PLUTOCRACIA: el retorno del poder sin rostro
El Ecuador ya vivió una dictadura bancaria. Entre 1912 y 1925, tras el agotamiento del impulso liberal y el asesinato de Alfaro, el poder real dejó de residir en el Estado para concentrarse en la banca. Aquel período —conocido como la plutocracia— no fue una anomalía histórica, sino una forma precisa de gobierno: la administración del país por los intereses financieros.
El Banco Comercial y Agrícola de Guayaquil se convirtió entonces en el verdadero eje del poder. El Estado dependía de su crédito; las decisiones económicas y políticas se tomaban en sus oficinas. Su gerente, Francisco Urbina Jado, fue considerado el jefe de Estado de facto, mientras el manejo de la deuda externa quedaba bajo control del capital financiero estadounidense. La alianza entre la aristocracia serrana y la burguesía costeña consolidó un Estado oligárquico: debilitamiento de la educación pública, fortalecimiento de una educación privada excluyente y reproducción institucional de los valores de la clase dominante.
Un siglo después, el país parece repetir el mismo gesto, con un lenguaje distinto.
Tras el fracaso del proyecto de la Revolución Ciudadana, el colapso institucional, la corrupción estructural, la captura de la justicia, la criminalidad organizada incrustada en el Estado y una sociedad exhausta por la violencia y la precariedad, las condiciones están dadas para una nueva restauración plutocrática. Esta vez no se presenta como dictadura bancaria, sino como “gestión eficiente”, “orden”, “confianza de los mercados”, “modernización”.
Daniel Noboa no inaugura este proceso: lo encarna. Su gobierno no es una ruptura con el pasado reciente, sino el retorno de una lógica más antigua y más profunda. No gobierna la política sobre la economía, sino la economía sobre la política. El Estado deja de ser un espacio de deliberación pública para convertirse en una gerencia: no decide, ejecuta; no protege, garantiza rentabilidad.
Bajo este esquema, la democracia se reduce a administración del miedo. Se gobierna no para transformar, sino para evitar: evitar el retorno del correísmo, evitar el “caos”, evitar la protesta social. El poder económico se presenta como salvación, mientras el poder político acepta su papel subordinado.
En el Ecuador, los gobiernos cambian, pero el poder permanece. No está en Carondelet ni en la Asamblea, sino en los pisos altos donde se fijan tasas de interés, se negocian deudas y se decide quién merece crédito y quién queda fuera del sistema. La banca no necesita ganar elecciones: gobierna por delegación.
La historia es clara. Cuando el país se endeuda, la banca gana. Cuando crece, gana más. Y cuando colapsa, es rescatada. El feriado bancario de 1999 no fue un error ni un accidente: fue un acto fundacional. Consagró a los responsables como garantes del sistema y selló la dolarización como blindaje definitivo de sus privilegios. Desde entonces, el dinero dejó de ser un medio y se convirtió en dogma.
Bajo la lógica del capital financiero, la pobreza deja de ser una injusticia estructural y pasa a interpretarse como una falla individual. La libertad se mide en capacidad de endeudamiento. El banco sustituye al Estado como dispensador de esperanza: aprueba, castiga, excluye. Las campañas políticas se financian con préstamos; los medios de comunicación responden a conglomerados financieros; los funcionarios que deberían regular a la banca transitan sin pudor por la puerta giratoria que une lo público con los directorios privados.
La banca se presenta como técnica, neutral, profesional. Pero su lenguaje —riesgo, liquidez, calificación— es profundamente ideológico: define quién merece vivir con dignidad y quién debe sobrevivir endeudado. Es la política del cálculo, donde lo humano se traduce en interés compuesto.
El ciudadano común queda atrapado en una paradoja: confía en la banca y, al mismo tiempo, la teme. Cada deuda personal es el reflejo micro de una deuda nacional. El capital fluye siempre hacia arriba; la responsabilidad cae siempre hacia abajo. Municipios, familias y el propio Estado viven hipotecados a las mismas estructuras que dicen financiar el desarrollo.
No se trata únicamente de banqueros ni de apellidos concretos. Se trata de una cultura. Hemos interiorizado la lógica financiera como forma de vida: educamos para “invertir en uno mismo”, no para construir lo común; llamamos “eficiencia” a la indiferencia, “riesgo” a la solidaridad y “estabilidad” al miedo. Así, la plutocracia ya no necesita imponerse: se reproduce sola.
El verdadero problema no es que gobierne la banca, sino que aceptemos su gobierno como natural. Daniel Noboa no representa el futuro, sino la comodidad del pasado que regresa con traje nuevo. Un país administrado como empresa, una sociedad reducida a clientes, una democracia convertida en balance contable.
Quizá el desafío no sea derrotar al poder bancario, sino despertar del sueño que lo sostiene. Porque mientras sigamos creyendo que el crédito es libertad, la deuda seguirá siendo destino. Y mientras la plutocracia se disfrace de modernidad, el Ecuador seguirá repitiendo su historia, convencido —otra vez— de que no hay alternativa.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/4i1ur
Johnny Jara Jaramillo, Cuenca 1956. Estudió Literatura en la Universidad de Cuenca y Musicología en la PUCE. Fue profesor de Literatura en el Colegio Benigno Malo de su ciudad y en el Colegio Agustín de Azkúnaga en Isabela-Galápagos. En Nueva York asistió a varios cursos sobre Literatura inglesa en la Universidad de Columbia y ha colaborado con varias revistas de literatura en Estados Unidos, México, Colombia, España y Finlandia. Es parte de Moderato Contable, antología de narradores cuencanos del Siglo XXI, Antología de Narradores ecuatorianos del Encuentro nacional de narradores ecuatorianos, en Loja 2015. Su libro “Un día de invierno en Nueva York” es su opera prima.
