Hoy, 21 de septiembre, tiene lugar el equinoccio, fecha que marca el inicio del otoño en el hemisferio norte y que, en los pueblos andinos, está vinculada al comienzo de un nuevo ciclo agrícola. Es un tiempo de fertilidad y de preparación de la tierra, asociado al Killa Raymi, la Fiesta de la Luna, una celebración que honra las semillas, la fertilidad y la feminidad.
Esta celebración no solo conecta a las comunidades con la tierra, sino también con su herencia cultural y con una sabiduría ancestral que ha enseñado, generación tras generación, a respetar la naturaleza y sus ciclos. No se trata únicamente de una tradición del pasado sino de una manera de comprender la vida y de una relación de reciprocidad con el territorio.
Acabamos de conmemorar el primer aniversario del Quinto Río y, en uno de los encuentros realizados con ocasión de esta fecha, se insistía en la importancia de educar a niños y niñas en el amor a la naturaleza y en el cuidado del agua, porque lo que está en juego es la vida y el bienestar de las futuras generaciones. Quizás por eso esta fecha simbólica debería motivarnos a que las escuelas, las familias y también los grupos de amigos vayamos a caminar por nuestros páramos y montañas; que conozcamos los lugares donde nace el agua y comprendamos los procesos que hacen posible su existencia. Conocer el territorio nos ayuda a superar la distancia, cada vez mayor, entre el campo y la ciudad y a reconstruir nuestros vínculos con la naturaleza; porque solo se ama lo que se conoce y solo cuando el conocimiento se transforma en afecto, conciencia y responsabilidad podemos cuestionar una lógica que pretende convertir la naturaleza en mercancía y a las comunidades en simples obstáculos para la inversión. Quien conoce puede reconocer lo que está en juego; quien reconoce puede organizarse; y quien se organiza puede defender aquello que considera esencial para la vida.
La defensa del agua, los páramos, los bosques, las semillas y la tierra implica también preservar nuestra cultura andina, respetar su sabiduría, mantener vivas las historias de las comunidades y reconocer los conocimientos de quienes durante generaciones han cuidado el territorio, especialmente de las mujeres que han sido guardianas silenciosas de esos saberes y de las prácticas cotidianas que sostienen la vida, porque ellas han desempeñado históricamente un papel fundamental en la selección y conservación de las semillas, en la preparación de los alimentos y bebidas rituales y en la transmisión de conocimientos relacionados con los ciclos agrícolas.
La cosmovisión andina se construye alrededor de la dualidad, la complementariedad y el equilibrio. Así como el Inti Raymi celebrado en junio, está relacionado con el sol, la cosecha y la fuerza vital masculina; el Killa Raymi se vincula con la luna, la mujer, la fertilidad, la vida y el cuidado. En distintas comunidades andinas, estas fechas continúan siendo una oportunidad para revalorizar la sabiduría ancestral, agradecer los frutos de la tierra, promover formas sostenibles de agricultura y recordar la relación de reciprocidad entre la naturaleza y los seres humanos.
Esta relación con la tierra adquiere hoy una nueva dimensión frente a los estragos del cambio climático. La alteración de los ciclos de lluvia, las sequías y la degradación de los ecosistemas amenazan la producción agrícola y, con ella, las condiciones mismas de reproducción de la vida. Por eso, defender los recursos naturales no significa solamente proteger un río, un bosque, una montaña, una semilla o una fuente de agua, significa también defender la memoria y la sabiduría de los pueblos que han aprendido a vivir en esos territorios, a cuidarlos y a reconocerlos como fuentes de vida. El poder económico suede necesitar del olvido para imponer otra mirada sobre el territorio. Cuando se borran las historias locales y se desprecian los saberes ancestrales, resulta más fácil convertir la naturaleza en mercancía, presentar el río como un simple recurso hídrico, la montaña como un depósito de minerales, el bosque como madera disponible o la tierra como un espacio vacío susceptible de ser explotado.
Quizás una de las primeras tareas de la defensa del agua, de la tierra y de la naturaleza sea precisamente no permitir que nos roben la memoria, porque cuando un pueblo pierde la memoria de sus territorios, otros pueden venir a decir que esos territorios deben ser sacrificados en nombre del llamado “progreso”. El pasado 16 de septiembre volvimos a demostrar que somos un pueblo que respeta su historia y por ello podemos afirmar con fuerza que sabemos de dónde venimos, sabemos lo que hemos cuidado y sabemos por qué debemos defenderlo. La memoria, entonces no es solamente recuerdo, es conciencia, es identidad y también es una forma de resistencia.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/xu62ho
Ana Cecilia Salazar Vintimilla, trabaja junto a mujeres campesinas de la comunidad de San Cristóbal.
Miembro del Cabildo popular por la defensa del agua de Cuenca, del directorio de la Casa de Acogida María Amor, del Colectivo ciudadano Cuenca ciudad para vivir, y del colectivo Voces Azuayas libres y diversas.
Profesora en diversas maestrías en temas de Derecho a la ciudad, Sociología urbana, Sociología política, Género y derechos colectivos.
Fue directora de la Carrera de Sociología, de la revista COYUNTURA, de Vinculación con la Sociedad de la universidad de Cuenca.
Cuenta con múltiples publicaciones en revistas locales, nacionales e internacionales.
Posgrados en: Psicología Organizacional por la Universidad de Lovaina-Bélgica, Maestría en Investigación Participativa de la Universidad Complutense de Madrid y en Gestión Universitaria por la universidad de Cuenca.