En su reciente intervención en Davos, el primer ministro de Canadá afirmó que asistimos al fin de una ficción y al amanecer de una realidad brutal: aquella en la que las grandes potencias actúan sin freno, y en la que los acuerdos y organismos internacionales han perdido toda capacidad de contención frente a la voluntad de los Estados más poderosos. Ya sabíamos que el orden internacional era parcialmente falso, que los más fuertes se eximían de las reglas cuando les resultaba conveniente y que los acuerdos comerciales se aplicaban de forma profundamente asimétrica. Hoy, esa ficción se ha derrumbado. Organismos como la OMC, la ONU o la OEA están severamente debilitados y carecen de incidencia real en el reordenamiento mundial en curso. No estamos ante una transición, sino ante una ruptura histórica de gran alcance.
Una de las principales estrategias que ha precipitado este proceso, es la guerra cultural, desplegada globalmente a través de los medios digitales para disputar el sentido mismo de la vida. Esta ofensiva logró identificar las frustraciones y aspiraciones de amplias mayorías que sobreviven al sistema mundial contemporáneo, canalizando sus deseos más profundos hacia la promesa de felicidad virtual, encarnada en los estilos de vida de celebridades, influencers, artistas y modelos: en suma, de los ricos. Las personas comenzaron a seguirlos, admirarlos, aspirar ser como ellos y a votar por políticos cuya única característica es el poder económico, convencidas de que el éxito material equivale a legitimidad moral. La tecnología consolidó una programación conductual orientando el comportamiento hacia la emulación de estilos de vida, modas y valores de personajes mediáticos convertidos en modelos aspiracionales. La autoestima y el reconocimiento social pasaron a depender de esa identificación ilusoria.
Las primeras víctimas son las personas nacidas a fines del siglo pasado y principios del actual, que crecieron hiperconectados a un mundo dominado por la revolución digital, que consumen información rápida, visual y fragmentada y que usan las redes como espacio de identificación simbólica. Ser rebelde hoy, significa superar a los demás, carecer de empatía con la población vulnerables como los pobres, migrantes, indígenas, comunidades diversas. La juventud ha sido objeto de un profundo vaciamiento identitario bajo el argumento de que los movimientos sociales buscan arrebatarles su libertad individual para imponer lo colectivo en nombre del bien común. Muchos de quienes cedieron ante esta lógica, arrastran una historia de desvalorización y falta de reconocimiento, proyectando en esos modelos una promesa de reparación simbólica.
En ese proceso, la avaricia es exaltada como ambición ante el dinero y el poder, se normaliza mirar hacia otro lado frente al descaro de un gobierno maltratador, corrupto o evasor; la impunidad e inoperancia de la justicia, la indolencia social, el sexismo del abusador, el racismo del supremacista o la codicia del depredador.
Se ha configurado un verdadero apartheid informacional a escala global. Nadie puede escapar; estamos, unos más que otros, literalmente, secuestrados por nuestros dispositivos digitales. Plataformas diseñadas para el vaciamiento de la mente e inteligencia artificial para darnos pensando. Y estos son los resultados: la proliferación de noticias falsas, el sensacionalismo sin escrúpulos; el placer perverso de difamar al otro, el sadismo inhumano de las guerras, la aceptación del abuso de los nuevos emperadores, la crueldad de las comunidades incel, las masculinidades paranoicas, el odio organizado; y, finalmente el control del pensamiento. La pandemia del C19 fue un buen indicador de este orden, cuando más de 5 mil millones de personas nos encerramos durante tres meses y nos vacunamos por tres o cuatro ocasiones, dejando inconmensurables ganancias a los laboratorios farmacéuticos.
Según Linera García, el respeto entre los pueblos ha llegado a su fin, incluso la lógica histórica mediante la cual los poderosos se beneficiaban de las periferias comienza a mutar, el libre comercio y la deslocalización productiva están siendo reorganizadas. La propia democracia liberal se desmorona ante el orden emergente, el sistema se reorganiza ahora en función de bloques imperiales que imponen su dominio. El mundo se divide así entre vasallos y patrones. Los nacionalismos son el caldo de cultivo para la exclusión y la xenofobia. Algunos opinan que hemos entrando a un ciclo de neofascismo, sostenido paradójicamente, por millones de pobres y marginados que creen ser los elegidos, los nuevos ciudadanos de un imperio que no les pertenece. El horizonte se asoma un mundo confrontado, inequitativo, frágil y menos sostenible.
La pregunta es: ¿Será posible imaginar y construir una nueva coalición humana, que recupere la ética y el respeto a los demás sin importar su condición económica, que resista en la defensa del desarrollo sostenible, la solidaridad entre los pueblos, la autodeterminación de los Estados? Como decía el primer ministro d Canadá, la única esperanza reside en decidir, de manera consciente, si queremos ser parte de este orden que se impone o si estamos dispuestos a actuar para construir el tipo de sociedad en la que realmente queremos vivir.
Portada: imagen tomada de https://acortar.link/XfxdIg
Ana Cecilia Salazar Vintimilla, trabaja junto a mujeres campesinas de la comunidad de San Cristóbal.
Miembro del Cabildo popular por la defensa del agua de Cuenca, del directorio de la Casa de Acogida María Amor, del Colectivo ciudadano Cuenca ciudad para vivir, y del colectivo Voces Azuayas libres y diversas.
Profesora en diversas maestrías en temas de Derecho a la ciudad, Sociología urbana, Sociología política, Género y derechos colectivos.
Fue directora de la Carrera de Sociología, de la revista COYUNTURA, de Vinculación con la Sociedad de la universidad de Cuenca.
Cuenta con múltiples publicaciones en revistas locales, nacionales e internacionales.
Posgrados en: Psicología Organizacional por la Universidad de Lovaina-Bélgica, Maestría en Investigación Participativa de la Universidad Complutense de Madrid y en Gestión Universitaria por la universidad de Cuenca.