No mires hacia arriba. No mires demasiado. No mires lo que incomoda.
La consigna funciona bien para una película, pero mejor aún para la política contemporánea.
Hay al menos tres maneras de mirar la llamada “operación quirúrgica” de Donald Trump en Venezuela. Tres planos que no se ordenan: se pisan. El doméstico, el internacional y el moral. Tres capas de un mismo gesto que se presenta como técnica —limpia, precisa, casi médica— y termina revelándose como doctrina.
En Estados Unidos, algunos celebran. En Miami, sobre todo, la política exterior adopta la forma de una fiesta privada con música caribeña y consignas simples. En el resto del país, la escena apenas roza la superficie. El precio de los huevos, de la gasolina, del alquiler sigue siendo más urgente que una operación que, si algo salía mal, podía haber derivado en una guerra en toda regla. Ciento cincuenta aeronaves de combate escoltando una extracción no son una figura literaria: son una advertencia. Si había resistencia, no habría habido cirugía sino carnicería. Como en Gaza o Ucrania. Pero no miremos hacia arriba.
Y, sin embargo, para una acción de guerra contra otro Estado, la Constitución estadounidense exige algo tan incómodo como la aprobación del Congreso. No ocurrió. No solo no ocurrió: el Congreso fue engañado. Chuck Schumer, líder demócrata en el Senado, afirmó que en al menos tres reuniones privadas funcionarios de la Casa Blanca aseguraron que no habría intervención alguna en Venezuela. Otros congresistas dijeron lo mismo. Trump respondió con su argumento habitual: que, si el Congreso sabía, filtraría. Uno se pregunta qué valor tendría esa defensa en un juicio sin adjetivos emocionales, en una justicia que no se presente a sí misma como iracunda. Porque eso fue lo que hizo la fiscal general Pam Bondi: anunciar que Nicolás Maduro enfrentará “la ira total” de la justicia estadounidense. Un tribunal con ira previa. Una justicia con estado de ánimo. Un espectáculo más. No miremos hacia arriba.
En el plano internacional, el desorden es mayor. La lista de normas vulneradas es tan extensa que abruma. Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay; la Unión Europea —con la excepción previsible de Hungría—; Canadá. Todos se pronunciaron contra cualquier intento de control estadounidense sobre Venezuela. El Reino Unido pidió una transición pacífica, rápida y democrática. Todos hablan de algo que para Trump parece irrelevante: el derecho del pueblo venezolano a decidir su destino. Pero ese pueblo no entra en el encuadre. No aparece en la foto. No miremos hacia arriba.
China y Rusia, en cambio, respaldan a Maduro. China aclara que no piensa ceder ni un centímetro de sus inversiones en Venezuela. Rusia toma nota. El ejemplo es didáctico: si Estados Unidos puede ejecutar una “operación quirúrgica” en nombre de su seguridad, ¿por qué Moscú no podría hacer lo mismo en su vecindario? Bastaría con un comando, un pretexto, una frontera porosa. El derecho internacional, una vez roto, no se recompone: se imita. Pero sigamos mirando la pantalla chica.
Queda la dimensión moral, que es la más fácil de describir porque está ausente. Si Trump se hubiera limitado a capturar y juzgar con urgencia al responsable de un régimen criminal, todavía podría ensayar alguna coartada. Pero eligió decir otra cosa. Dijo que Estados Unidos gobernará Venezuela. Dijo que confiscará su petróleo, que lo venderá según su propio tarifario, que llevará empresas estadounidenses, que administrará los recursos del país. Luego amenazó a Colombia, a México, a Groenlandia. El mensaje fue claro incluso para quienes no suelen leer entre líneas: no se trata de democracia, se trata de botín. Una conquista. Una vieja historia contada con drones. Pero no miremos hacia arriba.
En 2023, Corina Machado lideraba las encuestas. El régimen la inhabilitó. En 2024, según la mayoría de los análisis independientes, Edmundo González ganó las elecciones. Maduro anunció su victoria —51 por ciento— antes de que se contara un solo voto. Frente a eso, una potencia que aún pretendiera representar la idea de libertad habría exigido elecciones libres y supervisadas. No lo hizo. Machado, ganadora del Premio Nobel de la Paz, fue declarada “no respetada” por decisión política informal de Washington. Ocho millones de sus seguidores viven hoy en la diáspora. Muchos no regresan por miedo a represalias; otros no pueden votar desde fuera. El problema no es su ausencia: es su exclusión. Pero no miremos hacia arriba.
Trump parece preferir otra cosa: una alianza con un “Maduro 2”, la vicepresidenta Delcy Rodríguez, la continuidad del régimen bajo la condición de obediencia. Si no, la amenaza es explícita: pagará más caro que Maduro. No es una metáfora. Es una advertencia.
Mientras tanto, la guerra vuelve a ser el poder supremo, así que los desheredados de la tierra seguirán muriendo en Ucrania, Palestina, Sudán, Yemen, Congo y en tantos otros conflictos armados; el mundo ensaya nuevas justificaciones para viejas barbaries.
En la película, el asteroide avanza mientras la gente discute, graba, comenta. En la vida real, pasa algo parecido. Si el mundo termina de incendiarse, no faltarán manos levantadas con un celular. Habrá transmisiones en vivo. Likes. Comentarios.
La política, convertida en contenido. La catástrofe, en espectáculo. Y nosotros, obedientes, sin mirar hacia arriba.
Portada: imagen tomada de https://acortar.link/QFuZhw

Periodista rumana afincada en Cuenca Ecuador, editora, creadora digital con amplia experiencia en comunicación institucional, vicepresidenta de la Unión de Periodistas del Azuay.