Ecuador ocupa un lugar estratégico en la geopolítica global. Su extraordinaria riqueza hídrica, minera y biológica lo ha convertido en un territorio disputado por los intereses del capital transnacional que han definido nuestro país como territorio de sacrificio, en donde la vida humana y la naturaleza pasan a ser subordinadas a la lógica de la acumulación económica. Para esta lógica, la rentabilidad de la minería, la explotación petrolera y otros proyectos extractivos prevalece sobre los derechos de las comunidades y de los ecosistemas, dejando como consecuencia contaminación, desplazamiento, enfermedades y la pérdida irreversible de biodiversidad.
Como advierte la encíclica Laudato Sí, la crisis ecológica no es únicamente ambiental; es también una crisis ética, cultural y espiritual. La degradación de los ecosistemas es inseparable de la degradación de las relaciones humanas y de la exclusión de los pueblos que históricamente han cuidado los territorios. La ecología integral propone superar esta fragmentación, reconociendo que la justicia ambiental y la justicia social son parte de una misma realidad, pero justo ahí donde el modelo extractivista pretende imponer la lógica del sacrificio, emergen múltiples formas de resistencia. Desde las comunidades rurales, campesinas e indígenas surgen voces que desafían el discurso que justifica el saqueo y el despojo. No se trata únicamente de una oposición política a determinados proyectos extractivistas; se trata de otra manera de comprender la relación entre los seres humanos y la Tierra.
En este proceso, las mujeres ocupan un lugar fundamental. La ecofeminismo ha demostrado rigurosamente, que existe una relación histórica entre la dominación de la naturaleza y la subordinación de las mujeres dentro del sistema patriarcal y capitalista. En las comunidades campesinas son ellas quienes, por su experiencia cotidiana en el cuidado del agua, las semillas, la alimentación y la reproducción de la vida, perciben primero la contaminación y del deterioro ambiental. Su sabiduría está profundamente arraigada a la experiencia comunitaria, donde las mujeres nos alertan que existen bienes que no pueden reducirse al lenguaje del mercado. Para ellas, el agua no constituye simplemente un recurso; representa un ser vivo, un don, un vínculo espiritual que conecta a las personas con la tierra, con la comunidad y con las generaciones futuras.
La cosmovisión de las poblaciones ancestrales de los Andes, reconocen el carácter sagrado de la naturaleza; el agua, las montañas y los páramos, por eso merecen respeto y cuidado. idea que ha prevalecido a lo largo de la historia generando un sincretismo con la tradición cristiana. Ambas reconocen que la naturaleza no es propiedad absoluta del ser humano, sino una realidad que debe ser cuidada y transmitida a las futuras generaciones en el marco de la reciprocidad.
Este encuentro entre espiritualidades se hizo visible el domingo 19 de julio en la Catedral de Cuenca. La entronización de la Virgen del Agua, seguida por una peregrinación hacia el páramo y la proclamación simbólica de este como Catedral Natural. Este hecho no fue únicamente una celebración religiosa, fue un acto de encuentro, de compromiso con la justicia ambiental, de resistencia compartida y sobre todo un acto profundamente político y cultural. El ritual reivindicó su dimensión sagrada y recordó que existen territorios cuyo valor no puede medirse en toneladas de cobre, onzas de oro o rentabilidad financiera.
Las mujeres campesinas que defienden el agua nos muestran que la transformación no comienza en los foros internacionales y peor en los discursos del poder. Comienza en los territorios, en la organización comunitaria, en la memoria colectiva, en la espiritualidad compartida y en la convicción de que cuidar el agua es, en última instancia, cuidar la vida misma. Por eso, quizá uno de los mayores desafíos de quienes participamos en el Quinto Rio, consiste en transformar los llamados territorios de sacrificio en territorios de cuidado, lo que implica abandonar una civilización fundada en la explotación ilimitada de la naturaleza para construir una ética de la vida que coloque en el centro la dignidad humana, la protección de los bienes comunes y el reconocimiento de la interdependencia entre todos los seres vivos.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/bgdzu
Ana Cecilia Salazar Vintimilla, trabaja junto a mujeres campesinas de la comunidad de San Cristóbal.
Miembro del Cabildo popular por la defensa del agua de Cuenca, del directorio de la Casa de Acogida María Amor, del Colectivo ciudadano Cuenca ciudad para vivir, y del colectivo Voces Azuayas libres y diversas.
Profesora en diversas maestrías en temas de Derecho a la ciudad, Sociología urbana, Sociología política, Género y derechos colectivos.
Fue directora de la Carrera de Sociología, de la revista COYUNTURA, de Vinculación con la Sociedad de la universidad de Cuenca.
Cuenta con múltiples publicaciones en revistas locales, nacionales e internacionales.
Posgrados en: Psicología Organizacional por la Universidad de Lovaina-Bélgica, Maestría en Investigación Participativa de la Universidad Complutense de Madrid y en Gestión Universitaria por la universidad de Cuenca.