¿A DÓNDE IREMOS A PARAR?
La historia política y social del Ecuador en las últimas décadas ha sido desconsoladora. Tanto que provoca ni siquiera acordarse de todos los males que nos han aquejado.
No me referiré a los desastres naturales, las epidemias y pandemia que nos han asolado, pues sobre ellos poco o nada podemos hacer para evitarlas. Aunque sus efectos pudieran ser menos desastrosos si tuviéramos un país con instituciones que funcionen, con sistemas eficientes que puedan dar respuesta a los imponderables, sin tanto y tanto corrupto que pulula en la institucionalidad pública.
Me referiré a lo que extrapolando podrían considerarse desastres antrópicos, porque son provocados por los humanos y sin duda evitables y prevenibles, pues los actos de corrupción de los que nos enteramos, algunos ya juzgados, han ocasionado auténticos desastres no sólo al erario nacional sino a la vida y convivencia de los habitantes del país.
Algunos de los que han lucrado afectando enormemente la calidad de vida de la población del Ecuador, han podido hacerlo porque ocuparon la Presidencia o Vicepresidencia de la República por obra y gracia del voto popular; otros, porque los elegidos los eligieron, los designaron ministros, les entregaron poderes y les dieron carta blanca para actuar.
Algunos se encargaron de armar –en las instituciones por las que pasaron o manejaron- un entramado afín a sus protervos intereses, para protegerse, para procurar su impunidad.
No hay que olvidarse de otros elegidos para dirigir los Gobiernos Autónomos Descentralizados, alcaldes, prefectos, concejales, gerentes de instituciones o empresas públicas, viceministros, subsecretarios, coordinadores, etc., que son parte de la vergüenza nacional.
Escribo la última frase y pienso si solo a unos pocos nos avergüenzan, si quizá la mayoría de la gente ha normalizado las conductas corruptas, si se han vuelto parte del paisaje que ya no sorprenden ni repugnan. Acto seguido me recrimino por ser mal pensada, por creer que a la mayoría no le importa lo que han hecho.
Recuerdo entonces las defensas irreflexivas, furibundas de tantos y tantos en redes sociales respecto de personajes condenados y procesados, a los que probablemente no han visto personalmente en su vida, que no los conocen (porque verlos en televisión, periódicos, redes, canales diversos de comunicación, o en algún mitin, no es conocer), pues no han tenido trato o comunicación directa ni personal con ellos; y, reculo. Reculo también al acordarme de quienes han expulsado de su vida a familiares y amigos a los que han ofendido y maltratado por pensar diferente, por no darles la razón, por pensar.
Nuevamente elucubro, será que no les importa, que les da lo mismo, o prefieren no analizar, renuncian a la objetividad porque los cuestionados, los imputados y los condenados son o fueron parte del proyecto político al que apoyan o apoyaron.
Hay quienes defienden sin reservas a condenados con sentencias en firme, a imputados por delitos execrables con indicios serios respecto a su responsabilidad, acusan sin fundamento a los jueces que los juzgan y condenan, achacan a persecución política los procesos y las penas, no se permiten ni les interesa averiguar, no buscan información contrastada, no hacen esfuerzo alguno por analizar los casos y sacar conclusiones, prefieren creer el relato fabricado, repetir muletillas que no pueden argumentar. Están en estado de negación. Reprueban conductas y prácticas de quienes están hoy en el poder, sin reparar en que otras similares o iguales antes aplaudieron.
Contribuye al desconsuelo al que me referí al inicio, expresiones que me han dejado anonadada y perpleja, de personas que ni siquiera han conocido a los personajes acusados o condenados, que los defienden como si fuesen ellos mismos los atacados, como si las supuestas afrentas de las que dicen son víctimas los pobres seres, se dirigieran a miembros importantes de su propia familia. Hay quienes incluso se declaran amigos de forma unilateral, desvalorizando la amistad que es un nexo potente entre humanos que se conocen, se respetan, se quieren y se admiran.
La normalización de los actos de corrupción ha llevado a muchos no solo a no cuestionar los procedimientos, los abusos, las mentiras, las fortunas mal habidas sino incluso a sentirse seducidos por las ínfulas y los alardes de los operadores, beneficiarios, cómplices, encubridores, defensores.
Así, cabe preguntar ¿a dónde iremos a parar?
Portada: foto elaborada por IA
Mujer estudiosa y analítica, lectora atenta y escritora novel. Doctora en Jurisprudencia y Abogada – Universidad de Cuenca, Máster en Gestión de Centros y Servicios de Salud – Universidad de Barcelona, Diplomado Superior en Economía de la Salud y Gestión de la Reforma – Universidad Central del Ecuador. Docente de maestría en temas de políticas públicas y legislación sanitaria –Universidad Católica de Santiago de Guayaquil; en el área de vinculación con la sociedad, legislación relacionada con el adulto mayor – Universidad del Adulto Mayor. Profesional con amplia experiencia en los sectores público y privado, con énfasis en los ámbitos de legislación, normativa y gestión pública.