Hay situaciones que nos enfrentan a la fragilidad de la vida, en las que no podemos hacer nada más que esperar y/o rezar.
Asimilé hace mucho que de nada vale preguntar por qué, aun cuando hubiera una respuesta, no sirve regodearse en la tristeza, no aporta competir por quien sufre más.
He aprendido que lo que cabe es ocuparse, hacer lo que esté en nuestras manos para resolver, para apoyar, para acompañar, para sumar; y, si no está en nuestras manos no desesperar.
En situaciones límites y en todas, sé del poder sanador de los abrazos, las bondades del silencio cuando sobran las palabras.
En condiciones de crisis humana hay que tratar de llegar a tiempo e irse cuando es el momento, pero también quedarse cuando se intuye que el “todo está bien”, “no necesitamos nada” es más bien un deseo.
Cuando las fuerzas flaquean, la solidaridad, el afecto, el cariño sincero es el soporte, el ancla que evita el naufragio.
La familia de sangre y la elegida, los amigos, aquellos que están porque quieren, es decir porque lo desean de verdad y porque sienten cariño, son un puntal, la contención, el brazo en el que apoyarse, el hombro en el que llorar, el oído que escucha, los ojos que miran y abrigan, las palabras que calman.
En esas situaciones extremas, pasan más cosas que permiten identificar personajes, que si estamos atentos nos ayudan a ubicarnos, nos conducen a mirar más allá de lo evidente, a auscultar en la naturaleza humana y si tenemos suerte a discriminar lo positivo de lo que no lo es.
Empecé a escribir pensando en los terribles quebrantos de salud, en esos que ponen en riesgo la vida o la calidad de la misma de forma dramática, en los casos en los que el diagnóstico tiene palabras impronunciables, unas veces porque los nombres técnicos nos son esquivos, y otras, porque ni siquiera queremos verbalizarlas, nos dan miedo e incluso a algunos una especie de vergüenza, como si a propósitos se las atrajera, pensamos tontamente que si no las decimos desaparecerán.
Decía antes que el silencio es bondadoso, pues lo que menos quiere una persona enferma o quienes la cuidad es tener que repetir una y tantas veces como visitantes, llamadas o mensajes, la historia de cómo apareció, que sintió, tuvo dolores, cuándo y porqué fue al médico, que exámenes le hicieron, fueron dolorosos, cuánto tardaron en diagnosticarlo, cuál es el tratamiento, las secuelas, los efectos adversos, que medicación va a tener que administrarse, si tiene o no que hacer rehabilitación, cuánto tiempo estará de baja, va a poder volver a trabajar, le duele, le seguirá doliendo, puede comer, le van a operar, quedarán cicatrices, el médico es bueno, por qué no consulta otra opinión, está seguro de la decisión, he oído que el médico tal cosa, me han dicho que fulano es el mejor, no ha pensado en ir a otra ciudad u otro país…
Luego de la intervención o el tratamiento, siguen los interrogatorios, como salió todo, está con dolores, cuando saldrá de cuidados intensivos, hasta cuándo estará en el hospital, cuándo se irá a la casa, quien le atenderá allá, que dicen los médicos, cómo le han tratado, necesitan algo, cualquier cosa aquí me tienen, llamaré mañana, volveré mañana, escribiré mañana. Y llaman y escriben y vuelven y nuevamente preguntan y nuevamente opinan.
Hay quienes preguntan y opinan con la mejor de las intenciones, con cariño, porque les importa, porque quieren aportar, esos suelen ser prudentes y ponderados, a esos da ganas de contestar.
Pero hay de los otros que simplemente tienen que hablar, porque así es su naturaleza dirán algunos ¿?, porque son imprudentes, porque quieren destacar, saben más que los médicos –pues ya han googleado-, han sentido un dolor igual, tienen un abuelo, un tío, una madre, una hija, una amiga, una amiga de la amiga que ha pasado por algo igual o peor. Me he preguntado si en esos casos lo que buscan es quitarle hierro al asunto, o simplemente lanzan comentarios y comparten historias reales o inventadas porque no pueden no robarse el show. Más de una vez he querido callarlos, pero no me he atrevido, creo que porque yo misma alguna vez he actuado así. En todo caso, a mí y a ellos les digo no volver a hacerlo, no ayuda, no distrae, incomoda.
Ayuda y reconforta saberse querido, apoyado, cuidado.
En situaciones críticas, lo mejor es estar sin estorbar.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/4rruv
Mujer estudiosa y analítica, lectora atenta y escritora novel. Doctora en Jurisprudencia y Abogada – Universidad de Cuenca, Máster en Gestión de Centros y Servicios de Salud – Universidad de Barcelona, Diplomado Superior en Economía de la Salud y Gestión de la Reforma – Universidad Central del Ecuador. Docente de maestría en temas de políticas públicas y legislación sanitaria –Universidad Católica de Santiago de Guayaquil; en el área de vinculación con la sociedad, legislación relacionada con el adulto mayor – Universidad del Adulto Mayor. Profesional con amplia experiencia en los sectores público y privado, con énfasis en los ámbitos de legislación, normativa y gestión pública.