CORNELL: LA COMPLICIDAD DE LOS QUE CALLAN ANTE LA VIOLENCIA
El caso Cornell es perturbador. La violación de por sí ya es un hecho brutal, pero lo estremecedor es que alrededor de este imperdonable acto de violencia haya existido una comunidad de hombres que no solo no la detuvo, sino que pudo observarla, comentarla, banalizarla y convertirla en motivo de burla.
No puedo dejar de preguntarme: ¿qué hace posible que una mujer pueda ser violentada delante de otros hombres y que esos otros hombres no reconozcan en esa violencia un límite que jamás debería cruzarse?
La respuesta está, por supuesto, en la conducta individual de los agresores, pero también en la cultura que produce espectadores indiferentes, cómplices silenciosos y comunidades capaces de normalizar la humillación de una mujer. Es inconcebible que hayan existido conversaciones entre integrantes del grupo relacionadas con lo ocurrido, como si nada grave hubiese pasado.
Por eso, debemos plantearnos muchas más preguntas, no solo «¿quién violó?», sino también: ¿quién vio?, ¿quién supo?, ¿quién pudo intervenir?, ¿quién calló?, ¿quién convirtió lo ocurrido en una anécdota?, ¿quién se rio?, ¿quién protegió al grupo antes que a la mujer?, ¿quién decidió que aquello podía quedar dentro de las paredes de una fraternidad? Porque la violencia sexual no es únicamente el acto físico final: comprende también el proceso cultural que despoja a una mujer de su condición de sujeto y la convierte en un cuerpo disponible para otros.
En este caso, además, existe un elemento particularmente importante: la discusión sobre el consentimiento y la intoxicación. Es necesario insistir en algo que debería ser natural: estar borracha, drogada, dormida, paralizada por el miedo o incapacitada NO constituye consentimiento sexual. La responsabilidad recae sobre quien decide aprovecharse de esa condición.
El silencio también merece ser interrogado
Uno de los aspectos más graves del caso es precisamente el silencio.
No todo silencio tiene el mismo significado. Una persona que no sabe lo que ocurre no puede ser responsabilizada de la misma manera que quien presencia una situación de violencia y decide no intervenir. Tampoco puede equipararse jurídicamente a un espectador con un agresor. Pero desde una perspectiva ética e incluso legal sí es necesario examinar esa cadena de silencios, porque la complicidad social es una de las condiciones que permiten que la violencia sexual se reproduzca.
Y es peor aún cuando después se hacen bromas, se intercambian mensajes o se habla de la víctima como si fuera un objeto. Es ahí cuando la violencia física encuentra una prolongación simbólica. Y esa deshumanización es también violencia.
La fraternidad como espacio de poder
No es irrelevante que los hechos denunciados hayan ocurrido en una fraternidad.
No porque las fraternidades sean intrínsecamente espacios de violencia, sino porque las instituciones sociales producen determinadas relaciones de poder. En una estructura masculina cerrada, con fuertes vínculos de pertenencia, códigos internos y una cultura de lealtad al grupo; el riesgo de encubrimiento aumenta.
Entonces, hay que preguntarse qué aprendieron esos hombres sobre las mujeres antes de llegar a la universidad y qué aprendieron dentro de ella.
Cornell reconoce desde hace años que la violencia sexual constituye un problema persistente en su campus. Su propio grupo de trabajo sobre agresión sexual señaló que, en 2023, el 23 % de las mujeres estudiantes de grado y el 9 % de los hombres dijeron haber experimentado una agresión sexual durante su permanencia en la universidad.
Con estas cifras surge otra cuestión: ¿cuánto tiempo puede una universidad permitir que la violencia siga produciendo víctimas y que quienes la ejercen no reciban sanciones? Una universidad no puede limitar su responsabilidad a recibir una denuncia, abrir un procedimiento administrativo y, eventualmente, aplicar sanciones que no sean proporcionales a la gravedad de los hechos, ni mucho menos dejar de actuar.
Una universidad es también una comunidad educativa. Enseña con sus asignaturas, pero también con aquello que tolera.
No basta con enseñar a las mujeres a protegerse
Una respuesta tradicional a la violencia sexual suele colocar la carga de la prevención sobre las mujeres: no beber demasiado, no caminar solas, no aceptar bebidas, no vestir de tal o cual manera, no ir a determinadas fiestas, no confiar en determinados hombres.
Pero mientras enseñamos a las mujeres a reducir los riesgos, brota otra inquietud: ¿por qué no estamos enseñando a los hombres a no violentar y, sobre todo, a intervenir cuando otro hombre lo hace?
El hombre que entra a una habitación y ve que una mujer no puede consentir debe detener la situación. El amigo que escucha una conversación degradante debe cuestionarla. El estudiante que recibe un mensaje que convierte una agresión sexual en una broma debe negarse a participar.
Cuando la violencia es celebrada
Finalmente, hay una dimensión especialmente cruel cuando la violencia se convierte en chiste. La risa frente al sufrimiento de una mujer no es necesariamente el origen de la violencia, pero puede funcionar como su legitimación social.
Reírse significa que el cuerpo de una mujer puede convertirse en entretenimiento. Que su humillación puede producir diversión. Que la masculinidad del grupo se reafirma mediante la degradación de ella.
Frente a ello hay una necesidad urgente. La cultura cambia cuando sus miembros saben que hay cosas que simplemente no se hacen. Cuando un hombre entiende que su amigo no será «un héroe» por aprovecharse de una mujer intoxicada. Cuando una fraternidad entiende que el silencio no protege a nadie. Cuando los espectadores saben que intervenir es una obligación ética. Cuando una universidad deja de pensar solamente en cómo responder después de la violencia y comienza a preguntarse qué condiciones sociales permiten que ocurra. Y, sobre todo, cuando una mujer deja de cargar con la responsabilidad de explicar por qué no pudo defenderse.
Si una universidad pretende formar ciudadanos, profesionales y líderes, entonces también debe enseñar algo que ninguna carrera debería considerar optativo: que frente a la violencia contra una mujer no existe neutralidad moral en quien tiene la posibilidad de detenerla.
Portada: imagen tomada de: https://n9.cl/8fl8go

Rosana Encalada Rojas, soy periodista con experiencia en radio, prensa y televisión. He sido docente y he trabajado también en Relaciones Públicas y Comunicación Organizacional. En la actualidad trabajo en la Dirección de Comunicación de la Universidad de Cuenca y en Radio Antena Uno. Soy directora del Portal Digital Voces Azuayas.