La Democracia no comienza ni termina el día de las elecciones. Es una forma de entender la convivencia humana, una cultura política basada en el reconocimiento del otro, en la posibilidad del desacuerdo y en la certeza de que ningún poder puede situarse por encima de las reglas que garantizan la participación de todos y todas.
La filósofa Hannah Arendt sostenía que el poder no nace de la imposición, sino de la capacidad de las personas para actuar juntas en el espacio público. El poder auténtico, decía, existe mientras las personas deliberan, participan y construyen colectivamente. Esa reflexión resulta particularmente pertinente en un momento en que distintos acontecimientos en América Latina parecen recordarnos que las democracias rara vez desaparecen de un día para otro; suelen erosionarse lentamente, decisión tras decisión, silencio tras silencio.
Las recientes declaraciones del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, afirmando que en su país ya no habrá elecciones porque “el pueblo ya decidió”, representan quizá la expresión más acabada de esa deriva autoritaria.
Ecuador no vive una realidad comparable, aún. Sin embargo, ello no significa que esté libre de señales preocupantes. Las decisiones adoptadas en torno a la participación de determinadas organizaciones políticas en el proceso electoral de las elecciones seccionales de noviembre de 2026 han abierto un debate legítimo sobre la vigencia del pluralismo político y las garantías electorales. Más allá de las interpretaciones jurídicas, toda democracia debe asegurar que la competencia política se desarrolle bajo reglas transparentes y equitativas, evitando cualquier percepción de que el poder busca reducir las opciones de quienes piensan distinto.
Las democracias se debilitan también cuando el disenso comienza a ser visto como una amenaza, cuando las instituciones reducen los espacios de deliberación y cuando la concentración de decisiones reemplaza la participación colectiva.
Esta reflexión interpela de manera especial a las universidades.
Paulo Freire entendía la educación como un acto profundamente democrático. Enseñar, afirmaba, nunca consiste en depositar conocimientos sobre estudiantes pasivos, sino en construir, mediante el diálogo, sujetos capaces de transformar la realidad. No existe educación liberadora sin participación, ni pensamiento crítico allí donde predomina el silencio impuesto.
Por ello resulta inquietante que en la Universidad de Cuenca se acumulen decisiones que generan dudas sobre la fortaleza de su cultura democrática. La ausencia de convocatoria a elecciones internas para la renovación de autoridades constituye un asunto que merece una discusión abierta dentro de la comunidad universitaria.
Las universidades deben ser el lugar donde las diferencias puedan expresarse sin temor, donde las autoridades comprendan que la crítica fortalece la gestión y donde las ideas se confronten mediante argumentos, nunca mediante restricciones.
Resulta inevitable preguntarse qué mensaje transmite una institución académica cuando posterga procesos electorales o reduce los espacios de participación. En una democracia, las autoridades no deberían temer a las urnas ni a las voces críticas. La posibilidad de perder una elección forma parte de la esencia misma del sistema democrático. Del mismo modo, gobernar en medio del disenso constituye una de las principales responsabilidades de quien ejerce una función pública.
Arendt advertía que el mayor riesgo para la vida política aparece cuando los ciudadanos dejan de participar y el espacio público se vacía. Freire, por su parte, recordaba que el silencio nunca educa; únicamente reproduce relaciones de dominación. Ambas reflexiones convergen en la idea de que el miedo reemplaza al diálogo, a la participación y por lo tanto a la democracia.
La Universidad de Cuenca posee una tradición centenaria de autonomía, pensamiento crítico y compromiso con las libertades públicas. Precisamente por esa historia tiene una responsabilidad mayor. Está llamada a diferenciarse de las prácticas que con frecuencia desacreditan a la política tradicional, demostrando que es posible ejercer el poder desde la transparencia, la deliberación y la confianza en la inteligencia colectiva.
Porque las universidades no deben parecerse a los gobiernos que concentran el poder, sino convertirse en la mejor alternativa frente a ellos. Deben enseñar, con el ejemplo, que la autoridad se legitima escuchando antes que imponiendo; convocando antes que excluyendo; dialogando antes que temiendo.
Defender la democracia implica condenar el autoritarismo donde quiera que aparezca, ya sea en un Estado que elimina las elecciones o en cualquier institución que reduzca los espacios de participación. La democracia se debilita cuando las personas dejan de decidir, pero también cuando las instituciones dejan de confiar en ellas.
En tiempos de incertidumbre, quizá la mejor lección que pueden ofrecer las universidades no sea un discurso sobre la democracia, sino la decisión cotidiana de practicarla.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/1eaeg

Rosana Encalada Rojas, soy periodista con experiencia en radio, prensa y televisión. He sido docente y he trabajado también en Relaciones Públicas y Comunicación Organizacional. En la actualidad trabajo en la Dirección de Comunicación de la Universidad de Cuenca y en Radio Antena Uno. Soy directora del Portal Digital Voces Azuayas.