SELECCIÓN
Lo que provoca la selección ecuatoriana de fútbol, para bien o para mal, en los ecuatorianos dentro y fuera del país y en algunos foráneos que se sienten medio ecuatorianos, creo que no tiene comparación.
Las emociones se potencian frente al llamado “rey de los deportes”.
Si la selección gana hay alegría general, nos sentimos orgullosos de los jugadores, les perdonamos a ellos y al técnico los fallos del pasado, el triunfo levanta la autoestima colectiva, nos hace sacar pecho, emocionarnos una y otra vez viendo los goles que nos dieron el triunfo, comentando con propios y extraños la hazaña, el buen juego, el milagro.
El fútbol al emocionar provoca que tengamos gestos humanos que nos acercan a otros, al gritar el gol abrazamos o chocamos el puño o los cinco con el que esté al lado, sin que importe si tiene la misma tendencia política, si votó por el mismo candidato, si nos cae bien o no, si es la ex de mi actual, si es la pesada de talento humano o el jefe que jode porque sí, porque no o por talvez, provoca aunque sea por instantes que olvidemos las diferencias, las rencillas, las malas vibras.
La alegría del fútbol iguala, comentamos al mismo nivel con el tendero, el barman, el mesero, la empleada de la casa, el conductor del taxi, la casera del mercado o la tercena, con la cajera del supermercado, la dependienta de la tienda de ropa o la zapatería, el guardia del barrio, el cuidador de carros, la que nos atiende en la lavandería, el cura de la parroquia, la señora del voluntariado, el rector de la universidad, el profesor, el phd, la master.
El fútbol provoca que conversemos, que hagamos pronósticos, que practiquemos cábalas, que nos juntemos, que queramos estar con otros aunque sean desconocidos para hacer fuerza y emocionarnos en grupo.
A propósito del fútbol, nos olvidamos por momentos de los problemas, de las deudas, de la enfermedad que nos aqueja o a un ser querido, de la muerte que se lleva a los que amamos, de los presidentes, alcaldes, prefectos, ministros y de lo mal que lo hacen, de la politiquería, de la corrupción y la delincuencia. Es decir el fútbol es también un bálsamo.
Pero, si los seleccionados no hacen bien su trabajo, no juegan bonito, no le ponen ñeque, juegan sin ganas, el técnico no alinea a los que debería –a criterio de los que no son él-; y terminan perdiendo, la cosa cambia. Nos enojamos con todos ellos, con nosotros, con los hijos, los vecinos, el conductor del vehículo de al lado, el limpiaparabrisas, el comentarista, el panadero y todos los otros con los que hicimos migas en la ganancia.
Si la selección pierde, todo lo demás se vuelve oscuro, nada vale, nos reconvenimos unos a otros, remarcamos insistentemente lo malos que somos en el fútbol y en todo lo demás. Achacamos a los jugadores y al técnico por los errores presentes, los pasados y hasta por los que sabemos a ciencia cierta que van a cometer en el futuro, después de haber jugado tan desastrosamente como lo han hecho.
Los tres partidos de la selección en la fase de grupos en el Mundial 2026, nos han tenido al borde del colapso nervioso a los miles que abarrotaron los estadios en los que jugó la tricolor y a los que hemos visto los partidos por televisión. La pérdida del primer partido nos descolocó, pues las expectativas eran enormes, tenemos un equipazo decían los que entienden de fútbol, pero recién comenzaba la cosa y el siguiente rival era posible de vencer, pero dio batalla y empatamos cero a cero, ahí sí el desánimo se apoderó de casi todos, reclamamos a los jugadores por no tomarse en serio el desafío, por no sudar la camiseta como se debe, por entrar a la cancha sin ñeque, por no ponerle corazón al juego. El técnico se hizo acreedor a todos los epítetos posibles e impublicables, estábamos enojados y esperando un milagro como en otras ocasiones. En el último partido de la fase sólo nos servía la ganancia, la fe estaba lesionada pero no agotada y como si quisieran callarnos la boca, jugaron bonito, con garra y ganaron, pasaron –pasamos- a dieciseisavos de final.
La alegría se desbordó y las celebraciones se sucedieron en todo el país y en otros lugares del mundo, emocionante ver Times Square pintado de amarillo con la multitud de ecuatorianos que lo abarrotaron.
Desde el triunfo estamos contentos y esperanzados, deseando fervientemente que sigamos ganando y avanzando en el torneo.
Pase lo que pase, antes, ahora y mañana, cada vez que salten a la cancha los jugadores de nuestra selección volveremos a vitorearles, reclamarles, amarles y odiarles.
Pase lo que pase, seguiremos emocionándonos por el fútbol y vistiendo con orgullo nuestra camiseta tricolor.
Mujer estudiosa y analítica, lectora atenta y escritora novel. Doctora en Jurisprudencia y Abogada – Universidad de Cuenca, Máster en Gestión de Centros y Servicios de Salud – Universidad de Barcelona, Diplomado Superior en Economía de la Salud y Gestión de la Reforma – Universidad Central del Ecuador. Docente de maestría en temas de políticas públicas y legislación sanitaria –Universidad Católica de Santiago de Guayaquil; en el área de vinculación con la sociedad, legislación relacionada con el adulto mayor – Universidad del Adulto Mayor. Profesional con amplia experiencia en los sectores público y privado, con énfasis en los ámbitos de legislación, normativa y gestión pública.