CUANDO EL ESTADO SE VUELVE EL ENEMIGO
El asesinato de la poeta Renée Nicole Good por un agente de ICE no puede leerse solo como un exceso policial ni como un error operativo. Es un acto político. Y como todo acto político ejercido desde el poder, emite un mensaje. No hacia afuera, sino hacia adentro: hacia la ciudadanía.
El mensaje es simple y brutal: el Estado ya no necesita convencer; le basta con imponer.
Desde la legalidad, el caso se escuda en una palabra gastada hasta el cinismo: “defensa propia”. Esa expresión funciona hoy como un salvoconducto moral. No explica nada, no prueba nada, no dialoga con nadie. Es una fórmula de cierre. Una manera de decir: no hay nada más que discutir. El derecho, en lugar de abrir un espacio de deliberación, se utiliza como lenguaje de clausura.
Aquí aparece la primera dimensión política del crimen: la fractura deliberada del discurso público. El Estado habla en un idioma técnico, abstracto, autosuficiente. La sociedad responde con otro: el de la experiencia, el del miedo, el de la vida interrumpida. No hay encuentro posible entre ambos. Y cuando el lenguaje común se rompe, la democracia se vuelve una formalidad vacía.
Pero el gesto más autoritario no está en la justificación posterior, sino en el hecho mismo: una mujer desarmada, ciudadana, madre, poeta, muere en una calle residencial como resultado de una operación federal. No en una frontera. No en un escenario excepcional. En la vida cotidiana. Ese es el verdadero mensaje político: la excepción ha sido trasladada al centro de la normalidad.
Desde este punto de vista, el asesinato de Renée Good no trata solo sobre migración. Trata sobre obediencia. Sobre un Estado que se entrena para intervenir la vida civil con lógica militar. ICE no actúa como una agencia administrativa, sino como una fuerza de ocupación interna. Y toda fuerza de ocupación necesita un principio claro: cualquiera puede ser el objetivo.
El derecho, en este esquema, no desaparece. Se degrada. Se convierte en una herramienta para administrar la violencia, no para limitarla. La proporcionalidad deja de ser un criterio real y pasa a ser una palabra decorativa. El debido proceso se invoca después de la muerte, cuando ya no sirve para nada.
Esta lógica no es ajena a América Latina. En Ecuador, la retórica de la “guerra interna”, la militarización del espacio público y la normalización del estado de excepción han instalado una idea peligrosa: que la suspensión de derechos es el precio inevitable del orden. Calles vigiladas, barrios ocupados, controles sin mediación judicial suficiente, ciudadanos tratados como sospechosos por defecto. No se dispara siempre, pero se aprende a obedecer. Y eso también es una forma de violencia política.
Lo inquietante es que este modelo no necesita dictaduras declaradas. Funciona dentro de democracias formales. Basta con que el miedo —al migrante, al crimen, al caos— sea elevado a categoría política. Basta con que la excepción se vuelva costumbre. Basta con que el ciudadano común acepte que la seguridad del Estado vale más que la vida ajena, hasta que esa vida resulta ser la propia.
Renée Good no fue asesinada por lo que hizo, sino por lo que representaba sin saberlo: la fragilidad de la vida ordinaria frente a un aparato estatal que ha perdido el hábito de la contención. Su muerte nos dice que el Estado ya no distingue con cuidado. Que actúa primero y cubre después. Que ha dejado de pedir permiso a la sociedad porque ya no se siente obligado a responderle.
Cuando el poder mata y llama legal a ese acto, lo que está en juego no es un caso judicial, sino una redefinición silenciosa de ciudadanía. Ya no se es ciudadano por derechos, sino por tolerancia. Se vive mientras no se estorbe. Mientras no se dude. Mientras no se cruce, por error, el radio de acción de una autoridad que se siente en guerra. Los 4 niños de Las Malvinas serán un recordatorio permanente de esto en nuestro país.
Por eso la pregunta final no es retórica, ni exclusiva de Estados Unidos. Nos interpela también desde Ecuador y desde cualquier país que haya aprendido a convivir con la excepción como norma:
¿qué tipo de democracia necesita convertir su vida cotidiana en un estado de excepción permanente?
Cuando la ley ya no protege la vida común, cuando el Estado se vuelve el enemigo, la poesía —como la de Renée— se vuelve peligrosa no por lo que dice, sino por lo que recuerda: que vivir no debería ser un acto de riesgo.
Portada: imagen tomada de https://acortar.link/LDRrEA
Johnny Jara Jaramillo, Cuenca 1956. Estudió Literatura en la Universidad de Cuenca y Musicología en la PUCE. Fue profesor de Literatura en el Colegio Benigno Malo de su ciudad y en el Colegio Agustín de Azkúnaga en Isabela-Galápagos. En Nueva York asistió a varios cursos sobre Literatura inglesa en la Universidad de Columbia y ha colaborado con varias revistas de literatura en Estados Unidos, México, Colombia, España y Finlandia. Es parte de Moderato Contable, antología de narradores cuencanos del Siglo XXI, Antología de Narradores ecuatorianos del Encuentro nacional de narradores ecuatorianos, en Loja 2015. Su libro “Un día de invierno en Nueva York” es su opera prima.