CUENCA, LA CIUDAD MIDAS
Cuando leo una y otra vez el poema de la magistral Catalina Sojos, Cantos de Piedra y Agua, memoro la ciudad ancestral, la ciudad con identidad, la Guapondélig, fortaleza de la resistencia cañari; la Tomebamba, el refugio de paz inca; la que asombró a los españoles y la bautizaron como Santa Ana de los Cuatro Ríos de Cuenca. Esa ciudad enclavada en los Andes, fría y tranquila, pero que ya no es más.
Y no es más, porque en los últimos años Cuenca se ha convertido en la ciudad Midas. Así como Midas, el rey que todo lo que tocaba lo convertía en oro, esta ciudad, con la visión de la administración municipal actual, todo lo que toca, todo lo que tiene, todo lo que posee, toda su identidad y esencia la ha convertido en un atractivo turístico.
Ya no se piensa más en El Cajas como un lugar de cuidado para mantener nuestras fuentes de agua, se piensa en los miles de turistas que llegan cada fin de semana, no importa la seguridad, sino que deben estacionarse los cientos de vehículos a los dos lados de la vía o en el bus de dos pisos que llega hasta este refugio de vida; importa más el turismo, por eso, sigamos permitiendo hosterías, restaurantes y refugios bulliciosos en este espacio.
No se piensa en un Jardín Botánico para preservar la flora y fauna que le caracteriza y le da identidad a esta ciudad, sino como un atractivo turístico más, y para ello hay que instalar luces para recorridos nocturnos. Ya no es el cerro de Turi que tiene decenas de historias y fábulas, ya no es ese Apu al que nuestros ancestros, junto con el Guagualzhumi y el Cojitambo lo consideraban guía y guardián de esta tierra, pues ahora es un mirador lleno de bulla, con restaurantes y paseos de luces de neón.
Hace unos meses, el Yanuncay convertido en una pista de motocross para el salto más largo porque el Prefecto dijo que somos “Azuay Extremo” y el turista necesita ver ese espectáculo. Ya no es más el Parque Calderón, que convocó a revueltas y huelgas, el que guarda la historia de la disputa entre conservadores y liberales – memoria de ello el monumento en el lugar en que falleció Luis Vargas Torres-; no importa más el lugar que guarda la memoria de la huelga de la sal, que es parte de la historia de esta ciudad que se ha forjado aislada del resto del país por encontrarse situada detrás del nudo del Azuay, porque ahora es una discoteca y bullicio al aire libre para atraer a los turistas con totems para la selfie.
Ya no es más la ciudad que la habitamos, porque hasta eso se nos está negando, porque los departamentos y casas son convertidas en er bienbi.
¡Al carajo la identidad de la ciudad! ¡Al diablo nuestra naturaleza y entorno que nos caracterizaba y del cual nos sentíamos orgullosos! ¡Qué importa lo sagrado de los espacios religiosos, la foto y el TikTok importan más! ¡Qué importan veinticinco árboles o las faldas de un bosque si vamos a tener el mall más grande del Ecuador! ¡No queremos ser una ciudad andina, porque nos dicen que somos la pequeña Europa! ¡No importan los polinizadores, aves o cazadores nocturnos, importa crear atractivos nocturnos con reflectores para los turistas!
Y me atrevo a escribir esto porque me ha causado gran asombro el anuncio relacionado al Jardín Botánico y su iluminación para recorridos turísticos nocturnos. Ese espacio creado para preservar y cuidar la flora y fauna que le hacen única a esta ciudad, que tiene un laboratorio de entomología para entender la dinámica de los insectos en la preservación de la vida, corre el riesgo de convertirse en todo lo contrario para el propósito que fue creado y que tienen los jardines botánicos en el mundo.
Cuando investigadores ven con preocupación la desaparición de las luciérnagas porque cumplen una función polinizadora y son alimento para otras especies, cuando dicen que la desaparición de los insectos provocará una pérdida de biodiversidad capaz de provocar una crisis alimentaria. Que la contaminación lumínica ahuyenta polinizadores nocturnos, altera los ciclos naturales de las aves y plantas, altera la cadena trófica de reptiles y mamíferos cazadores nocturnos. Nada de eso importa, porque queremos un nuevo atractivo para los foráneos, y no pudo ser mejor idea que poner lucesitas. Como si volver a ver las luces de las luciérnagas sincronizadas fuera poca cosa. O escuchar cantar a las ranas cutines o marsupiales no fuera un acontecimiento asombroso.
Y esto no es un tema de romanticismo ni son solo los animales, sino esas afecciones nos pasarán la factura a quienes habitamos esta ciudad, pues todo está interconectado (Una Sola Salud), y lo que pase en el entorno, con la salud de los ecosistemas y la salud animal, también nos terminará afectando, y ya lo estamos sintiendo con las olas de calor y sequías.
Sin duda, el turismo es necesario y es una actividad que genera ingresos económicos, pero no puede ser caótico, que desnaturalice la esencia de la ciudad y sus espacios, que poco importe la ciudadanía y habitantes que han sostenido desde siempre a esta ciudad a cambio de contentar a un turismo cada vez menos consciente. Que la farra y vida nocturna de la costa, por la inseguridad, se traslade a las calles y espacios públicos de nuestra ciudad. Se trata de fomentar un turismo responsable, planificado, que respete y viva la ciudad Patrimonio de la Humanidad, que mire con respeto la ciudad guardiana de la Reserva de Biósfera reconocida por la UNESCO, que se adapte a la ciudad saludable y sostenible que siempre ha sido y que nos generaba orgullo.
Mi llamado final, sobre todo a la administración municipal, así como Midas se quedó hambriento, perdió a su familia y amigos, esta ciudad, cuando toda la parafernalia se acabe, cuando el bullicio cese, cuando encuentren otro lugar mejor y con más farra, quedará desolada, abandonada y con hambre, añorando sus mejores épocas. No permitamos que eso pase.
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