Tatiana Neira Alvarado
No sé si en su camino, pero en el mío casi a diario aparecen esos individuos mal educados, irrespetuosos, impúdicos, contraventores, que sin ningún empacho y como si estuvieren en el baño de su casa, deciden a vista y paciencia de los transeúntes que van a pie o en vehículos, orinar en dónde les da la gana.
No sólo atentan contra la convivencia ciudadana y la salubridad, sino que agreden a las otras personas con su comportamiento, pues no podemos transitar por las calles de la ciudad en forma pacífica y segura, ya que en cualquier momento nos topamos con un inescrupuloso evacuando sus fluidos vesicales en cualquier lugar. No buscan un sitio apartado, una intersección de paredes, arbustos que los tapen, etc., sin querer decir que entonces estarían haciendo lo correcto, pero al menos no nos expondrían a mirar aunque sea por segundos un espectáculo grotesco y atentatorio al menos para las mujeres y niñas.
Estos individuos seguramente no fueron educados en normas de urbanidad y convivencia pacífica, quizá nadie les enseño que en el espacio público no se puede hacer cualquier cosa sin pensar en los demás, pero es cuestión de sentido común, de no hacer a otros lo que no nos gustaría que nos hagan a nosotros o a los nuestros. Sería de preguntarles si les parece bien que se topen con un desconocido meando frente a su casa: su esposa, hijas, madre o hermanas.
El mal comportamiento relatado no es nuevo, ha existido siempre, y en todas partes, pues al parecer los individuos del sexo masculino no han tenido ni tienen capacidad de contención cuando las ganas de orinar apremian, o mejor dicho, no les da la gana de contenerse hasta que lleguen a un servicio higiénico, cosa que hemos hecho y hacemos los individuos del sexo femenino, pues no se nos ocurre bajarnos el pantalón o levantarnos la falda en cualquier calle y despacharnos a gusto orinando frente a quien sea que circule por ahí.
Sobre lo último, es justo señalar que en el siglo pasado –en este al menos yo no he visto- las únicas privilegiadas que podían orinar en la calle eran las cholas que no usaban ropa interior y sí polleras que llegaban hasta las canillas, se ponían en cuclillas encima de los sumideros que hay en las calles de la ciudad, la pollera se convertía en una especie de coraza o caparazón que evitaba exponer las partes del cuerpo que no deben ser exhibidas en público. Era una costumbre aceptada que no molestaba, porque la orina iba directamente al sistema de alcantarillado, no habían malos olores, ni espectáculos agresivos para los demás.
Antes el meón de recoveco, al menos esperaba la noche o que la calle esté vacía. En las ciudades se ponían cruces en las intersecciones de las edificaciones para ahuyentar a los meones, sin que el símbolo religioso haya conseguido parar el irrespeto, por lo que de los malos olores y de la suciedad provocada no nos librábamos.
Hoy es el colmo, no importa la hora del día ni el lugar. Hace un tiempo un tipo orinaba orondo frente al colegio Ciudad de Cuenca, en la orilla del río, poniéndose al lado de un árbol a la hora de salida de los estudiantes, cerca de padres, madres, cuidadores y vendedores ambulantes que no reclaman, solo dan la espalda o siguen su camino, no sé si porque normalizan la situación o porque tienen temor de la reacción del individuo si es interpelado.
En la Avenida del Tejar, sector Río Amarillo, en el Paseo 3 de Noviembre –por donde circulo a diario-, y a lo largo y ancho de la ciudad, todos los días se ven sujetos que convierten las calles, aceras y muros en orinales públicos, sin que nadie controle ni sancione.
Más grave aún es la situación cuando existen decenas de estaciones de combustible distribuidas en toda la urbe, en las que hay baños de acceso público a las que deberían y podrían llegar sin hacerse en los pantalones, cuando tienen necesidad de orinar, sobre todo los conductores de vehículos, pero también los peatones.
Nunca es tarde para aprender y al cuerpo se lo puede educar, pero también es posible aguantarse las ganas de orinar como hacemos las féminas, hasta nuestra casa o un baño llegar.
Ya se me fue quitando la indignación, que hasta rima me salió.
Es complicado llamar la atención cuando somos testigos de la afrenta, pues hay que esperar que el sujeto termine de orinar; y, si se logra recriminar, lo seguro es que el cogido en falta nos vaya a insultar.
Si usted que lee, es del sexo masculino, salga orinando de la casa, el trabajo o el restaurante; cuando vaya a estar tiempos prolongados en la calle, no tome líquidos si sabe que van a provocar la necesidad de evacuar; aprenda como lo hemos hecho todas las mujeres a controlar sus esfínteres, feo es aguantarse si la necesidad es imperiosa, pero le aseguro que se puede y su contribución a la convivencia será muy valiosa.
Un llamado serio a las autoridades de control municipal, controlen, amonesten, sancionen, impongan las multas contempladas en ordenanza, establezcan canales para denunciar, pues parece que solo a la mala algo se podrá lograr.
Portada: imagen tomada de https://www.trabajadores.cu/
Mujer estudiosa y analítica, lectora atenta y escritora novel. Doctora en Jurisprudencia y Abogada – Universidad de Cuenca, Máster en Gestión de Centros y Servicios de Salud – Universidad de Barcelona, Diplomado Superior en Economía de la Salud y Gestión de la Reforma – Universidad Central del Ecuador. Docente de maestría en temas de políticas públicas y legislación sanitaria –Universidad Católica de Santiago de Guayaquil; en el área de vinculación con la sociedad, legislación relacionada con el adulto mayor – Universidad del Adulto Mayor. Profesional con amplia experiencia en los sectores público y privado, con énfasis en los ámbitos de legislación, normativa y gestión pública.