César Andrade y Cordero

(1904-1987)

I

SALUTACIÓN

Ave de oro, cruzada punta a punto del viento,

en tu oreja de vidrio va soplando mi canto.

Aquí estoy, padre río, aquí estoy con mi infancia

de la mano traída. Aquí estoy con la Historia

y con todos los carros de la Historia. Aquí tengo

los cementos del Inca y el gramil de Bolívar,

y el bauprés de esperanzas de Colón, y el canasto

de silencios maduros de Ollantay, y el pañuelo

de sonrisas de Kóyllur, y el molino de estrellas

de los ojos de Wayas, y la gran mariposa

de la abuela Colonia, y la cántara fresca

de la risa cacique frente a España Matrona.

Ave de oro, cruzada punta a punta del viento,

en tu oreja de vidrio va soplando mi canto.

Aquí estoy con mi infancia de la mano traída,

Aravicu patriarca, vegetal y barbado.

Aquí traído, encendido, el jazmín de Castilla

y en su polen la abeja de la Lengua chupando.

Aquí estoy, padre río, con mi lodo de América

a tu lodo de auroras en hogaza amasado.

Traigo el ángel bandido de la guerra en el puño

y los niños rosados de la paz en la entraña.

Aquí estoy, aquí traigo para ti, varón ancho,

Caballero de música, todo el vientre del canto.

II

OFRENDA

Alazán encrinado de algodones sonoros,

yo te parto mi verso, y mi pan, y mi manta,

y mi mesa, y mi casa, y mi miel, y los higos

del jardín, la sonrisa de los hijos, la mano

de la madre, que pare bendiciones al alba,

Conocedora de palabras

y el calor de la amada, y el tizón de la pena

encendida y eterna; y el bocado de risa

mañanera; y el grito de los fresnos de Mayo;

y la estrella al crepúsculo. La niñez de la rosa.

Las resinas del bosque con pulmón de cortezas.

Y el verano barbudo que amarilla los besos…

¡Y, por fin, yo te parto mi ración de esperanza!

Toma y come mi canto, como un pan pobre y grueso.

Toma y come mi canto, y mi infancia, y mi arcilla,

y mi vaso de carne, y mi fruta de música.

Joven potro celeste, navecillas de luna

se llevaron las nueces de mis años a tu anca;

y aunque hoy busco el cobijo de tu poncho de cielos,

han de hincarme las carnes los cuchillos del ansia.

¡Aquí estoy, y te me abro como un puente en tijeras

para ahijarme más tuyo con mi son de montaña!

III

ICONOGRAFÍA

Caballero de vidrio en tu potro de vidrio.

Frente a ti pongo el verso cual molino o giralda.

Caballero Quijote, tus carneros de espuma

se te escapan, en tanto se te burla el paisaje.

Padre río, te tiendes, como un Cristo de siglos,

desagarrándote auroras, en tu cruz de cristales.

Y te vienes desde antes jamás a cantarnos–con un vaho de astro roto– tu canción de jamases.

Padre río, te extiendes, en un guion de palomas,

musical e infinito, punta a punta del tiempo,

Y en tu voz –donde rasgas una sábana eterna

das un fruto de azúcar semillado de cielos.

Alazán encrinado de algodones sonoros,

río bravo y cantor, joven cabro en acecho:

aunque llore y apriete sus rodillas el agua,

con la piedra separas sus dos muslos de espuma.

Padre río, labriego leñador de paisajes,

tus jubones azules has colgado en los cerros;

Por mirarte, las casas se han parado en dos patas,

y, a lo largo del tiempo, te hacen guardia los vientos.

Padre río, en el día como un jíbaro hermoso

Juntas todas tus hembras y abanicas los cantos;

Y en la noche, cagado de leones de sombra,

En la esquina del viento te has parado a insultarnos.

IV

RECLAMO

Padre río, en ti rueda, como un aro de luna,

el sonoro juguete de mi infancia dorada.

Padre río, en ti lavo mi hopalanda de música

y en mi sangre hallo el grito de tus toros de espuma.

Padre río, al rasgare las mil sábanas ciegas

de tu voz, yo arrodillo la canción en la lengua:

cantas tú, padre río, cantas tú, varón claro,

Y se callan los vientos y se empinan los astros.

Cantas tú, y en su casa de guijarro y cristales–burbujeante de miedo– se hunde el pez de mi canto.

V

EXULTACIÓN

Alazán encrinado de algodones sonoros,

de tus cascos de vidrio brota el polvo del canto,

joven potro celeste, yo te parto canciones:

alza, en cambio, hasta mí tu tocino de espumas.

Y hazme un hondo mordisco musical en el pecho.

Tu agua, en senos de piedra, brote leche de siglos.

Tus azules incendios troten todos los vientos.

Con fusiles de brisa caza vírgenes locas.

Haz cuadrarse la lluvia con los sables del agua.

Al riñón de la luna da masajes de nube.

Haz rodar las naranjas de la tarde en tus lomos.

Conocedora de palabras

Empavesa los álamos, encristala el silencio,

a tu inquieta pupila pon pestañas de sauce,

vuelva verdes canastas vegetales y corre,

y anda, y márchate, viejo violador de montañas,

con el hondo latido de mi verso en el pecho,

a tumbarle a la mar como una hembra en las playas.

Portada: foto Ana Lucía Montesinos

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