GUERRA COGNITIVA Y DEMOCRACIA
Vivimos una época marcada por nuevas y sofisticadas formas de colonización cultural y mental. Durante décadas se nos enseñó que la pobreza era consecuencia de la incapacidad individual y no el resultado de estructuras históricas de desigualdad; que el éxito dependía del esfuerzo personal y que el consumo es una de las principales vías hacia la felicidad. Estas ideas, no han desaparecido. Por el contrario, se han fortalecido gracias a las plataformas digitales y las redes sociales, que influyen en la formación del imaginario colectivo. Los algoritmos están diseñados para organizar nuestra atención determinando lo que vemos, creemos y tememos. Empresas tecnológicas, centros de producción de contenidos, influencers y redes digitales participan en la construcción de modelos culturales basados en la superficialidad, el individualismo, el consumismo y la desconfianza hacia lo colectivo, algunos denominan este proceso como feudo-tecnocracia.
La guerra cognitiva, no es más que una estrategia que busca influir sobre las percepciones, las emociones, las creencias y las decisiones de millones de personas. En este marco, la realidad politica de algunos países de América Latina, obliga a mirar cómo operan las plataformas virtuales que desde hace algunos años vienen utilizado miles granjas de trols para incidir en la decisión de los electores. Las redes sociales son el escenario privilegiado para esta disputa a través de las noticias falsas, los rumores, las campañas de desprestigio y la producción artificial de tendencias que generan una permanente incertidumbre, sentimientos de odio y miedo; características ideales para los discursos autoritarios. No se trata simplemente de convencer a una persona de votar por determinado candidato, se trata de intervenir en la manera misma en que las sociedades interpretan la realidad, el miedo sustituye a la deliberación, la sospecha sustituye a la confianza, y cuando una sociedad ha sido suficientemente fragmentada, es más fácil presentar figuras que prometen orden frente al caos, seguridad frente al miedo y libertad frente a la violencia desatada.
En este encuadre geopolítico, América Latina es un terreno de disputa. Durante los últimos años se han multiplicado las denuncias sobre redes de desinformación digitales destinadas a incidir en la opinión pública. Miles de cuentas falsas que funcionan para instalar una tendencia donde una mentira repetida miles de veces puede convertirse en una verdad socialmente aceptada. La democracia, que históricamente se construyó sobre la idea de ciudadanos capaces de deliberar e informarse, enfrenta un problema radicalmente nuevo: saber discernir la información que recibimos. El problema ya no es solamente quién controla el poder político, sino quién controla la información, los datos personales, las plataformas de comunicación y los algoritmos que administran nuestra atención. El autoritarismo ya no necesita ejércitos ni ocupaciones militares, puede operar desde un teléfono celular, basta un algoritmo para capturar a millones de personas dentro de esa tendencia ideológica donde solo circulan ideas que confirman sus propios prejuicios.
Los recientes escándalos sobre operaciones digitales transnacionales y redes de propaganda política que involucran a Fernando Cerimedo, así lo evidencian, los candidatos libertarios capturaron la atención de los más incautos, aunque no basta con observar los resultados finales. Las denuncias contra Cerimedo, dueño y socio del Portal Digital LaDerechaDiario junto a Xavier Negre en Europa, echan dudas sobre triunfos como el de Milei en Argentina, Katz en Chile, Laura Fernández en Costa Risa, Paz en Bolivia, De la Espriella en Colombia, Fujimori en Perú, países donde estos candidatos ganaron con poquísima diferencia ante sus contendores. No sería raro pensar que Ecuador también hace parte de esta estrategia de la derecha libertaria, pues aquí también existen redes políticas, empresariales, mediáticas y digitales que comparten discursos, estrategias, y formas de intervención. Sus métodos se repiten: identificar el malestar social, canalizar la frustración contra enemigos específicos, desacreditar instituciones, perseguir a los adversarios políticos justo en periodos preelectorales.
Así, el adversario deja de ser un actor con otra posición política para convertirse en una amenaza que debe ser eliminada simbólica o políticamente. La llamada “batalla cultural” no constituye necesariamente un debate entre diferentes visiones del mundo, más bien constituye una maquinaria de polarización destinada a producir identidades basadas en la confrontación permanente. Žižek ya advirtió que los nuevos discursos políticos se han apropiado de palabras históricamente vinculadas a luchas emancipadoras para dotarlas de significados opuestos. Se habla de “libertad” mientras se instalan mecanismos de vigilancia y control; de “familia” mientras se restringen derechos colectivos; de “seguridad” mientras se criminaliza la protesta social; de “paz” mientras se silencian las resistencias; de “democracia” mientras se debilita la deliberación democrática.
Las palabras se convierten en armas para ordenar el campo político, cada discurso construye amigos y enemigos, cada mensaje busca producir adhesión emocional antes que reflexión crítica. Esta es una de las dimensiones más profundas de la guerra cognitiva: la disputa por el significado de las palabras y, a través de ellas, por la interpretación de la realidad. Sería un error pensar que estamos frente a simples campañas electorales, lo que se encuentra en disputa es mucho más profundo. El objetivo no es únicamente ganar elecciones, es transformar el sentido común, la verdadera disputa es la conciencia humana. Como decía Gramsci, ningún poder se sostiene exclusivamente mediante la fuerza, para dominar de manera duradera es necesario construir consenso, moldear la cultura y lograr que determinadas formas de pensar aparezcan como naturales. Ese proceso hoy ha adquirido nuevas dimensiones gracias a las grandes plataformas digitales que controlan la comunicación humana, nunca antes la posibilidad de intervenir sobre la conciencia colectiva había alcanzado semejante escala.
En conclusión, asistimos a un proceso de reorganización política y cultural que busca consolidar nuevas hegemonías en América Latina, un proyecto de dominación que combina intereses económicos, poder tecnológico, concentración mediática, estrategias de manipulación emocional y que se presenta como “batalla cultural”, acogida por quienes tienen poca capacidad de discernimiento y desconocimiento de la historia.
Portada: imagen tomada de https://n9.cl/1jctz
Ana Cecilia Salazar Vintimilla, trabaja junto a mujeres campesinas de la comunidad de San Cristóbal.
Miembro del Cabildo popular por la defensa del agua de Cuenca, del directorio de la Casa de Acogida María Amor, del Colectivo ciudadano Cuenca ciudad para vivir, y del colectivo Voces Azuayas libres y diversas.
Profesora en diversas maestrías en temas de Derecho a la ciudad, Sociología urbana, Sociología política, Género y derechos colectivos.
Fue directora de la Carrera de Sociología, de la revista COYUNTURA, de Vinculación con la Sociedad de la universidad de Cuenca.
Cuenta con múltiples publicaciones en revistas locales, nacionales e internacionales.
Posgrados en: Psicología Organizacional por la Universidad de Lovaina-Bélgica, Maestría en Investigación Participativa de la Universidad Complutense de Madrid y en Gestión Universitaria por la universidad de Cuenca.