Nadie vio sus rostros al principio, solo sus mapas. Llegaron como quien entra a una casa vacía, sin tocar la puerta, sin pedir permiso al dueño, con la arrogancia de quien cree que el mundo es un supermercado de piedras y metales.
Trajeron herramientas para medir lo inmensurable, trazaron líneas rectas sobre curvas sagradas, y en sus papeles de oficina, lejos, muy lejos de aquí, decidieron que nuestra montaña era un banco, que nuestro patio era una cantera, y que nuestra vida era un daño colateral.
Ellos ven la cordillera y calculan toneladas. Nosotros vemos la cordillera y vemos al abuelo. Esa es la distancia que nos separa, un abismo que no se llena con monedas.
No entienden que debajo de la paja del páramo no duerme un “recurso estratégico”, sino el sistema circulatorio de la patria. Vienen a abrirle las venas a la tierra para sacar un brillo que no se come, un metal frío que servirá para adornar cuellos ajenos o para dormir en bóvedas oscuras, mientras aquí arriba, el silencio se llena de ruido y el verde se tiñe de gris.
Y entonces, tocaron lo intocable. Pusieron sus ojos en las lagunas, espejos del cielo donde se baña la luna. Olvidaron la ley primera de la existencia: el oro no quita la sed.
¿Qué tecnología inventarán para lavar la culpa? ¿Con qué máquina filtrarán el veneno del cianuro cuando haya llegado al vaso de nuestros hijos? El agua es un hilo de tiempo que nos une, baja de la nube, besa la roca, nutre el maíz, y corre por la sangre del que resiste. Contaminar el agua es decretar la muerte lenta, es borrar el futuro antes de que nazca.
Creyeron que nos iríamos. Pensaron que el miedo nos haría empacar los ponchos y bajar la cabeza ante el rugido de las excavadoras. Se equivocaron de pueblo. Se equivocaron de historia.
Aquí, la resistencia no es una consigna de moda, es la herencia de los que caminaron antes. La comunidad se ha vuelto un solo cuerpo, una muralla de carne y dignidad que no necesita cemento. El bastón de mando se ha clavado en el lodo y ha echado raíces más profundas que sus taladros.
He visto a las mujeres pararse frente a las máquinas, no con armas, sino con la verdad en la mirada. He visto a los jóvenes volver al campo, entendiendo que la riqueza no está en irse, sino en tener un suelo donde caerse muerto y un agua limpia con la cual ser bautizado.
Que se lleven sus promesas de progreso hueco. Que se lleven sus espejismos de empleo temporal. Nosotros nos quedamos con la neblina eterna. Nos quedamos con el frío que curte la piel y el carácter.
Esta lucha no se negocia, porque la dignidad no tiene precio de mercado. Somos los guardianes de la esponja de agua, los custodios del último aliento limpio.
Y si preguntan hasta cuándo estaremos aquí, la respuesta la da el viento en la cumbre: Estaremos mientras el agua corra hacia abajo. Estaremos mientras la tierra sostenga nuestros pies. Estaremos, indomables y serenos, hasta que entiendan que la vida vale más, mucho más, que todo el oro del mundo.
Estudiante de la Facultad de Psicología de la Universidad de Cuenca. Artículo escrito a propósito de las “Jornadas de la Resistencia-Ñucanchic Guapondelig”, evento organizado por la Facultad de Psicología, en noviembre del 2025.