azkúnaga en Isabela-Galápagos. En Nueva York asistió a varios cursos sobre Literatura inglesa en la Universidad de Columbia y ha colaborado con varias revistas de literatura en Estados Unidos, México, Colombia, España y Finlandia. Es parte de Moderato Contable, antología de narradores cuencanos del Siglo XXI, Antología de Narradores ecuatorianos del Encuentro nacional de narradores ecuatorianos, en Loja 2015. Su libro “Un día de invierno en Nueva York” es su opera prima.