EL DERECHO A LA CIUDAD ESTÁ GRITANDO DESDE ABAJO QUE NO LO MAQUILLEN MÁS
Krystell Figueroa Rubio. Maestría en Ciudades Sostenibles (módulo Planificación Urbana, Gobernanza y Participación), Universidad de Cuenca.
Hay ciudades que se habitan y otras que se temen. Ciudades que se recorren con el cuerpo y otras que solo se contemplan desde lejos, como si fueran ajenas, como si nunca nos hubieran pertenecido. Hay ciudades que se cruzan como si fueran fronteras: no por la distancia, sino por el umbral invisible que separa lo permitido de lo incómodo, lo seguro de lo incierto.
Viví en Samborondón, en una urbanización cerrada, rodeada de muros, vigilancia privada y jardines perfectamente podados. Desde allí, Guayaquil no era solo otra ciudad: era otra forma de vida. Lejana, ruidosa, impredecible. Pero esa distancia no era solo estética: era política. Mi familia vivía con miedo a que saliéramos de ahí. Durante el colegio permanecí en la burbuja, protegida por muros. Mi yo universitario, en cambio, cruzaba el río cada día para estudiar en Guayaquil. Tomaba el bus, luego la metro-vía y sentía cómo el paisaje se descomponía: el orden vigilado se deshacía en caos, el silencio se llenaba de bocinas, vendedores, tiendas, historias. En Samborondón no había indigentes; en Guayaquil aparecían dos en cada cuadra. Solo un puente separaba esas realidades. Solo un río.
A mí no me daba miedo. Todavía no entiendo por qué, quizás ingenuidad disfrazada de ganas de sentirme adulta. Algunos lo llamaban exceso de confianza; otros, simple imprudencia. Pero había algo en esa ciudad que me parecía viva. Aunque mi familia insistía en que evitara el bus, yo encontraba en ese recorrido un contacto más cercano con la ciudad y una forma de descubrir y descubrirme. En esa hora y media de recorrido veía la ciudad respirar. Veía sus grietas, sus ritmos, sus cuerpos. Oficinistas con cara de lunes, niños solos caminando hacia sus casas luego de la escuela. Ancianos sentados en los soportales, como centinelas de otro tiempo. Loquitos del barrio que hablaban con el aire, con Dios, con nadie. Cada rostro era una historia que no cabía en los márgenes de mi urbanización, pero que, para mí, entonces, se sentía como un universo paralelo. No lo veía con miedo, ni con juicio. Lo veía como quien entra a un libro nuevo. Ese mundo tenía ritmo, tenía voz, era caótico, sí, pero también vibrante. Como si la ciudad respirara por esas grietas, por esos gestos, por esos trayectos. Ahora entiendo que esa diferencia no era solo visual. Era estructural. David Harvey lo dice: “Vivimos, después de todo, en un mundo en el que los derechos a la propiedad privada y el beneficio aplastan todas las demás nociones de derechos.”
En ese cruce diario, entendí que el derecho a la ciudad no se ejerce desde el confort, sino desde el tránsito, desde el roce, desde la intemperie. Y también desde la exposición. Un día vi cómo un hombre acosaba físicamente a una estudiante en calle Padre Solano. Sentí rabia, me acerqué, le pegué. No fue valentía. Fue impulso. Ella se fue rápido, sin mirar atrás. Yo me quedé unos segundos, y cuando reaccioné que él podía perseguirme, golpearme, hacerme algo. Entonces corrí. Ese momento me mostró que habitar la ciudad no es solo recorrerla: es decidir si se mira o se actúa, sabiendo que intervenir tiene costo. Pero también un sentido. Porque si el derecho a la ciudad significa algo, es esto: mirar donde incomoda y hacer algo.
Harvey sostiene que el capitalismo necesita absorber su excedente económico para no colapsar, y que la urbanización ha sido, históricamente, una de sus herramientas más eficaces. En Guayaquil, más de 90 frentes de obra; según reportes del Municipio recogidos por Ecuador Comunicación (2025) y un presupuesto de USD 353 millones destinado a obra pública; como señala Primicias (2025) parecen confirmar esa lógica. Se levantan pasos elevados, se inauguran parques, se pavimentan avenidas, se instalan canchas y plazas. Pero ¿qué se está construyendo realmente? ¿Una ciudad más justa o una ciudad más rentable? ¿Se absorbe el excedente económico o se disuelve, en cemento, la posibilidad de una transformación colectiva? La ciudad se convierte en una máquina de inversión que estabiliza el sistema, pero no necesariamente la vida. Una máquina que produce visibilidad para unos y olvido para otros. Mientras las centralidades y sectores consolidados reciben obras vistosas, los barrios populares son intervenidos con pavimentación mínima y césped sintético. ¿Es esto urbanismo o maquillaje? ¿Es mejora o pacificación? ¿Es cuidado o control?
Samborondón no es solo un lugar; es un modelo. Un modelo que se replica en urbanizaciones cerradas, centros comerciales, barrios vigilados. Un estudio identificó 229 ciudadelas cerradas en Guayaquil y su periferia: enclaves que no aportan tejido urbano, que refuerzan la fragmentación, que convierten la ciudad en un archipiélago de privilegios. (Pérez de Murzi & Orejuela, 2023).” Mientras tanto, sectores como Monte Sinaí, Sergio Toral y Progreso reciben infraestructura mínima (Primicias, 2023; Municipio de Guayaquil, 2024). La ciudad se divide entre barrios con escuelas exclusivas y vigilancia privada, y barrios con calles de tierra y agua en recipientes plásticos. Esta fragmentación no es accidental; es funcional. Divide para administrar el riesgo. A los barrios populares se les ofrece lo mínimo para evitar el estallido; a los barrios privilegiados, lo suficiente para que no cuestionen. Así, el excedente se absorbe sin resistencia, y el orden se mantiene no por justicia, sino por conveniencia. Pero esa fragmentación no solo se expresa en el trazado urbano: se encarna en las vidas que lo habitan. En una misma ciudad, hay adolescentes que faltan a clases porque se sintieron enfermos, se quedaron dormidos o se olvidaron la tarea. Otros lo hacen por problemas familiares o por falta de transporte. Y hay quienes en barrios como Socio Vivienda, Nueva Prosperina o Isla Trinitaria, han sido apartados del sistema escolar por completo, absorbidos por dinámicas de violencia que los convierten en vigías, cobradores, transportistas de armas. Según el Estudio sobre vinculación de niños, niñas y adolescentes a organizaciones criminales en Ecuador (OECO & PADF, 2025), grupos como Los Choneros, Tiguerones y Chone Killers reclutan adolescentes desde los 12 años, usando incentivos económicos, presión grupal y explotación de la necesidad. Cuando el miedo reemplaza la escuela y el crimen ocupa el lugar del juego, el derecho a la ciudad no se ejerce: se vulnera.
Ya no se construye para habitar, sino para invertir. El suelo se transforma en cifra, el barrio en retorno, la vivienda en producto. El plan “Tu centro, el barrio de todos” ofrece incentivos para desarrollos mixtos, pero ¿quién puede invertir? ¿Quién puede habitar? ¿Quién puede resistir la lógica del crédito, la plusvalía, el retorno? La ciudad deja de ser refugio y se vuelve vitrina. Se diseña no para la vida, sino para la rentabilidad. Y en ese giro, muchos quedan fuera: quienes no califican, quienes no consumen, quienes no producen valor financiero. La exclusión ya no se da por muros, sino por tasas de interés. La revitalización se enfoca en la estética, no en la vida cotidiana. Sharon Zukin lo llama “pacificación mediante el capuchino”: una forma de urbanismo que ofrece consumo, turismo y confort para evitar la acción colectiva.
En Guayaquil, se reconstruyen plazas históricas, se instalan luminarias solares, se embellecen pasos peatonales. Pero ¿qué pasa con quienes no pueden consumir esa estética? ¿Qué pasa con quienes viven en los márgenes, en los barrios invisibles, en las propuestas que no se aprueban? ¿Qué pasa con quienes no caben en la foto de postal? Harvey también utiliza el concepto de “destrucción creativa” de Joseph Schumpeter, quien la definió como el motor del capitalismo: destruir lo existente para dar paso a lo nuevo. Harvey lo reinterpreta como una estrategia para reorganizar el espacio urbano según las lógicas del capital: se demuele lo viejo para construir lo rentable. En Guayaquil, esto no siempre se manifiesta como demolición física, sino como borramiento simbólico. Se rediseñan calles, se reconfiguran accesos, se desplaza a los cuerpos incómodos. En Socio Vivienda, por ejemplo, el desplazamiento forzado tras la masacre de marzo de 2025 dejó 316 personas sin hogar. ¿Qué ciudad se construye cuando se destruye la posibilidad de habitar?
En 2025, el presupuesto participativo en Guayaquil recibió apenas 2.400 votos ciudadanos: personas que eligieron qué proyectos comunitarios querían priorizar. Pero solo $20 millones serán asignados a esas propuestas, mientras el resto del presupuesto; más de $685 millones, ya está comprometido. En una ciudad de más de 2,7 millones de habitantes, esa votación representa menos del 0,1% de la población. La participación existe, pero no incide, en Guayaquil, ese derecho se simula. Rehacernos implica romper el modelo Samborondón, no para destruirlo, sino para abrirlo. Implica reconocer que el cemento no basta, que la estética no salva, que el consumo no transforma. Implica escuchar a quienes viven en los bordes, en los barrios que no se mencionan, la fragmentación no solo es espacial, sino cognitiva. Romperlo implica también romper con nuestras propias comodidades y cegueras. Guayaquil absorbe capital, sí, pero también sueños, futuros y memorias. Absorbe cuerpos que caminan sin aceras, que esperan buses sin sombra, que viven sin agua potable. Absorbe madres que cruzan la ciudad con niños en brazos para llegar a una cita médica que no garantiza atención. Absorbe jóvenes que estudian en universidades mientras sus barrios siguen sin alcantarillado. Absorbe la paciencia de quienes hacen fila en hospitales colapsados, la rabia de quienes viven sin títulos de propiedad, la esperanza de quienes creen que el pavimento traerá dignidad. Absorbe trabajadores que viajan dos horas desde Monte Sinaí para limpiar oficinas en el centro, y que regresan de noche por calles sin luz. Absorbe comerciantes informales que son desalojados de las veredas en nombre del orden. Absorbe vidas que no caben en los presupuestos, pero que sostienen la ciudad con su esfuerzo diario.
Lo que se presenta como progreso también puede ser despojo, lo que se maquilla como orden muchas veces encubre exclusión y lo que se llama seguridad, a veces, es solo silencio impuesto. Escribo este texto para abrir una grieta en el discurso dominante, para decir que hay otra ciudad debajo de la ciudad oficial. Una ciudad que no cabe en los renders, pero que existe. Que duele. Que resiste. Esa grieta que incomoda no es ruina: es el derecho a la ciudad intentando salir, gritando desde abajo que no lo maquillen más. No hay que cubrir la grieta ni silenciarla, sino sostenerle la mirada, reconocerla como parte de lo que somos y abrirla sin miedo. Porque justo ahí; se resquebraja el modelo que organiza la desigualdad, y en esa fisura, si no la esquivamos, se revela la posibilidad de otra ciudad.
Este artículo podría parecer una romantización del peligro, la pobreza, lo caótico, lo que algunos llaman “atraso”. Dirán que es nostalgia, e idealización de lo que debería superarse. Sin embargo, es necesario comprender que la informalidad no es una elección libre, sino una respuesta a un sistema que excluye. Que la invasión no es capricho, sino necesidad. Que la pobreza no es falla individual, sino consecuencia estructural. Que vender en la calle, pedir en los semáforos, criar hijos en condiciones precarias, no son actos de ignorancia, sino de supervivencia. La ciudad no puede seguir negando derechos a quienes no cumplen con el manual del ciudadano ideal. Porque el derecho a la ciudad no se gana por mérito, se reconoce por existencia. Y si hay cuerpos que incomodan, que desordenan, que interrumpen la foto para postal, es porque están vivos. Y porque esa vida también merece espacio, dignidad y escucha. No se trata de celebrar la precariedad ni glorificar el dolor, se trata de mirar de frente lo que se suele esquivar: la vida que ocurre fuera del render, fuera del mall, fuera del carro blindado y las ciudadelas amuralladas. Porque allí también hay ciudad. Allí también hay deseo, dignidad y memoria.
Me preocupa que estemos llegando a un punto de no retorno. Que la fragmentación se vuelva tan profunda que ya no podamos reconocernos como parte de una misma ciudad. Es momento de cuestionar un sistema que normaliza la desigualdad y la exclusión como si fueran parte natural del orden urbano. No es romanticismo: es urgencia. Es el intento de decir que lo que incomoda no debe ser ocultado, sino transformado y dignificado. Que el derecho a la ciudad no es una consigna abstracta, sino una forma concreta de rehacernos: desde lo que falta, desde lo que duele, desde lo que aún resiste.
Referencias
Ecuador Comunicación. (2025). Municipio de Guayaquil inicia el año con más de 90 frentes de trabajo. https://ecuadorcomunicacion.com/guayaquil/2025/01/municipio-de-guayaquil-inicia-el-ano-2025-con-mas-de-90-frentes-de-trabajo/
Harvey, D. (2008). El derecho a la ciudad. Revista Nueva Sociedad, (217), 34–49. https://nuso.org/articulo/el-derecho-a-la-ciudad/
Municipio de Guayaquil. (2024). Planificación de obras en Monte Sinaí, Sergio Toral y Progreso. https://web.guayaquil.gob.ec/obras-infraestructura-urbanismo-desarrollo-guayaquil/
Pérez de Murzi, T., & Orejuela, G. (2023). Geografía de la fragmentación urbana: las urbanizaciones cerradas en la expansión de Guayaquil, Ecuador. Revista de Urbanismo, (48). https
Krystell Figueroa Rubio, Maestría en Ciudades Sostenibles (módulo Planificación Urbana, Gobernanza y Participación), Universidad de Cuenca
