El año se va como se van casi todos: sin pedir permiso y dejando desorden. 2025 se retira con esa mezcla sucia de alivio y cansancio, como un huésped que ocupó demasiado tiempo el sillón y ahora, por fin, cierra la puerta. Entonces llega el momento solemne —un poco ridículo— del balance: mirar hacia atrás y fingir que entendimos algo. Fingir.
Lo curioso es que, cuando hacemos el inventario, nunca anotamos la felicidad en presente. La escribimos siempre en pasado. Fue. Hubo. Estuvo. Como si la felicidad fuera una especie en extinción que solo se reconoce por restos fósiles: una foto borrosa, una risa grabada por error, un recuerdo que se activa cuando ya no sirve para nada práctico. En 2025, además, pasó eso que ya es costumbre: vivimos demasiado atentos a sobrevivir como para notar cuándo estábamos bien.
Este fue un año experto en desgaste. Desgastó palabras, imágenes, certezas. Desgastó la idea misma de futuro, que empezó a parecerse más a una amenaza que a una promesa. Aprendimos a convivir con la sensación de que todo es provisional, incluso lo que lleva años ahí. Y en ese clima, la felicidad se volvió un lujo discreto, casi clandestino. Aparecía poco, duraba menos, no hacía ruido. Como si supiera que, si se anunciaba, alguien iba a venir a interrumpirla.
Por eso, ahora que el calendario se queda sin hojas, vuelve una fantasía infantil pero persistente: ¿y si hubiéramos podido guardar un poco? No para siempre, no seamos ingenuos. Apenas un recambio. Una reserva mínima para los días en que el mundo se vuelve un trámite largo y mal explicado. Guardar felicidad como se guardan las cosas básicas: sin pensar mucho, pero con la tranquilidad de que están ahí.
La humanidad lleva siglos intentando eso con el dolor. Lo mide, lo nombra, lo archiva. Cree incluso haberlo embotellado alguna vez. Con la felicidad, en cambio, nunca supo qué hacer. Quizá porque no duele lo suficiente como para tomársela en serio. Quizá porque sospechamos que, al intentar conservarla, la romperíamos.
Sin embargo, hay sustitutos. Soluciones precarias, como casi todo lo que funciona. A fin de 2025, uno descubre que lo más parecido a un resto de felicidad no fue un viaje ni un logro ni una meta cumplida, sino algo más modesto y más persistente: un libro. Ese libro que no prometió salvarnos, pero nos sostuvo. Que no arregló nada, pero hizo que el mundo fuera, durante un rato, menos inhabitable.
Los libros tienen esa ventaja brutal sobre el año que se va: no exigen balance. No preguntan si cumplimos objetivos ni si aprendimos lecciones. Están ahí, quietos, esperando que volvamos cuando ya no sabemos muy bien a dónde ir. Releerlos ahora, en este diciembre exhausto, es una forma de supervivencia. Abrir un libro amado es aceptar que no podemos recuperar la felicidad tal como fue, pero sí recordar que alguna vez existió. Y que, por lo tanto, puede volver a existir de otra manera.
Hay quien dice que no conviene regresar, que los recuerdos se gastan, que las historias ya no son las mismas. Claro que no lo son. Tampoco nosotros. Releer no es repetir: es confrontar. Con el que fuimos, con el que ya no somos, con el que todavía intenta entender qué hacer con tanto tiempo vivido. En un mundo obsesionado con avanzar sin mirar, volver a una página conocida es una forma mínima —pero eficaz— de desobediencia.
Cerramos 2025 sabiendo que muchos de los lugares donde fuimos felices ya no existen. Cambiaron, se perdieron, se volvieron inaccesibles. Pero hay otros lugares que no dependen del mercado, ni de la política, ni del clima de época. Lugares hechos de palabras, de silencios bien puestos, de frases que todavía saben decir algo cuando todo lo demás calla. Esos lugares no mueren. Esperan.
Tal vez el balance más honesto de este fin de año sea preguntarnos qué nos sostuvo. Qué pequeñas cosas funcionaron cuando todo parecía agotado. No para negar lo que faltó —faltó mucho—, sino para recordar que incluso en un año áspero, cansado, contradictorio como este, la felicidad pasó cerca. No supimos verla a tiempo. Nunca sabemos. Pero sabemos dónde buscar cuando hace falta.
Y eso, para despedir un año y animarse a entrar en otro, no es poca cosa.
Portada: imagen tomada de https://acortar.link/gFgEuJ

Periodista rumana afincada en Cuenca Ecuador, editora, creadora digital con amplia experiencia en comunicación institucional, vicepresidenta de la Unión de Periodistas del Azuay.