UNA ENFERMEDAD DEL PODER EL SÍNDROME ELECTORERO
Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra “síndrome” significa “Conjunto de síntomas característicos de una enfermedad” o también “Conjunto de fenómenos que caracterizan una situación determinada”. El Diccionario pone como un ejemplo, el síndrome de abstinencia que es “El conjunto de alteraciones que se presentan en un sujeto habitualmente adicto a las drogas cuando deja bruscamente de tomarlas”[1]
Por desgracia el “síndrome electorero” cada vez más se ha ido acentuando en el país, y se caracteriza por priorizar un gobierno de popularidad, donde se actúa solo pensando en el horizonte de las próximas elecciones, de forma que, aún ni siquiera la autoridad electa se instala bien en el poder, ya está pensando en cómo reelegirse, y se toman decisiones sin evaluación ni planificación sobre lo realmente necesario, basándose en sondeos de opinión para averiguar las percepciones de los ciudadanos a los que se les engaña con la imagen y se manipula sus sentimientos.
Concurren a este “síndrome electorero” la carencia de políticas públicas sostenidas en el tiempo, las mismas que son sustituidas por el populismo y la demagogia, deviniendo en gobiernos de “talla única”, sin definiciones concretas y cuyos significados son llenados por las sensaciones y percepciones más superficiales de la población, de la que se busca solo el aplauso y la cosecha de votos por las imágenes, ilusiones y esperanzas sembradas artificiosamente.
En este “síndrome electorero”, los funcionarios técnicos con experiencia y formación pertinente, son reemplazados por operadores políticos incondicionales de gobiernos centrales o locales de turno, conformándose así, no equipos de administradores responsables, sino de actores en un escenario montado, donde se cumplen diferentes papeles como aduladores, aplaudidores, pero también difamadores, insultadores y calumniadores, congregados en los llamados “Troll centers” que no son otra cosa que, grupos de mercenarios clandestinos, esto es, cobardes que esconden la cara, y operan de manera coordinada como otras tantas bandas de delincuencia organizada, encargados de manipular la opinión pública y atacar a los críticos u opositores políticos, o también para difundir desinformación, utilizando cuentas electrónicas con fuentes de financiamiento de oscuro origen, incluyendo fondos públicos, es decir del pueblo.
Este “síndrome electorero” es una de las enfermedades del poder, junto con la vanidad, el narcisismo, la soberbia, la prepotencia, la deshonestidad (indecencia, impudicia) y la corrupción, llegando en ocasiones a constituir asociaciones ilícitas y delincuencia estatalmente organizada.
La ansiedad por estar constantemente en el poder, puede llevar al padecimiento de síntomas por abstinencia, que incluyen trastornos mentales, psicológicos como creerse el ungido o predestinado para ser el salvador del pueblo, la patria, o de tal o cual territorio, provincia, cantón o ciudad, o creerse el único dotado de liderazgo y capaz de gobernar y administrar, y que con él se inicia y termina la historia.
Pero también el “síndrome electorero” y la ansiedad compulsiva por el poder, puede llevar a cometer graves errores, al punto de auto afectarse y causar un efecto contrario al objetivo de eternizarse en el poder, “aferrarse a la teta” ,como se decía en antaño, lo que remora, aquel dicho: “que culpa tiene la estaca si el sapo salta y se ensarta” o aquel de que “el pez muere por su propia boca”, haciendo referencia las consecuencias de los propios actos o los peligros de la incontinencia verbal, la indiscreción o actuar sin pensar.
[1] Real Academia Española. (1992). Vigésima primera edición. Diccionario de la Lengua Española. Madrid: Editorial Espasa-Calpe, S.A. P. 1335
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Asesor jurídico, articulista de “El Mercurio”. Participa en algunas organizaciones ciudadanas como el Cabildo del Agua de Cuenca, el Foro por el Bicentenario de Cuenca y en una comisión especial para elaborar el Sistema Nacional Anticorrupción.