2026: RETORNAR A LA ALTERIDAD
La condición de ser otro —eso que llamamos “ponerse en los zapatos del otro”— tiene un nombre antiguo y exigente: alteridad. Implica algo más que tolerancia; supone la capacidad de dejarse afectar por la existencia ajena, de reconocer que el sentido no nace del yo aislado sino del encuentro, del roce, incluso del conflicto con los demás.
Hoy la alteridad no está herida: agoniza. Y no por exceso de diferencias, sino por su cancelación administrada. En nombre de la seguridad, del cuidado, del bienestar individual, se ha vuelto sospechoso todo aquello que provenga del afuera. El desacuerdo dejó de ser una condición de lo común y pasó a leerse como una amenaza.
La información terminó por sustituir a la realidad. El mundo se replegó en una pantalla. Lo que acontece allí: en el flujo interminable de imágenes, titulares, cifras y notificaciones. Los asesinatos en las cárceles del Ecuador, las guerras lejanas y cercanas, el hambre, la migración forzada, no ocurren en la vida sino en el televisor o en el celular. Nos horroriza menos la violencia real que la irrupción de una imagen incómoda durante el almuerzo. Ya no nos duele la gente: nos duelen las imágenes.
La información no solo desinforma: desafectiviza. Convierte el sufrimiento en dato, en estadística, en tendencia. Reduce lo trágico a un gráfico animado. Y produce la paradoja más devastadora de nuestro tiempo: mientras disminuyen las distancias geográficas, aumenta la distancia entre los sujetos.
Después del derrumbe de las grandes ideologías, la promesa de la globalización —convivencia, pluralidad, diálogo— derivó en lo contrario: un odio sin objeto, una animadversión primaria hacia cualquiera que no confirme nuestras certezas. Las luchas políticas dieron paso a la guerra entre vecinos. El desacuerdo ideológico fue reemplazado por la repulsión inmediata: al que piensa distinto, al que migra, al que estorba, al que simplemente está.
En el Ecuador de hoy, esta deriva no es abstracta. La división social no surgió espontáneamente: fue incentivada, administrada y normalizada por una política gubernamental que se niega a dialogar. Se gobierna desde el miedo y se gestiona la fractura como método. La palabra pública no convoca: ordena. No escucha: clasifica. No integra: separa. Entre “buenos” y “malos”, entre “productivos” y “sobrantes”, entre quienes merecen protección y quienes pueden ser descartados.
Se levantan muros, se cierran fronteras, se normaliza la expulsión. A la globalización económica le sigue un localismo emocional: cada sujeto encerrado en su cápsula, protegido por algoritmos que confirman sus miedos y prejuicios. Cada cual gira en su órbita, satelitizado, sin intersección con los demás. Como advirtió Soler, el destino solo existe en el cruce con otros; fuera de allí, apenas hay supervivencia.
En ausencia del semejante, el yo ocupa su lugar. El cuerpo se vuelve objeto de culto, de corrección infinita, de vigilancia obsesiva. Gimnasios, dietas, cirugías, suplementos, espiritualidades de catálogo, literatura de autoayuda. El mercado ofrece una alteridad domesticada: el yo reflejado, mejorado, optimizado. El individuo se seduce a sí mismo mientras aprende a despreciar todo lo que lo incomoda.
La pandemia no inventó este proceso, pero lo aceleró y legitimó. El Covid-19 no trajo solo muerte y encierro: introdujo una pedagogía del distanciamiento que excedió lo sanitario. Se nos entrenó para desconfiar del otro, para percibirlo como amenaza, como vector de contagio, como riesgo permanente. El prójimo se volvió peligro.
Por eso conviene decirlo sin rodeos: no nos vacunaron solo contra un virus. Nos vacunaron —simbólicamente— contra el contacto, contra la proximidad, contra la alteridad. Y de esa vacuna no hay refuerzo técnico que nos salve.
Portada: imagen tomada de https://shre.ink/5662
Johnny Jara Jaramillo, Cuenca 1956. Estudió Literatura en la Universidad de Cuenca y Musicología en la PUCE. Fue profesor de Literatura en el Colegio Benigno Malo de su ciudad y en el Colegio Agustín de Azkúnaga en Isabela-Galápagos. En Nueva York asistió a varios cursos sobre Literatura inglesa en la Universidad de Columbia y ha colaborado con varias revistas de literatura en Estados Unidos, México, Colombia, España y Finlandia. Es parte de Moderato Contable, antología de narradores cuencanos del Siglo XXI, Antología de Narradores ecuatorianos del Encuentro nacional de narradores ecuatorianos, en Loja 2015. Su libro “Un día de invierno en Nueva York” es su opera prima.