LA AUTONOMÍA COMO AMENAZA
Hay gobiernos para los que la autonomía no es un principio democrático, sino un problema de control. Les incomoda el poder que no dominan, la autoridad que no depende de un ministerio y la decisión que no pasa por sus escritorios. Por eso desconfían de los municipios: porque están demasiado cerca de la gente, porque no piden permiso y porque, simplemente, existen.
El proyecto del gobierno de Daniel Noboa para “reducir el gasto corriente” de municipios y juntas cantonales no es una política de orden fiscal, sino una operación de desconfianza. Se presenta como urgencia económica lo que en realidad es una urgencia de control: recentralizar decisiones, someter la planificación territorial al filtro del Ministerio de Economía y convertir la autonomía en una formalidad vacía. No se trata de corregir excesos, sino de reordenar jerarquías, dejando claro quién manda y quién administra migajas.
Conviene recordarlo, aunque incomode: la autonomía de los gobiernos seccionales no es una concesión graciosa del Ejecutivo, es un mandato constitucional. Existe porque el país no es una hoja de cálculo y porque la democracia también se ejerce desde lo local. Cuando un ministerio decide qué obra es “prioritaria” en un cantón que no conoce, no está corrigiendo ineficiencias: está sustituyendo la voluntad territorial por obediencia administrativa.
El argumento es el de siempre, reciclado con traje moderno: el “Estado obeso”. Ese fantasma aparece puntualmente cuando hay que despedir trabajadores, recortar capacidades públicas o debilitar la gestión local. Curiosamente, desaparece cuando se trata de reducir la propaganda, la asesoría comunicacional, la industria del marketing político o la obsesiva construcción de una imagen presidencial pulcra y omnipresente. Austeridad para los territorios; indulgencia para el relato.
El cinismo alcanza niveles difíciles de disimular cuando el propio Gobierno admite su incapacidad para ejecutar miles de millones destinados a la salud pública. Hospitales sin insumos, listas de espera interminables, personal médico exhausto. El dinero existía. Faltó gestión. Y aun así, el dedo acusador apunta hacia abajo, como si el centralismo ecuatoriano no fuera históricamente sinónimo de ineficiencia, abandono y distancia.
Para colmo, aparece una vicepresidenta histérica, una fabricante de camisetas, improvisada, sin ningún conocimiento de salud pública, gritando a una trabajadora en un centro de salud desabastecido, haciendo el papel de administradora textil de talleres clandestinos, en una casa de salud vacía porque su gobierno no ha ejecutado el presupuesto.
El verdadero dispositivo, sin embargo, no está en el discurso sino en el método: el chantaje financiero. Retrasar transferencias a los gobiernos locales incómodos, acelerar pagos a los dóciles, convertir la ley en favor y el presupuesto en castigo. Así se gobierna sin discutir, se disciplina sin decretar, se controla sin dar explicaciones. La autonomía queda reducida a una palabra ceremonial.
Reducir el gasto corriente no es una decisión técnica neutra. Significa menos personal, menos capacidad operativa, menos respuesta inmediata. Significa municipios debilitados y ciudadanos obligados a mirar al centro para resolver problemas que antes se resolvían cerca, con nombre y apellido. El poder se concentra; la responsabilidad se diluye.
No estamos ante un debate entre corrupción y eficiencia. Estamos ante una disputa por el control del territorio. Un Estado que asfixia financieramente a sus gobiernos locales no ordena el país: lo centraliza, lo empobrece y lo silencia.
Señor Noboa: gobernar no es desconfiar de todo lo que no se somete. Ordenar no es recentralizar. Y eficiencia no es castigar a los territorios mientras se protege el corazón del poder.
Un municipio fuerte puede incomodar, cuestionar, resistir. Un municipio asfixiado solo puede pedir permiso.
Y un país que necesita permiso para existir desde lo local no es un país ordenado: es un país domesticado.
Pero eso es lo que usted quiere, ya lo sabemos los votantes.
Portada: imagen tomada de https://acortar.link/ByeGng
Johnny Jara Jaramillo, Cuenca 1956. Estudió Literatura en la Universidad de Cuenca y Musicología en la PUCE. Fue profesor de Literatura en el Colegio Benigno Malo de su ciudad y en el Colegio Agustín de Azkúnaga en Isabela-Galápagos. En Nueva York asistió a varios cursos sobre Literatura inglesa en la Universidad de Columbia y ha colaborado con varias revistas de literatura en Estados Unidos, México, Colombia, España y Finlandia. Es parte de Moderato Contable, antología de narradores cuencanos del Siglo XXI, Antología de Narradores ecuatorianos del Encuentro nacional de narradores ecuatorianos, en Loja 2015. Su libro “Un día de invierno en Nueva York” es su opera prima.