He reunido y he dejado caer piedras sobre la mesa. Todas distintas en tamaños, formas y texturas. A cada una le he puesto el nombre de mis antepasados, de aquellos que he escuchado un pedazo tan mínimo de sus historias, como que uno nació en el Sígsig y otra que era muy pequeña, la bisabuela que tocaba la guitarra y el abuelo que era dibujante… y de los que estuvieron ausentes y sin nombres, como si fueran fantasmas, pero que de todas formas corren en mí. Es increíble darme cuenta qué poco sé de los míos, la misma afirmación que más tarde dirán mis hijos. Cuando guardé las piedras en una fundita de joyas recordé a Rebeca Buendía el día que llegó a Macando, los huesos de sus padres en un talego sonaban cuando querían hablar.
¿De dónde y de quiénes venimos? En una ciudad pequeña esto transcurre por la memoria colectiva de manera natural, pero para los que salieron de ella siempre existirá una añoranza y el deseo de que su descendencia pertenezca en alguna medida a esa ciudad; sin embargo, ¿regresar no sería convertirse en estatuas de sal como la mujer de Lot? El que regresa no es ni de aquí ni de allá. Esta razón puede servir para comprender a los expatriados, a los migrantes de hoy; vuelven rendidos, muchos fracasados, con sus sueños incumplidos… a un país y unas ciudades que poco entienden de sus realidades vividas allá, no solo políticas y económicas, sino también emocionales.
Cuántas veces he tratado de escribir la historia de mi abuela materna desde varias memorias: la mía, la de mi madre, la de su última hermana con la cual sostuve muchas reuniones en su patio y en su sala o mientras desayunaba muy limpita sus huevos tibios, y recogí su voz desgastada, casi entre dientes para conocer y entender la vida familiar que mi abuelita me contó a medias. Es inefable. Por más que viví con mi abuela sus últimos quince años de vida, nada sé ni de esos años en los que yo era una niña, peor de sus sesenta y cinco anteriores. Las cosas de los muertos se van perdiendo entre las cosas de los vivos como una blusa raída y amarillenta, un rosario y peinetas de nácar, una vajilla… con la muerte de mi madre se dispersarán aún más hasta pasar a ser objetos viejos sin importancia, se perderán o dañarán en los traslados, y entonces mi abuela se terminará de morir. Con mi padre hice algún tanto, por ahí debe estar algún cuaderno con anotaciones. Tengo de su abuela un Niñito y un cuaderno de recetas con su propia letra.
Haciendo cuentas, ¿cuánto duramos entre nacer y morir, y que alguien sostenga nuestras cosas?, solo hasta que ese alguien también muera. Y si se mantienen, como el Niñito que contemplo, ¿qué me dice? Nada. Es decir, esa mujer, a la vista, Concepción Larrea Cabrera simplemente ha muerto. Pero en la sangre, en mis acciones, algo de ella sigue muy vivo, y desconozco.
Si no hemos pensado en rescatar la memoria, La voz de las piedras, de Nobara Hayakawa, publicada en 2024, es una oportunidad para repensarnos desde ahí.
Últimamente, desde hace algunas décadas, está vigente la terapia sistémica Constelaciones Familiares, del teólogo, filósofo, pedagogo y psicoterapeuta alemán Bert Hellinger que busca deshacer nudos y poner en orden el clan familiar para que nuestro presente fluya sin obstáculos y lealtades invisibles que nos hagan mal, como comprueba la serie turca Mi otra yo, de Zeytin Aǧaci, transmitida por Netflix. ¿Hasta qué generación alcanza el recuerdo de la familia?
Puedo pensar que Hayakawa ha recibido la influencia de todo lo sucedido entre los 70 y 90; ella de 1973, y yo tres años antes; además, por haber nacido en Colombia, siendo yo ecuatoriana, tenemos cosas en común. Entre las influencias percibo algo del psicoanálisis de Jung, algunas referencias de la mitología griega como los arquetipos, el destino, un devenir metafísico, una resonancia de las teorías de la New Age; y al ser vecinas las dos, tenemos experiencias latinoamericanas, prácticas comunes y sentencias vigentes.
Para la autora «Ser es un asunto biológico, cultural y social. Y metafísico» (p. 37), yo diría que ser es un asunto también espiritual. Si desglosara estos principios de Hayakawa ¿qué respondería que soy desde la biología?: una mujer mestiza, de tamaño estándar, con sangre B+ de mi padre, gorda y nada fina en mi contextura física, de tez blanca y rojiza, con un cuerpo en forma de triángulo invertido, con tendencia a la diabetes y a la presión alta… Desde mi cultura soy una ecuatoriana nacida en Chicago que no sabe inglés, católica por herencia y práctica de ambas familias y por el colegio y por fe, ideológicamente conservadora en muchos aspectos, pero podría pensarse lo contrario por mi manera de vivir, pero soy libre en tanto tenga que ver con hacer lo correcto, que no quiere que nada le impida caminar, que disfruto de la propia tierra, amo el español y la literatura, la música y la comida ecuatoriana, como las manifestaciones artística del Ecuador que me sorprenden y me hacen feliz y, a veces, también me hacen sufrir y pensar; con unos ancestros muy recios y firmes a los que les quiero hacer honor con mi vida, y otros muy desconocidos, misteriosos y equivocados de los que no me gustaría reproducir nada, pero con la certeza de que sin ellos no hubiera podido existir, ni tampoco mis hijas ni mi hijo; con la posibilidad de soñar, emprender u optar sin las trabas de ninguna corriente política…
Soy desde mi entorno social, es decir, desde mis padres, abuelos, tíos, primos, desde las ciudades donde me crie y he elegido vivir, desde el colegio al que asistí, los grupos a los que pertenezco, los eventos a los que voy, los restaurantes y parques y calles que escojo. Soy un devenir cósmico desde ese ancestro común hasta mis ocho bisabuelos, cuatro abuelos, mis padres hasta terminar en mí y en mi descendencia: ¿qué tengo en mi ADN de cada uno de ellos?, ¿cómo fueron sus vidas y qué tienen que ver con la mía?, ¿qué dejaré de ellos y de mí a mis potenciales nietos?: «Al parecer las mujeres creamos nuestros óvulos al cuarto mes de desarrollo dentro del vientre materno: esto podría significar que empezamos a existir en el vientre de nuestras abuelas» (p. 188). Y desde lo espiritual soy el plan de Dios que no sé si lo estaré cumpliendo, si lo llegaré a cumplir, y que con firmeza quisiera decir que soy su creación artística, y que solo por Él estoy aquí. ¿Todo esto tendrá que ver con el destino?, ¿he deambulado como Edipo para evitar mi destino y cumplirlo sin proponérmelo de una manera trágica por haber sido leal inconscientemente a alguno de mis antepasados?, ¿solo se puede ser consciente a través de las Constelaciones Familiares o hay otros métodos que nos ayuden a comprender lo que no estuvo bien? Y ¿qué soy para la gente?, ¿la nieta o la hija de alguien?, ¿la «ex» de tantos roles?, ¿soy una migrante interna que ocupó un espacio que no le pertenecía?, por venir de Quito, ¿quité algo de verdad? ¡Uf! No tengo consciencia de ello.
A la protagonista de esta novela, su esposo que ha viajado al Japón le dice: «Ha pasado algo terrible, MUY terrible: ¡No eres la nieta del gran pintor!» (p. 34). Y qué pasaría si me sucediera algo así. Recuerdo que recién casada alguien de mi familia política que tiene mis mismos ancestros, dijo delante de mucha gente: «Pero no eres de los mismo, ¿no?». Y me quedé callada. En mi cabeza todavía adolescente no tenía ninguna importancia el pertenecer a un clan, pero se movieron las placas tectónicas de mi familia como los huesos de ese talego de Rebeca Buendía: «quizás para quienes crecemos solo con la familia nuclear, las ruidosas mesas con familias numerosas constituyen un anhelo inexpresado, porque reconocemos la soledad de quienes han perdido a su tribu original y deben esforzarse por crear una propia» (p. 312). Allí se rompió una parte de la inocencia y me he ido asumiendo de mí hacia mí, es decir, tuve que buscar mi propio camino, sin que nadie supiera a qué familia grande pertenecía y renuncié a esa idea sin más, muchas personas se quedarían locas de saber que soy su «prima» en algún grado.
Pero algo que me inquieta de la novela es que el esposo de Nobu, Masatoshi, «estaba muy orgulloso de haberse casado con la nieta del famoso artista Takehisa Yumeji» (p. 13), y ¿qué pasó con él cuando eso cambió? Cuando yo me casé tenía la idea de que mi familia y yo éramos eso que proyectábamos, es algo que se asume sin pensarlo, pero esas apariencias tienen que estar sustentadas en la verdad y no en un disfraz para tapar algo. A los pocos años de mi matrimonio salió a la luz una verdad de mi familia que yo ni ninguno conocíamos. Si mi exmarido hubiera sabido, ¿se hubiese casado conmigo?, ¿de haber conocido yo misma esa verdad hubiese sido honesta en contársela? Eran los años 90. Los tiempos han cambiado. Y aquí viene una sentencia que de acuerdo a la experiencia es muy cierta y beneficiosa: «No hay mal que por bien no venga», es decir: ¿ese familiar ocultó su verdad para no ponernos en el dilema de tener que decirlo o no?, pero ¿se previno el dolor?, ¿siempre es mejor la verdad por más dolorosa que sea? Mi hija un día me dijo: «¿tengo que pagar las culpas de ustedes?».
Hubiera sido maravilloso tener tanto discernimiento y actuar de tal manera que no les afectáramos a los hijos. Qué puedo decir ante esto, solo PERDÓN. Y que maravilloso es poder levantarnos todos los días con la oportunidad de actuar con la intención de ser honestos, y en todos los sentidos, para que nuestros hijos no sufran en el futuro las consecuencias de nuestros actos. En la novela, los hijos de Noe sobrellevaron las consecuencias de las decisiones de sus padres y no hubo el tiempo para que ellos comprendieran que Noe, por el contrario de haber hecho algo indebido, más bien abrió el camino a las mujeres del Japón, pero el Japón hasta la II Guerra Mundial no estaba listo para crear y asumir políticas feministas, y Noe murió en 1923, afectándoles con sus prácticas feministas a sus hijos: «Ninguno de ellos pudo ingresar a la universidad por la fama que los precedía: la sanción social continuó en la siguiente generación como una maldición» (p. 125).
No es una novela fácil, es un collage de personajes, trozos de vida que podrían importar poco o nada, pero podrían servir también de espejo, por lo menos a mí me ha reflejado todo esto que he contado.
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